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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoPALABRAS DE DOBLE FILO
27/nov/2011

Sabiendo incluso que no existía el riesgo de perder, el Gobierno eligió ocultar el ajuste que desde hace tiempo elucubra.

Por: Claudio Fantini

En el mundo de estos días, la única certeza es la incertidumbre. Lo demuestran todo el tiempo los líderes de las principales potencias. Igual que los ondulantes mercados, nadie sabe a ciencia cierta dónde está parado y hacia dónde ir, lo cual quita relevancia al cliché de que “la Argentina ha quedado fuera del mundo”. Sin embargo, hay opositores y economistas que siguen repitiéndolo como si fuera una verdad trascendente.

Otra letanía en boca de opositores y economistas es que los anuncios post electorales equivalen a un “final de fiesta”. Por cierto, la palabra “ajuste” se “ajusta” más a la realidad que los imaginativos términos que usa el oficialismo para describir las medidas sin debilitar el relato. Pero hablar de “final de fiesta” esconde una intención artera: equiparar la situación actual con colapsos económicos de otra escala, como el derrumbe de la convertibilidad o la debacle del euro en varios países europeos.

Si bien claramente diferentes, ambos casos tienen un punto en común: la encrucijada inexorable a la que conduce financiar consumo con endeudamiento.

Alain Touraine describió a la Argentina noventista como “un país con vocación de consumo y no de producción”. Podía darse ese lujo irresponsable merced a un dólar baratísimo, que acercaba el mundo a la hora de comprar y lo alejaba a la hora de vender.

Como los dólares que salían por importaciones no ingresaban por exportaciones, en el país donde la industria y la economía se achicaban lo único que crecía era la deuda. Por eso el final de la fiesta menemista no podía ser otro que el desmantelamiento del aparato productivo y un gran océano de exclusión y desempleo.

En otra dimensión, también una parte de Europa vivió una prolongada ficción que ahora debe pagar. Irlandeses, españoles, griegos y portugueses, entre otros, acercaron sus estándares de vida al de los alemanes, sin haberse acercado también al rigor y la eficacia de la economía germana. Y en esto no hay magia: lo que no se paga con producción se paga con endeudamiento. Pues bien, he aquí la fatídica hora de pagar las deudas.

Crecimiento. No atraviesa por esa hora oscura la Argentina de estos días. La diferencia está en el crecimiento de la economía. El “final de fiesta” llega cuando se estuvo consumiendo sin producir y sobre la base del endeudamiento, mientras que el país de estos años ha tenido un vigoroso crecimiento económico.

El ajuste que se asoma en los servicios subsidiados tiene que ver con los puntos que tuvo artificialmente por encima del crecimiento con que bendice a todos los países productores de alimentos este tiempo excedentario debido, en buena medida, al apetito de los chinos.

Pero no es una realidad en absoluto equiparable al abrupto “final de fiesta” que sucede cuando llega una cuenta infinita que no hay modo de pagar.

Existen otras críticas que resultan criticables. Por caso, equiparar el acto de votar con el acto de comprar dólares, como si equivaliera a un voto de desconfianza contra el Gobierno. Una comparación que tiene algo de miserable.

También es objetable la crítica contra la imposición de Guillermo Moreno de que las empresas que quieran importar deban realizar exportaciones por montos equivalentes. Que la haya impulsado el polémico secretario de Comercio no implica que no sea una medida razonable, que podría incrementar la producción y el empleo, además de equilibrar ingresos y egresos.

Lo verdaderamente cuestionable es que tales sinceramientos no se hicieran antes de la elección de octubre. Sabiendo incluso que no existía riesgo alguno de perder, el Gobierno eligió ocultar el ajuste que desde hace tiempo elucubra. Los números crujían tanto que ni siquiera pudo disimular llegando a marzo. Después de cantar victoria, hizo los anuncios que quizá le habrían implicado un triunfo por debajo del 50 por ciento.

Contradicciones. En la Argentina de este tiempo, conviene poner bajo la lupa las críticas y las defensas de las políticas gubernamentales.

Ejemplo: algunos utilizan la crisis de Aerolíneas Argentinas para sostener que debe ser privatizada, mientras que otros defienden su condición estatal para justificar que esté mal administrada.

La propia historia de la empresa aeronáutica desenmascara la falacia de ambas estratagemas, ya que ha sido estatal y excelentemente administrada en un tiempo anterior a su desastrosa privatización en la década de 1990 y su actual mala administración estatizada.

Pero lo más grave en este debate es lo que pasó inadvertido: el Gobierno calificó de “intento de golpe de Estado” al conflicto con los controladores aéreos.

Una desmesura que va más allá de lo que, al analizar el kirchnerismo en su último libro, el historiador norteamericano Nicolas Shumway describe como “una retórica de la victimización que asigna la culpa a un enemigo útil”.

Podría haber acusado a los huelguistas de irresponsables, pero los acusó de golpistas. Y esto no es una simple exageración descabellada, sino una señal de intolerancia hacia todo el que contradice o desafía al poder.

Una intolerancia tan incontenible como para llevar al Gobierno a dos graves contradicciones: dar marcha atrás en lo que había sido un avance, al devolver el control aéreo a los militares, y colocarse amenazante en la antesala de la criminalización del conflicto.

Las medidas que justificaba cuando eran contra una administración privada desastrosa (pero que debió manejarse sin subsidios y con tarifas congeladas) constituyen un crimen aberrante cuando la pulseada es con el Gobierno.

Fuente: LA VOZ DEL INTERIOR

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