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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoUNA ELECCIÓN, UN PRIMER PASO
12/jul/2011

Más allá del balotaje, la primera vuelta en la Ciudad de Buenos Aires arrojó un ganador. Un dato que demuestra que hay intención en la ciudadanía de intentar frenar un régimen hegemónico que hizo y hace mucho daño

Por: Gabriela Pousa

“Filmus le gana a Macri la primera vuelta en la Ciudad (…)”
Diario El Argentino, 23.05.2011

Como dice una canción, “siempre existe una razón, escondida en cada gesto”. Partiendo de esa premisa, pues, el voto porteño debe tener alguna suerte de explicación.

Algunos datos no tan al margen: En varias escuelas recorridas, la expresión en la cara de los votantes ponía en evidencia esas razones que, incluso para sí mismos, podían sonar irracionales. ¿Cuántas veces se obra mecánicamente, sin cabal conciencia de los hechos y sus efectos colaterales? Cuando además es compulsiva la conducta a ejecutar, subsiste una insatisfacción que no deja vivir la experiencia con fruición plena.

Tal vez eso era lo más manifiesto en los rostros de tantos ciudadanos esperando el turno de entrar a ese cuarto donde, más que cumplir con un deber cívico, concurrieron a desnudarse como seres humanos.

Una diferencia notable es digna de rescatarse: pese al auge y el marketing de la juventud que se adentra en las fauces de la política, por lo general era en la gente mayor donde se podía vislumbrar más satisfacción. Y es que ellos estaban allí por designio propio, no por obligación.

La llamada “tercera edad” no siente la daga de la presión, aunque sí sienten las secuelas de un exceso de gobiernos que les fueron impuestos. Mientras, la masa púber cree, por momentos, que son los únicos dueños de la democracia: propiedad sin título y sin asidero pero que parece desligarlos de los deberes y otorgarles todos los “derechos”. Últimamente, a ellos se les inculcó, desde el poder, la falacia de la militancia como sinónimo de acceder a privilegios sin responsabilidades de peso.

Siempre quedará la duda de saber qué pasaría –o hubiese pasado– si el voto fuese voluntario. A ojo de buen cubero, es dable reconocer que no afloraba en la mayoría de los porteños alegría por la posibilidad de elegir quién los represente, sino más bien una resignación por tener que escoger, entre un puñado de candidatos, otra vez, al menos malo. Ahí radica la sentencia que exponen muchos analistas cuando sostienen que estos comicios, en realidad, están marcando una tendencia a nivel nacional, o mismo de sopesar dos modelos.

Sintetizando: voto a Mauricio Macri para limitar la soberbia del oficialismo, o voto a Daniel Filmus porque adhiero al gobierno nacional. Y aquellos que han optado por las ramificaciones del árbol de algún modo dan cierta evidencia acerca de las ramas en las cuales han de colgarse cuando lleguen las presidenciales. Sin embargo, cuidado, que estas deducciones no tienen base científica por más que haya jurisprudencia y se abra un maniqueo debate mediático.

Hay que aceptar que esta Argentina no es la de otros tiempos. Tanto ha cambiado (o tanto la han cambiado) que arriesgarse a transpolar ejercicios electorales es un peligro que puede deparar sorpresas desagradables. Las tendencias son apenas posibilidades… Aunque si acaso alimentan interés y entusiasmo es dable esperar que se las propague con beneplácito.

A su vez, es interesante observar que la elección de este domingo también es una prueba de fuego para la psicosis de los sondeos. Si bien hubo aciertos sobre quien iba a resultar ganador, las diferencias porcentuales dejan al descubierto de qué forma se compran y venden las “intenciones” de la gente.

Amén de lo grotesco que resulta ese mercado de mentes (o dementes) cuando es manipulado arteramente, lo repudiable son los millones que se gastan en propagar números adulterados para seguir con un método del cual parece que estamos inexorablemente presos o acostumbrados: el engaño.

Ahora bien, al margen de estas elucubraciones sociológicas hechas a la ligera, se abrirán un sinfín de interpretaciones entre las cuales hay que separar aquellas que han de ser tan oportunistas como antojadizas.

Lo cierto es que los números vuelven a asemejarse con los de antaño. El más fidedigno de los datos. Aproximadamente un 10% o 15% de diferencia (la nota se cierra antes del escrutinio definitivo, aclaro) debería acallar a Filmus. Al menos evitar que repita las declaraciones que hizo en la última contienda cuando sostuvo que el pueblo se había equivocado. Es extraño que quien tildó de ese modo al soberano haya tenido el desparpajo de volver a presentarse como candidato.

Si mantiene su premisa, debería haber contemplado que volvería a ser descartado. Y suponiendo que en el transcurso su opinión se haya modificado, debería admitir que es él, el equivocado… Conductas improbables entre las huestes de un oficialismo caracterizado por la negación de realidades y la especulativa ceguera que les hace ver triunfos donde las derrotas son palpables.

Si acaso los Kirchner negaron el fracaso en los comicios del 2009, bien volverían ahora a desconocer el resultado y vender, aunque sea, las bancas logradas como éxitos rutilantes de una gestión magnánima. Amén de echar culpas a las corporaciones y ver conspiraciones que sólo existen dentro de sus despachos. Después de ocho años, esperar gestos de madurez política y sana competencia es de ingenuos, y la ingenuidad a esta altura de las circunstancias no marca una ciudadanía esperanzada, sino más bien insana.

De todos modos, hay una realidad insoslayable que terminará por definir si el problema está en los aspirantes a gobernarnos o si, acaso, en cada uno de nosotros está el germen infectado, pues en pocas horas vuelve a rodar la pelota, existiendo incluso la posibilidad de que el Messi deleznado una semana atrás pueda terminar siendo idolatrado. Así somos. Así estamos…

Si por ello se opacan los resultados y acaban las implicancias de una elección sustancial por los actores que han participado, con la misma frialdad e indiferencia como se la ha encarado, seguimos complicados.

Esta vez, sin duda, el fútbol no es para todos, sino más bien para Cristina Fernández de Kirchner que podrá escabullirse tras él.

Es cierto que en muchas ciudades del mundo el desinterés frente a comicios alcanza niveles elevados, pero la diferencia radica en que aquellas le brindan al ciudadano una calidad de vida y confort capaz de justificar el desgano. Amén de que las divergencias entre opositores y oficialistas son prácticamente mínimas, porque ambas siguen el cauce de un desarrollo básico sin intentar retrocesos a utopías que ya demostraron su fracaso.

En Argentina, sin embargo, vamos de un extremo a otro. Es decir, al votar a uno u otro podemos estar escogiendo entre vivir estancados o proyectarnos.

Finalmente, y sin más prolegómeno, la elección –guste o no– arrojó un ganador. Un primer paso dado para frenar un régimen hegemónico que hizo y hace mucho daño. Apoyarlo sería lo verdaderamente democrático. Si eso no sucede, si el balotaje abre paso, otra vez, a la campaña sucia y a los pactos espurios donde se compra impunidad y voluntades, seguir hablando de democracia será tan absurdo como vano.

Fuente. ECONOMIA PARA TODOS

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