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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un Amigo¿TEMOR REVERENTE O SILENCIO OBSECUENTE?
30/sep/2012

No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. (Gálatas 6:7-8)

Por: Gretel Ledo (*)

Existen situaciones en la vida diaria que acaecen a un ritmo tan vertiginoso que ni siquiera percatamos o bien las observamos y la indiferencia cobra un protagonismo no menor.

Quizás la atención se centra en aquello en que sí podemos influenciar y de alguna manera modificar.

Me gustaría que por un instante se representen las dos imágenes que tuve frente a mí. Por un lado, una familia viviendo debajo de un puente, niños con limpiavidrios para autos en la esquina, descalzos, vestidos con ropa de adultos y, por el otro, un pequeño árbol en proceso de crecimiento apuntalado con una varilla para que resulte lo más erguido posible.

¿Hablamos de dos mundos divergentes o del mismo con una convivencia al borde del divorcio?

En "Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión" (1976), Michel Foucault habla del rol de la disciplina, del arte del cuerpo. La disciplina tiene la propiedad de fabricar cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos "dóciles". La docilidad abre espacio para la obediencia. Existe una separación entre la voluntad humana y la capacidad de ejecución de la misma. En esa manipulación opera el mecanismo de poder que se gesta en cada institución: hospitales, prisiones, reformatorios, hospicios, fábricas. Se modelan conductas, se fabrican sujetos. Es preciso ‘enderezar’ lo torcido a través de una tecnología eficaz de poder, las disciplinas: conjunto de técnicas de control corporal que apuntan a una cuadriculación del espacio y del tiempo buscado, con la mayor economía, reducir la fuerza del cuerpo en tanto fuerza política y maximizarla como fuerza económica.

El resultado dentro de una sociedad compleja y confusa es ubicar, clasificar y, por fin, vigilar y castigar. Es decir, la disciplina es una economía política que produce "individuos" y hace de esta producción individualizante un método de dominación. (1)

Ahora bien, hablamos de disciplina que opera a nivel individual pero no se dice nada respecto a lo social. Al sujeto se lo domestica para que se mueva dentro de un cuerpo, un todo que funciona bajo determinadas prácticas, reglas, costumbres. Toda una serie de instituciones no formales que terminan regulando conductas a través del trazado de ciertos procedimientos. Al individuo se lo controla, ¿a la sociedad también?

Se brega por el espacio urbano, un árbol torcido estropea la visual. ¿Qué sucede con la generación de niños en la calle?

Por momentos el ‘no te metás’ cobra un protagonismo tal que corrompe la esencia de la integridad humana. Claro, el Estado debería estar presente. ¿Acaso no somos nosotros también parte del mismo?

El temor puede ser una de las causales de la inacción al igual que el silencio obsecuente. Ambos provocan paralización obstaculizando toda reacción que irrumpa el vacío, la distancia entre la miseria física y la miseria espiritual; el vulnerado y el que está en condiciones de hacer algo al respecto.

Como resultado hipotecamos nuestro futuro próximo: una generación que aún no tiene rumbo. La mayor gravedad radica en adolecer de visión. No sólo es pobre aquel que padece de necesidades básicas insatisfechas, sino aquel ciudadano que satisface sus necesidades viviendo en un mundo privado, en que solo tiene espacio su proyección de vida, sus metas, sus logros. Un mundo en que no entran los otros. Esos otros, somos nosotros. Día a día se perfora al cuerpo social con la ausencia de mecanismos de solidaridad mutua y cooperación.

La vida del hombre es única e irrepetible, finita y efímera. Si deseamos trascender marcando la diferencia, la indiferencia no es precisamente el camino a recorrer.

¿Hasta cuándo seguiremos esperando de la reacción del prójimo? En vez de bregar por la docilidad de cuerpos dentro de estructuras e instituciones, deberíamos tender a la docilidad de nuestro espíritu.

(1) Terán, Oscar: “Presentación”, en Terán, Oscar (comp.): Michel Foucault: Discurso, poder y subjetividad, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1995, p. 25.

(*) Abogada - Politóloga - Socióloga
Máster en Relaciones Internacionales
Europa - América Latina, Università di Bologna
Analista Política

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