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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoEL ODIO Y EL DESPRECIO
17/feb/2013

Algunos opositores y críticos desprecian a la Presidenta por considerarla un factor negativo, y hay quienes la odian porque le reconocen (y le envidian) capacidad de decisión, energía política y osadía.

Por: Claudio Fantini

En algún momento, Argentina tendrá que plantearse cómo superar el odio y el desprecio. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer reflexionó sobre la diferencia entre ambos sentimientos, estableciendo que el desprecio implica una infravaloración del otro, mientras que el odio suele fermentar en el reconocimiento de virtudes del ser odiado.

Siguiendo al autor de El mundo como voluntad y representación, el desprecio surge de una valoración totalmente negativa, mientras que el odio involucra un reconocimiento que resulta intolerable. Se desprecia aquello en lo que no se reconoce nada positivo, mientras que se odia aquello que contiene elementos insoportablemente valorables.

De la grieta que divide a los argentinos, emanó odio y desprecio. Cristina parece despreciar a quienes la odian y odiar a quienes la desprecian. Mientras que algunos opositores y críticos la desprecian, por considerarla un factor negativo, hay quienes la odian porque le reconocen (y le envidian) capacidad de decisión, energía política, voluntad de poder, osadía, protagonismo y un talento oratorio y escénico que muestra al resto de los dirigentes (opositores y oficialistas) como mediocres actores de reparto.

Los mismos sentimientos se ven en el llano de las dos Argentinas enfrentadas. Negligentes y brutales, siempre se desnudan al pie de las columnas de opinión. El odio opositor se expresa en comentarios que insultan a la Presidenta y la califican con adjetivos que evidencian un resentimiento agrio y oscuro.

A su vez, los “cibercomentaristas” del kirchnerismo muestran dos ramas: la legión que cobra desde arcas oficialistas por atacar a los que escriben opiniones críticas, y los que vomitan aborrecimientos por simple fanatismo. Los que cobran escriben comentarios cargados de desprecio, porque el objetivo es menospreciar al atacado. Los otros evidencian un odio tan tóxico y viscoso como el de los que insultan a la Presidenta.

Ni la dirigencia kirchnerista ni la opositora parecen percibir que ningún otro problema es más grave. Nada puede ser más peligroso para una sociedad que su fragmentación en facciones que se aborrecen.

Fondo y forma. Hay una oposición netamente economicista, que desprecia el modelo económico kirchnerista por considerarlo una ficción condenada a eclosionar. Esta oposición no se pronuncia en temas como derechos humanos y apoyo económico a universidades y actividades artísticas, entre otras cosas, sino que al modelo político le cuestiona la agresividad, como si fuera una cuestión de modales.

En este terreno opositor, sobran los gurúes económicos que vaticinan cataclismos y en el pasado respaldaron otros modelos no menos ficcionales y dañinos. También está Mauricio Macri y un sector de la dirigencia radical.

Pero hay otra oposición que, aun adhiriendo a muchas políticas kirchneristas, se considera claramente opositora porque, incluso en las posiciones que respalda, tiene profundos cuestionamientos al Gobierno. Es el caso del Frente Amplio Progresista y de sectores del radicalismo que, por caso, no devolverían impunidad a los crímenes de la dictadura, pero denuncian la contaminación con dinero para cooptar organismos y convertirlos en brazos partidarios.

Esa oposición mantendría el aporte a las universidades y la actividad artística, pero denuncia la colonización política que en ambos espacios desembarcó junto con los aportes económicos del Gobierno. También acuerda con alentar el consumo, aunque regresando a los superávits gemelos, un gasto público racional y aceptables niveles de inflación.

Ni el Frente Amplio ni los radicales, con los que debería aliarse, expresan odio o desprecio en sus críticas al Gobierno y en su distanciamiento con la otra oposición.

La faltante crítica en el progresismo liberal (o antipopulista) es no señalar con claridad que la agresividad gubernamental no es una cuestión de modales, sino un rasgo distintivo del modelo político kirchnerista.

El desprecio y el odio que partieron a la sociedad son instrumentos de construcción de poder verticalista, basado en la exclusión del que piensa diferente. Para justificar esa exclusión, el vasto aparato comunicacional –que llega hasta los blogueros a sueldo y los comentaristas que vomitan odio al pie de las columnas– realiza la violenta tarea de estigmatizar a quienes denuncian corrupción o contradicen el relato oficialista.

La estigmatización alcanza al Frente Amplio, absurdamente acusado de “narcosocialista”, aunque sus críticas no portan odio ni desprecio. Las usinas kirchneristas también lo acusan de fijarse sólo en lo “anecdótico”, dejando de lado “los temas de fondo”.

La treta está en fijar arbitrariamente cuáles son las cuestiones “de fondo”. Y resulta curioso que, desde poses de superioridad moral, se pueda, por ejemplo, seguir sosteniendo que la corrupción es anecdótica porque ha sido la constante, mientras que de fondo es la “transformación” social y económica.

Pues bien, los 51 muertos en estación Once son víctimas de la dimensión criminal de la corrupción, ya que el dinero estatal que debía destinarse a seguridad de los pasajeros seguramente terminaba en bolsillos de agentes públicos y privados.

Lo señaló con acierto el escritor Martín Caparrós: Cristina respondió a una frase de Ricardo Darín, pero no dedicó ni una línea a las víctimas que la corrupción amontonó en un andén. Esa es una cuestión de fondo que oculta el kirchnerismo y no ve la oposición. También la emanación espesa de la grieta que divide al país; o sea, el odio y el desprecio.

Fuente: LA VOZ DEL INTERIOR

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