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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoLA NECESIDAD DE VER EL FILM COMPLETO
04/abr/2011

Las ambiciones se han devaluado tanto como los principios. Ya no interesa un cambio que garantice la dignidad del hombre sino uno que le garantice cubrir los costos de sus gustos.

Por: Gabriela Pousa

Sucesión de errores, algunos prácticamente incomprensibles en el escenario político. Los protagonistas siguen siendo los mismos: un Ejecutivo sin dirección ni fuerza de dominio pero con relato instalado donde el triunfo se juega en primera mano.

Hipótesis y teorías. Ninguna comprobación empírica ni anda nivel capaz de sostener con lógica las premisas. Aún así, se insiste con una victoria sin escapatoria mientras, simultáneamente, se atenta contra la libertad de expresión, se pacta con la corrupción y se vende fervor popular aunque sólo se trate de ambición personal.

En gran medida la confusión se torna tan amplia, que comprender y deshilachar la macabra trama es una tarea titánica para quienes deben ocuparse del “hoy para mañana”.

“Si acaso no hay Clarín, hay Nación o Perfil” – razona el argentino medio haciendo surgir la exculpación y poniendo fin a un tema que sin embargo no queda en una simple elección. Pero suficientes conflictos acechan la rutina y la vida íntima como para hacerse cargo de “lo de afuera”. Y ahí radica el verdadero problema: aquello que se cree es parte de un mundo exterior, nos afecta hasta el tuétano nos demos cuenta o no. Y es que si se elige la democracia como sistema, la implicancia directa de cada uno es inherente a la decisión juste o no.

Qué no esté todavía definida la elección en la provincia de Chubut resulta una burla amén de poner sobre la mesa aquello que está jaqueando la soberanía popular mucho más que las idas y vueltas de la oposición. No ha habido una sola manifestación de repudio por parte de los chubutenses: la apatía revela el hartazgo del manoseo y de la creencia que es mejor “qué se maten entre ellos”. Pero en esa lógica como en la del Talión cabe recordar que la victima es siempre la misma se asuma como tal o no.

La queja subterránea se ha extendido a toda la sociedad desde hace tanto tiempo ya que ha pasado a ser un estilo de vida. “Esto no da para más”, ¿cuántas veces se dice eso para confirmar que todo seguirá igual? Esta forma de no doblegarse ante el orden planteado se convierte en una suerte de renuncia y en estos días más de una vez se ha escuchado decir que los comicios de octubre arrojarán un resultado tan maniqueo y manipulado como el de Chubut. A pesar de ello, la reacción sigue siendo un anatema. Nadie se inmuta demasiado.

Tal vez, Chubut haya servido de ejemplo o de advertencia al menos para esas individualidades que de pronto sienten que Bertolt Brecht no estaba tan equivocado. Fueron por un electorado paupérrimo en materia de estadísticas o porcentajes de un padrón que, de golpe parece inmanejable. Fueron por los medios de comunicación como mañana pueden ir por otros rubros y actividades. La Justicia se saca la venda como el tenista la bincha cuando cae derrotado en el “court”.

El gobierno, finalmente, hace aquello que le deja hacer la gente. En Argentina se hace muy palpable aquello que decía San Agustín: “la existencia es un combate entre lo esencial y una avalancha de pensamientos frívolos”. Nosotros nos excedimos: liquidamos lo esencial en nombre de lo insignificante, y terminamos tomando esto último muy en serio. Ya se ha perdido el verdadero foco del problema.

Creer que un comicio puede dar vuelta la ecuación es a esta altura naif e ingenuo. No hay forma de sincerarse, pero si bien se mira al argentino medio le importa aquello que puede hacer o no hacer con el dinero que colecta en el bolsillo. Las ambiciones se han devaluado tanto como los principios. Ya no interesa un cambio que garantice la dignidad del hombre sino uno que le garantice cubrir los costos de sus gustos. Hablemos en serio: si la propuesta es no leer más Clarín pero poder veranear 15 días en paz, votemos no más...

Desde luego las generalidades son mentirosas y fastidian en demasía pero muchos miles de ciudadanos cambiarían un derecho por lo que el relato les ha vendido como un deber de individuo: por ejemplo, un receso o libertad de gremio que le asegura el hotel en el balneario que se desee para poseerlo.

Asumirlo implicaría a la dirigencia emprender un camino de ida hacia una fórmula conocida: educar al soberano. Pero esa educación implica hacerle ver que el derecho de leer un diario u otro es tan importante como el del descanso o el buen salario. Modificada la escala de valores, hoy sólo parecen contar los “derechos humanos” como slogan, a modo de decálogo de un gobierno al cual se le pide que lo negro sea blanco.

Los rumores de alianzas y pactos entre aquellos que no comulgan con lo evidente del engaño es un síntoma que calma algunos nervios, pero no es lo suficiente ni alcanza para vislumbrar todavía que el relato necesita inexorablemente estar inserto en el todo de la película. Y para ello se requiere, más que la oposición desesperada como amas de casa, la voluntad expresa del “darse cuenta” de los ciudadanos.

Fuente: ECONOMÍA PARA TODOS

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