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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoBELGRANO: EL REALISTA DE MAYO
17/jun/2013

Si tanto hemos luchado por cambiar el viejo estado absolutista por un estado liberal independiente, razonablemente no hallemos la imaginación necesaria para concebir la singularidad de la unidad.

Por: Dr. Rubén Emilio García

Al abogado Manuel Belgrano, vocal de la Primera Junta, se lo había nombrado General y lo pusieron al mando del ejército libertador del Paraguay, gobernación que rechazara la proclama de la Junta porteña siguiendo fiel al Rey Fernando y a las ordenes emanadas de Sevilla. Si bien Belgrano no logró su objetivo, llevó los sones de la revolución a la región guaraní, y Paraguay daría su grito de rebelión al año siguiente.

Formaba con su primo Juan José Castelli, brillante orador, y Mariano Moreno, el trío más formidable de los intelectuales de la ilustración liberal de la revolución de mayo. Estos últimos, Mariano Y Juan José, deístas por convicción, aspiraban a la independencia inmediata de ex virreinato y organizar una república basada en leyes constitucionales que sostuvieran los principios de la Revolución Francesa en cuanto a los derechos del hombre y del ciudadano, y en la conformación de la división de los tres poderes del Estado. Belgrano, católico practicante, fue más contemporizador, se inclinaba por una monarquía constitucional a la inglesa y sugirió, inclusive, el nombre de Carlota de Borbón esposa de Juan VI de Portugal, pareja real que en ese momento estaban exiliados en Brasil. Tal proposición la española no aceptó, pues ambicionaba un reinado absoluto a contrapelo de los grandes movimientos liberales que se estaban suscitando en América frente a todo absolutismo. Y el proyecto fracasó.

Los tres, por antonomasia, fueron los mayores activistas de la Primera Junta. Hombres de leyes brillantes y de trato ameno, se mostraron enérgicos cuando en circunstancias decisivas no titubearon en mandar a fusilar a los que considerados traidores, a los desertores, o contra aquellos que se oponían obstinadamente con las armas a los cambios revolucionarios. Tomaron decisiones extremas y lo hicieron convencidos que los cambios que proponían no se resolvían solamente con la oratoria o recitando los principios libertarios, sino también por medio de las armas a sangre y fuego. Estaban tremendamente convencidos de sus ideales, en virtud de ello entramaron objetivos y conformaron una fracción política dentro del movimiento de mayo, acompañados con otras figuras de peso: French, Berutti, Paso, Rodríguez Peña, y hasta el mismo Monteagudo llegado después. Nombres que quedarían para siempre en el frontispicio de la historia.

Sostenían el principio rousseauniano que “poder es querer con eficacia”, y ésta se compone de la “voluntad” para realizar y de la “fuerza” para ejecutar. Aclaraban que sola la voluntad no sirve. Es puro voluntarismo vacío que puede solucionar algunos problemas puntuales sin contención futura. Y la fuerza sola tampoco sirve. Porque solitaria es un medio ciego sin noción ni límites. Entonces, definían, que el poder con eficacia en el gobierno significa encaminar las cosas del Estado hacia el bien común; y Castelli, el más jacobino de todos agregaba: “Cualquiera que se oponga a estos principios debe ser eliminado”.

Y en ucronía pura ¿Qué hubiera pasado en el devenir revolucionario si Mariano y Juan José no se hubieran ido de esta vida en forma tan prematura? ¿Qué camino habría tomado la vida institucional de la nueva patria que se formaba?

Sintió en el alma, Juan Manuel, la pérdida de sus queridos amigos de la vida, compañeros en las lides políticas y camaradas en la Logia. Sin ellos, perdió el apoyo que necesitaba para concretar sus ideales.

Insólito. En pleno inicio del sitio a Montevideo el Gobierno Porteño lo llamará a declarar en el juicio que le iniciaron por las derrota en el Paraguay, la misma situación que estaba soportando Castelli por el fracaso de Huaqui. En ese trance fue sustituido en el mando del sitio por José Rondeau, secundado por Gervasio Artigas.

Revindicado nuevamente en el cargo después de ser exculpado, fue enviado a cuidar el Río Paraná de las incursiones de los realistas en busca de alimentos desde Montevideo. En las barrancas del lugar crearía la ausente bandera nacional, y como un acto del destino, ese mismo día fue nombrado jefe del desvencijado Ejército del Norte.

Una vez en el frente, y visto la escasa fuerza para enfrentar al enemigo, recibe la orden del Triunvirato de retirarse hacia Córdoba. La desgraciada circunstancia impone a la población jujeña a seguirlo en un obligado éxodo, al no vislumbrarse otra alternativa ante el avance de los invasores, que despiadados cometían todo tipo de excesos. Medita y comprende que la mejor defensa contra la persecución de los realistas es enfrentarlo en Tucumán y no en Córdoba, pese a las varias órdenes recibidas de los gobernantes porteños de que no lo haga. Desobedece y vence a los españoles en forma contundente revirtiendo la situación desventajosa a favorable. Ahora es su ejército el que persigue al enemigo con el objetivo de darle alcance antes que lleguen al Alto Perú. Lo consigue y los bate terminantemente en la batalla de Salta.

En resumen, estas dos victorias consecutivas fueron decisivas para el futuro de la naciente nación, pues se terminaba definitivamente el peligro realista de tomar Buenos Aires por el norte. Lamentablemente la fortuna le fue esquiva en los llanos de Vilcapugio y Ayohuma en el Alto Perú donde sería derrotado fieramente, perdiéndose eventualmente este pedazo de suelo perteneciente a las provincias Unidas. Podía haber sido reincorporado tiempo después, pero la indiferencia y mala diplomacia aplicada por parte del poder central la perdería para siempre. Pérdida de una hermana que sería rebautizada con el nombre de Bolivia.

Cuestionado nuevamente por estas derrotas, Manuel, sería sustituido por el Coronel José de San Martín, el vencedor en San Lorenzo con sus granaderos misioneros a Caballos. Pero aún así, debido a su reconocida capacidad intelectual, sería enviado como diplomático a Europa para conseguir de sus países miembros el reconocimiento a la Provincias Unidas como nación independiente. No solo no consiguió adhesión alguna, recibió el más profundo rechazo a las pretensiones solicitadas. Es que en la Europa de la época se reinstalaban las monarquías absolutas y solo Inglaterra con su monarquía constitucional expresaba un sistema progresista ante tanta omnipotencia. Regresó con la promesa solapada de ayuda inglesa, y fue puesto nuevamente al frente del Ejército del Norte sustituyendo a San Martín que se hallaba preparando el ejército de los Andes en Mendoza.

Instalado en el frente para intentar una cuarta campaña al Alto Perú, fue llamado para sofocar a los periféricos caudillos del interior que se revelaban contra el despótico centralismo porteño en su pretendido afán por gobernar hegemónicamente. Acató parcialmente la orden mandando en su remplazo a unos subalternos con escasa fuerza de combate. Él no comandaría ningún ejército represor porque personalmente estaba en contra de reprimir por las armas a la gente del interior, y porque sostenía que la guerra civil entablada llevaría a la anarquía al país si no se ponía fin a la lucha fratricida.

-No es posible- decía, -Si tanto hemos luchado por cambiar el viejo estado absolutista por un estado liberal independiente, razonablemente no hallemos la imaginación necesaria para concebir la singularidad de la unidad. ¿Es qué somos antropófagos que nos devoramos a nosotros mismos en lugar de unirnos y luchar contra el enemigo común?

Muy enfermo a causa de las tifus y malarias contraídas en el campo de batalla, y sufriendo de una hidropesía que lo tenía a mal traer, moriría en la más absoluta pobreza el 20 de junio de 1820, el mismo día que en Buenos Aires, en el más desquiciado desorden, se autoproclamaban tres gobernadores producto de la anarquía tan temida.

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