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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoDISERTACIÓN DE SANTIAGO KOVADLOFF AL CUMPLIRSE 3 AÑOS DEL INICIO DE LAS PROTESTAS POR LA 125
02/abr/2011

Reflexiones de Santiago Kovadloff en el encuentro organizado por la Fundacion Despertar con motivo de celebrarse el 3° aniversario del inicio de las protestas por la derogación de “La 125”. - 11 de marzo de 2011 -

Buenos días, gracias a la Fundación Despertar y a todos ustedes por la posibilidad de compartir este momento de reflexión, creo importante establecer en primer término, dada la naturaleza de la exposición que yo puedo hacerles, una descripción primera, sobre la evocación y la memoria de un hecho como el que nos reunió.

La evocación me parece que apunta primordialmente a recordar, es decir, a recopilar lo sucedido, a volver a describirlo, a reescribir, con razón sobre lo que tuvo lugar. La memoria me parece que es una exigencia mayor, sostener algo en la memoria, no significa a penas recordar, significa poder entablar con lo sucedido una interpelación crítica. En un sentido estricto, el pasado nos interpela en la medida en que la pregunta que le dirijamos al pasado provenga del origen del presente, el pasado es significativo si la pregunta que el presente nos propone está orientada a la idea de extraer de lo ocurrido lecciones contemporáneas, actuales, de lo contrario el pasado se fosiliza. Una de las tragedias fundamentales de la educación una de las tragedias fundamentales de la educación argentina es que nuestra historia no ha sido trasmitida a partir de los interrogantes ‘sobre’ el presente y “desde” el presente, sino a partir de una evocación celebratoria, apologética, que tendió a impedir la creación de puentes entre lo ocurrido y lo que pasa.

La historia se vuelve significativa cuando tiene contemporaneidad, es decir, cuando hechos ocurridos hace mucho encierran un valor representativo de lo que nos toca vivir en el presente. Si esto no es así, el presente pierde continuidad con el pasado. El presente se convierte en una isla que no encuentra en la experiencia acumulada la posibilidad del aprendizaje. La memoria apunta, fundamentalmente, a garantizar la subsistencia de la posibilidad de aprender del pasado.

Esto requiere un ejercicio crítico, y este solo puede ser el resultado de una educación aprimorada, donde no la hay, decae el espíritu crítico, y el pasado se fosiliza, se estanca, se convierte en un hecho consumado.

Aspiramos nosotros a que lo vivido hace 3 años no quede atrapado en el carácter de algo definitivamente ocurrido. Es necesario interrogarlo, extraer de allí lecciones que permitan reactualizar permanentemente lo ocurrido como fuente de aprendizaje, por lo tanto, no quedar solo inscripto en el campo de la evocación, sino fundamental alentar la memoria como diálogo crítico con lo que sucedió.

Un segundo punto que quiero tener en cuenta en la exposición que voy a desarrollar es que es fundamental que sepamos recordar que la acción republicana no tiene aún una contraparte en los hechos del presente, estamos ante una transición inconclusa. Pero a esto es preciso añadirle también el hecho de que se trata de una transición distorsionada. No solo no ha terminado, sino que ha sido esa transición instrumentada por fuerzas políticas a fin de que no se encamine hacia la consolidación de los signos fundamentales de la vida republicana y democrática de la Argentina.

Teniendo entonces en cuenta, el papel de la “memoria”, como diálogo crítico con el pasado, y el carácter inconcluso de la transición hacia una vida plenamente republicana y democrática, podríamos abordar lo que significó –y significa- el 11 de marzo de 2008.

Diría, en ese sentido, que se trata en primer término de un “acontecimiento”. Es bueno repasar lo que las palabras quieren decir, porque la costumbre de emplearlas nos lleva a creer que su significación se agota en lo que ya sabemos de ellas.

¿Qué es un acontecimiento?

Es un hecho que fractura el curso de convencional o rutinario de algo. Es un lapsus de lo previsible.

Hay “acontecimiento” allí donde lo que esperábamos no ocurre.

El acontecimiento impone una nueva comprensión de aquel que protagoniza el acontecimiento. Es decir, cuando uno vive un “acontecimiento” se ve obligado a repreguntarse quién es el mismo, ya que emprende un hecho con un propósito y termina inscripto en una significación que no esperaba.

Hay dos hechos históricos relacionados con esto. El primer es Saulo en la historia bíblica. Saulo se dirige a Damasco para llevar adelante una labor depresiva sobre los cristianos. El es un judío ortodoxo, estricto, que integra las filas de aquellos que ven en el cristianismo, la irrupción de una conducta profana que afecta la continuidad de la cultura judía.

En el camino, cuenta la leyenda, se le aparece Jesús, lo nombra “Pablo” y le pregunta que está haciendo. Parte Saulo con un propósito y en la mitad del camino le toca protagonizar un “acontecimiento”, no se dirigía a Damasco a encontrarse con Jesús sino que “asaltado’ por una significación inesperada, llamada Jesús, que le pregunta que está haciendo, y porque se aparta de él.

Esto lo reconvierte a Saulo en Pablo, que significa un hombre que se comprende a si mismo de otra manera, no como era usual en él. Este es un acontecimiento.

Un acontecimiento fractura la previsibilidad de los hechos, y aquel campo de inteligibilidad en que uno está inscripto, según sus combinaciones, sus creencias; vale la pena agregar en esto la “prudencia” del lenguaje. Nosotros decimos; “te veo mañana…, y si somos lúcidos añadimos: “si Dios quiere”. Con prudencia porque que nos veamos mañana depende de nosotros pero, …no solo de nosotros.

Hacer lugar a lo imprevisible es estar atento a la posibilidad de que irrumpa un acontecimiento.

El segundo ejemplo histórico que les quiero dar es el de Juana de Arco. La primera caracterización histórica que tenemos de Juana es que es una loca, mística, que quiere salvar a Francia.

Estamos entre el siglo XIV y XV.

La segunda caracterización de Juana es que se convierte en la figura emblemática de una voluntad de transformación de la política de Francia frente a Inglaterra en la guerra que los enfrentaba entonces, y termina convirtiéndose en el emblema, no solo de la resistencia, sino de la victoria frente a Inglaterra mediante la conjunción de fe, mística y patriotismo.

Este es un acontecimiento. Era una señorita algo trastornada. Era el diagnóstico que existía sobre ella, y termina siendo el emblema de una transformación. Gana otra significación. La gana frente a sí misma, y ante el mundo político y militar que la rodea.

De modo que un acontecimiento” es una fractura, e impone una significación nueva donde no se la esperaba.

Esto en el caso del campo es clarísimo. Allí vamos a llegar pero, anticipemos, que la rebelión del campo frente a las decisiones del Gobierno se inicia como una protesta sectorial, y termina investida de una significación social que, sin desconocer los intereses sectoriales, se convierte en emblemática de una necesidad social.

A tal punto es así que fue preciso repreguntarse que se significaba. Porque se empieza por representar una cosa, y la demanda social de representatividad que se le impone al campo le exige a la Mesa de Enlace, redefinir su propia significación.

Se pasa de lo estrictamente sectorial a tener un valor social emblemáticamente representado por la significación cultural de la mesa de Enlace.

Este proceso de replanteamiento del propio significado es, tal vez, uno de los acontecimientos socio-políticos más importante de los que la Mesa de Enlace significa aún hoy.

El acontecimiento, entonces, del 11 de marzo de 2008 va a tener lugar en un marco político argentino al, que sucintamente caracterizado, implica la irrupción de un gran protagonismo inédito, en el marco de otro protagonismo inesperado. Este último, a principios del siglo XXI fue Kirchner.

Néstor Kirchner se convierte a partir del momento en el que asume la presidencia de la Nación, en una figura que logra capitalizar (por supuesto que a su favor), los efectos del desengaño centrado en la sociedad por los valores democráticos, entre 1984 y 2001.

El capitaliza el desencanto social con la democracia, introduciendo una figura que al principio se describió como “devolución de protagonismo al Poder Ejecutivo”, después de la gestión del presidente de la Rúa, y terminó evidenciándose como “acumulación ilimitada de poder”, no en uno de los 3 poderes, sí no en una figura, en un individuo.

Podemos decir entonces, que el protagonismo fundamental ganado por Néstor Kirchner consistió en protagonizar el descrédito en el que cae la democracia argentina, por la imposibilidad de llevar adelante esa transición del autoritarismo al republicanismo pleno, mediante la irrupción de una figura histórica, de enorme peso en la argentina, que es el caudillo.

El hombre que tiene la suma del poder público, que ejerce una concepción del poder asentada en un verticalismo estricto y que irrumpe proponiendo una modalidad elocutiva que es el monólogo: el hombre que habla solo. El hombre que requiere que su palabra sea oída y obedecida. El hombre que reúne, en suma, los atributos de la percepción de la realidad y que no exige, de ninguna manera, intercambios, consensos, diálogo, ni representatividad social más que de su figura hegemónica.

En esa medida, podemos decir que el primer “acontecimiento” del siglo XXI, fue la aparición de Kirchner mediante la irrupción de una cultura del pasado, que asume francamente la inviabilidad de la democracia como tarea, como meta, para instrumentar los recursos del sistema constitucional en función del fortalecimiento del caudillismo.

El se evade de lo que la democracia descalabrada le brinda para instrumentar en función de la reposición de una figura clásica de la historia argentina, que es el caudillo.

Esto no desconoce el papel que los caudillos del siglo XIX han jugado fecundamente en una serie de aspectos en la Argentina, estoy subrayando apenas el carácter excluyente de la figura del caudillo, es decir, el hombre providencial irrumpe nuevamente en nuestra historia.

La aparición del acontecimiento del 11 de marzo del año 2008 le impone, a la figura del caudillo, por primera vez, un acotamiento. A la desmesura del poder ejercido sin límite y a la instrumentación demagógica y perversa de la ley, se le contrapone, de pronto, la manifestación del 11 de marzo del 2008. Es la primera vez, en la historia de la gestión del kirchnerismo, y ahora en manos de su esposa, que el Gobierno se encuentra frente a un “no”. Pero no un “no” individual, sino un “no” social y socialmente extraño, porque no es un “no” partidario, porque si bien se origina en las necesidades de un sector, termina por ganar un valor emblemático social que se traduce en la solidaridad incondicional que reúne al campo con la ciudad.

El gobierno no entiende frente a que está. Tiene una terminología anacrónica para caracterizar al campo. Empieza por emplear términos que remiten a su profunda desactualización en la comprensión de lo que pasa. Habla de los “piquetes de la abundancia”, de la ‘oligarquía”…, porque no sabe frente a que está. Cree que está frente al pasado. No entiende que está frente a un hecho del presente inédito, frente a un “acontecimiento”. Entonces insulta, y trata por todos los medios de diagnosticar lo inédito como ya édito, mientras que del lado de la solidaridad social que el campo recibe, lo inédito ha sido comprendido.

Y el campo trae en el orden de la expresión de la disconformidad con lo que sucede, un enorme alivio. El alivio de contar con un “no”, el “no” de la ley. “No” a la trasgresión impune de la ley.

El triunfo primordial del campo en ese sentido, fue ese “no”. El triunfo fundamental del acontecimiento fue la irrupción de ese “no”, porque por primera vez el espejo de la historia de Blancanieves no reflejó a la princesa como ella soñaba. Preguntó si era la más bella, y el espejo dijo que no, que no estaba sola, que de pronto irrumpía otro en el escenario social argentino.

Esta figura del otro, desde una perspectiva filosófica es ineludible.

Para el gobierno, ese otro irrumpe bajo la forma de un acotamiento, primero, a su desmesura, a su trasgresión de la ley, a su instrumentación perversa del poder.

Para los partidos políticos, ese otro irrumpe bajo la forma de una fuerza social que rebasaba por completo, la representatividad de sus espacios propios, entonces los partidos políticos adhieren al campo, lo siguen. Se interrogan a sí mismos y comprenden que el liderazgo, en términos de representación social, en ese momento, circunstancialmente, no está en manos de los partidos desahuciados por la crisis de fin de siglo.

Y por último para el campo, ese otro que duplica la comprensión que tiene de sí, que lo lleva a preguntarse de nuevo quien es, aparece bajo la forma de un clamor único que rebasa la demanda estrictamente sectorial. Los que adhieren en las ciudades al reclamo del campo no son campesinos. Entonces ¿a que adhieren?

Adhieren al valor simbólico creciente que el campo con su “no” produce en la sociedad, pero en la medida que produce una significación simbólica inédita, el campo mismo se ve obligado a repensar que es lo que el significa, si está representando una demanda sectorial únicamente, o si sobre él ha recaído el acontecimiento de una significación social, cultural y política, en el sentido amplio, inédita.

La Mesa de Enlace se origina, como convergencia de los distintos intereses del sector, y aquí es donde irrumpe el fenómeno cultural más extraordinario.

Yo usé el término, y quiero repetirlo: “alivio”. La mesa de Enlace trajo alivio en términos de representación socio-política. ¿Por qué?

Porque contra el fondo de la figura hegemónica, que concentra en si la suma del poder público, 4 hombres que representan distintos intereses de un sector, deciden cederle la prioridad al diálogo, a la convergencia, a la necesidad de convivencia. Todavía no estamos en condiciones de evaluar el efecto terapéutico que el acto de unidad representado por la mesa de Enlace tuvo en la sociedad argentina, pero si estamos en condiciones de advertir es que lo que la Mesa de Enlace logró de la sociedad argentina fue convertirse en un emblema del porvenir, de lo indispensable, del diálogo, de la interdependencia, de la necesidad de escucharse recíprocamente contra el fondo de un monólogo autoritario, que concebía toda discrepancia como una ofensa a la política del Estado.

La subestimación del otro promovida desde el poder político encontraba su contraparte en el reconocimiento de la necesidad del otro, aun cuando las disidencias fueran muy profundas. No se trata de idealizar a la Mesa, justamente al contrario: “puesto que las dificultades de convivencia eran muy grandes, haberla logrado fue extraordinario”.

Muchas veces la gente se equivoca en la evaluación. Dicen: “qué maravilla, esos hombres como se predispusieron a conversar sin conflicto…”. No fue así.

No solo no fue así. Es muy importante entender que, porque no fue así, lo que lograron es aún más valioso, y es ese el texto donde la dificultad pasa a ser tramitada por la necesidad prioritaria del entendimiento, el hecho cultural y social fundamental de lo que la mesa de Enlace del año 2008 significó. Hizo bien, volvió a buena parte de la sociedad argentina, y no desde un marco partidario, lo cual también implica problemas que ahora vamos a ver, la condición de que lo son.

Caractericemos, con el mayor realismo posible, lo que es la convivencia o el don de convivencia, pero para empezar a entenderlo bien hay que pensar o entender, que es lo que hace con la dificultad de convivencia el kirchnerismo.

El kirchnerismo hace negocios. Explota la dificultad de convivencia. Hace de las dificultades de convivencia su gran capital político, mediante la promoción de un modelo maniqueo que divide a la sociedad entre los que son como uno, y los que no son. “No son”, es decir, no tienen representatividad social, cultural, política.

Convivir significa que el otro es insoslayable. ¿Por qué?

¿Qué es lo que el otro tiene de insoslayable? Hay una enseñanza primordial de Martín Huber, el gran filósofo judío que falleció en 1965, que a mí siempre me conmovió, Huber dice: “cada uno de nosotros no existe, en sentido estricto, antes del encuentro con otro”. Yo me doy cuenta que estoy porque la mirada del otro me instituye como alguien que está. Es la mirada del otro la que confirma mí presencia, la que permite que yo me sepa presente. El encuentro con el otro hace de mí alguien necesario, porque es conmigo que el otro puede desplegar su derecho a la expresión, su punto de vista, su opinión…, confirmarse como sujeto. Si el otro está ausente, yo la confirmación la obtengo de la autosuficiencia. La autosuficiencia es el requisito fundamental para la destrucción de una democracia. Se llama autocracia.

En consecuencia, la irrupción del otro es fundamental para liberarnos de la pesadilla de la suficiencia.

Creo yo que esto que parece muy abstracto, tiene un grado de concreción fundamental. La filosofía no se juega en el grado de la especulación absurda. Está en la calle, la vida cotidiana…Tiene que ver con el tiempo, la libertad, la identidad, el significado de la muerte, el sentido del trabajo. La filosofía reedita esas experiencias de la vida cotidiana.

El “otro’, que irrumpe con la mesa de Enlace desde esta perspectiva, destruye el verticalismo, o se empeña en destruir el verticalismo, y pone en escena la necesidad de generar una transversalidad que es, justamente, donde el gobierno fracasó.

Lo conmovedor de la Mesa de Enlace no es la transversalidad que logró consumar, si no la transversalidad que se empeñó en no abandonar jamás. De llevarla adelante. De volver a intentarlo. De seguir intentándolo.

Entonces, en este sentido, me importa volver a decir que la Mesa de Enlace es el símbolo de una transformación de la percepción de la vida política en la Argentina, que los partidos, en ese momento, no pudieron asegurar como símbolo, porque los partidos políticos, en aquel momento, estaban todavía afectados por un profundo descrédito colectivo y, si bien hubo necesidad de impulsar transformaciones partidarias muy grandes, y en cierta medida fueron hechos algunos de ellos, expectativas del depósito de una fe colectiva considerable, lo cierto es que el vuelco de la sociedad hacia el campo, y el apoyo que se le brinda, prueba la orfandad partidaria que todavía estaba viviendo la voluntad popular.

Entonces, esta demanda de representación republicana y democrática que se le hace al campo obliga a inscribir las demandas sectoriales en el marco de un proyecto absolutamente inesperado; que el campo fuera vocero de los ideales de la República, de los ideales de la democracia, y que representara algo más que los intereses del sector, representara una demanda nacional de transformación política.

El trabajo que las dirigencias del campo tienen que hacer para inscribir, enlazar, enhebrar estas dos necesidades fue enorme, porque la debilidad cívica de la sociedad es general, no afecta solamente a la ciudadanía urbana. El campo también tuvo que trabajar su propia percepción de lo cívico, de lo institucional, y aprender a no dejar de dirigirse al Gobierno como sector, pero inscribir esa exigencia en el marco de una demanda más amplia, que yo resumo en una palabra: la ley. La exigencia de le ley. La exigencia de la institucionalidad plena. La no instrumentación perversa de la ley y la Constitución. El reclamo de diálogo.

Se trata, en suma, de dos convocatorias contrapuestas a la participación, que después se van a desplegar en una dirección más estrictamente partidaria. Una es la del Gobierno, y la otra es la generada por el campo.

Una es encabezada por la consigna de la obediencia debida y a la palabra hegemónica, y la otra impulsada por la necesidad de recuperar la credibilidad de las instituciones y la ley, mediante la revitalización de la participación de los partidos.

¿Qué es lo que debemos entender como trasfondo de esta dualidad?

Diría que la lucha quedó entablada entre un proyecto de mitologización de la política, fuertemente caudillesco, y un proyecto de modernización de la política, que es el que va a impulsar el campo.

Modernización de la política significa inscripción de las demandas sectoriales en el marco del fortalecimiento de las instituciones de la república. Reconciliación entre el interés sectorial y el interés republicano, saneamiento del ideal democrático, posibilidad de retomar la transición desde el autoritarismo hacia la democracia plena iniciado desde el año 83.

Uno de los dilemas fundamentales que plantea el mundo de hoy, es si podemos entender a la tierra, no solo como lo que debe ser explotado, si no como lo que existe en consideración. La tierra como interlocutor del hombre, que es capaz de rendir, si uno la considera como un ser vivo, es decir, si la tecnología es capaz de acentuar su rentabilidad sin desconocerla como ser vivo.

Otro tema del presente es la educación. El campo comprende que la capacitación profesional, sin capacitación cívica, no sirve. Les quiero contar una anécdota de lo que es la tecnocracia.

Uno de los más grandes físicos de nuestro tiempo, Ericsson, discípulo de Einstein, inglés, cuenta que todo físico sabe que su mujer no es más que un conjunto de átomos y de células. Ahora bien, si la trata así la pierde…

Entonces, la tierra es la tierra. Si nos quedamos en el orden de la literalidad estamos fritos…

El Gobierno caracteriza la rebelión del campo como una rebelión fundamentalmente proveniente de una relación literal con la tierra. No entiende, la transformación nacional que se está llevando a cabo allí, pero no la entiende de veras, no solo por sus intereses.

Cuando lo empieza a comprender ya es un poco tarde para que no se haya difundido en la sociedad ese altísimo grado de representatividad, cultural, social y política que alcanza el campo.

La tierra hoy en día está pensada desde el campo de manera novedosa, en el marco de una cultura que exige convivencia. La tierra exige convivencia, no solo explotación. Y la cultura cívica indispensable para hacer de la capacitación tecnológica un recurso útil, es la que inscribe toda demanda sectorial en el marco concertado de una visión orquestada.

Una última reflexión. Circula hace mucho, muchísimo, entre nosotros, la expresión “el interior”…

¿Qué es ‘el exterior”?

El interior está connotado, incluso en la literatura de Alberdi, el habla de ciudades y centros mediterráneos…

El “interior”, hoy en día, es un concepto que exige ser redefinido a la luz de la experiencia que el campo está aportando a la construcción de un nuevo civismo.

“Interior” es producción de modernidad. Debemos tener en cuenta esto porque, tradicionalmente, el interior era el reverso de la modernidad, era el provincialismo. Era allí donde el tiempo se ralentaba para representar valores del pasado.

“Interior” hoy significa modernidad, actualidad, posibilidad de reconciliación entre la tradición y la vanguardia, entre los valores de la familia y la posibilidad de entender que el conocimiento promueve una nueva noción de la subjetividad.

Pero insisto, nos equivocaríamos si creyéramos que ‘solo” el Gobierno no entiende esto, o no le interesa entender esto.

Creo que todo el interior debe repensar permanentemente esto, porque ese es el desafío: llegar a una comprensión más rica de sí mismo. Se asume a través de la participación creciente en el orden cívico, mediante sus líderes, mediante la expansión de centros como promueve esta Fundación, y una conciencia creciente de lo que se está haciendo en términos de modernización para el país, es probable que el campo esté bien situado frente al desafío incesante que tiene que llevar adelante pero que, a tres años del 2008, vino a probar que lo que empezó allí no puede terminar mediante un acuerdo con este Gobierno.

Debe pasar por allí en la medida de lo posible, pero fundamentalmente la disyuntiva es entre el protagonismo en el mundo de hoy y renuncia a un civismo creciente.

Muchas gracias

Preguntas

- ¿Cómo ve usted a la Mesa de Enlace en este proceso de quiebre, para que su final sea exitoso, y no haya una salida traumática, que quede en la historia como algo que simplemente “pasó”?

Esto son algunos de los elementos con los que se podría construir una respuesta. Es evidente que desde el gobierno se está tratando de quebrar la Mesa de Enlace, se está tratando de dividirla, se está tratando de sectorizar. Es decir de devolver a sus integrantes al terreno en el que estaban antes del año ’08, en cierta medida.

Creo yo que en política, la única manera de eludir el carácter hegemónico de los conflictos que se viven inmediatamente, los que están pasando hoy, es tener un concepto de mediano y largo plazo.

Las grandes políticas de estado enfrentan las circunstancias adversas, desde sus proyectos de mediano y largo plazo.

Cuando no hay proyectos de mediano y largo plazo, la coyuntura devora la tensión política. Una vez me dijo Alfonsín; “yo soy un bombero. Esa es mi desgracia”.

Entonces, si la urgencia devora la concepción de los conflictos que se viven, y no se los somete a una visión más aplomada y serena de las metas a las que corresponde llegar a mediano y largo plazo, es probable que la fragmentación sea entonces más que la unidad.

Solamente teniendo muy claro que es el tiempo venidero al que se quiere arribar, se puede soportar la tensión generada por los conflictos del presente. Si no, el clima de sospecha devora a los integrantes de esa entidad, porque vuelve a reinar la idea de que se representan intereses distintos, se abandona ese campo tan duramente conquistado que fue la noción de “enlace”.

¿Tiene la Argentina recursos culturales como para sostener en el tiempo el valor de una Mesa de Enlace?, ¿sus integrantes podrán pensar el mediano y el largo plazo como condición necesaria en la inflexión de los debates del presente, o la urgencia y el interés coyuntural podrán más que lo que se representa?

Yo no puedo responder a estas preguntas, pero me parece que el planteo adecuado incluye, por lo menos, la necesidad de analizar esto, porque el “oportunismo’ liquida la visión más amplia de la política.

No se trata de no ser realista, pero también se trata de no someter al oportunismo a aquello que es indispensable promover.

- Los acontecimientos requieren también “continuidad” para ser trascendentes. En cuanto al interior del país, ni los presidentes, que fueron mayoritariamente “del interior”, lo valorizaron. Entonces, ¿cual es el camino para que ese interior moderno, que se ha puesto por delante del antiguo prestigio de toda la zona rioplatense, pueda llevarlas a la práctica?

Mucho se insistió en la necesidad de recuperar los partidos políticos. La democracia no puede operar sin partidos políticos. Los necesita centralmente para devolverle a la vida Parlamentaria una creciente calidad representativa.

Esa tarea en parte está en marcha y en parte no. Y está en marcha en parte porque la demanda que se hace para que así sea parece que todavía está en etapa fuertemente diaspórica, desde el punto de vista de la significación de los partidos políticos.

Todavía la representatividad cae sobre “individuos”, mucho más que sobre plataformas doctrinarias que sean de conocimiento público, en el discernimiento de políticas de Estado.

Hay también en la opinión pública, una fuerte propensión a privilegiar el ‘estrellato” de los candidatos, o de los aspirantes a la representación política, más que al, pensamiento.

No hay que ilusionarse demasiado. Si uno recorre las democracias mundiales advierte con facilidad que la idealización de 3 de los líderes parece operar de manera central en la construcción de las políticas, incluso de las democráticas, y después la “desidealización” acarrea consecuencias muy fuertes.

Pero si la pregunta pasa por donde creo que pasa hoy la tarea fundamental, que es la reconstrucción de los partidos políticos y la inscripción creciente en ellos de aquellos jóvenes del interior que no necesariamente deben concebir su militancia como un abandono de sus tareas específicas, si no como una comprensión y un acercamiento de lo que los partidos puedan representar como tarea propia. Los partidos son una tarea, y esa tarea requiere participación.

No son una entidad constituida a la que hay que sumarse. La idealización infantil lleva a este tipo de adhesiones. Es lo que está pasando con el Gobierno.

El Gobierno logra “adhesión” a una plataforma de principios que se supone suficientemente clara, y que lo que exige es respaldo.

En la sensibilidad democrática, la participación en los partidos es construcción de esos mismos partidos. El partido invita a efectuar una construcción. Es la tarea de este momento en la historia argentina: devolverle representatividad a los partidos porque, convengamos que si el acontecimiento de 2008 fue conmovedor y trascendental, así no se puede seguir.

La opinión pública no puede seguir buscando liderazgos extrapartidarios si quiere reconstruir las instituciones de la sociedad y de la política. Tienen que encauzar esto dentro del juego partidario. Pero esa diáspora y esa fragmentación que hoy presenta el panorama político están hablando, además, de algo muy importante que hay que tener en cuenta.

Cada vez es más evidente que el Gobierno intenta reforzar su significación política mediante el impulso a valores del pasado. La mitologización del pasado tiende a ser un recurso fundamental de la construcción de su perfil significativo. La gran pregunta que debemos dirigir a los partidos de la oposición, es como están trabajando para asentar su credibilidad pública en una idea de las necesidades y deudas contraídas con el porvenir, que sea capaz de conmover una sensibilidad cívica que no es homogénea, ni está del todo claramente dispuesta a hablar de otra cosa que no sea la coyuntura, cosa que en parte se justifica, si hay inflación, como se sale de ella…

Pero se advierte muy bien en quienes plantean claramente el tema inflacionario, que su resolución pasa por la concepción de políticas de estado mucho más amplias que la solución de este pequeño aspecto, aunque sea trascendental.

Entonces, la reeducación cívica que hay que llevar a adelante desde los partidos, es muy amplia y creo que va a ser muy larga. Las circunstancias a veces impulsan a la gente a pedir alianzas inmediatas, y resoluciones inmediatas de los conflictos de los partidos. “¿A quién vamos a votar?”’. Se entiende que esa pregunta exista, pero la pregunta de fondo no es: “a quien vamos a votar”, si no “que vamos a votar”.

“Que”. Que concepción de república, que concepción de país…Y esta pregunta, ¿tiene vigencia en nuestra sociedad?

Los 40 millones de personas que somos, está primordialmente interesada en saber “que” vamos a votar, o “a quien” vamos a votar.

Hay una decadencia mundial de liderazgos. Este es un monólogo distinto al de 2008. Es mucho más inteligente. Además, enfrente hay una estrategia cultural que del otro lado no se puede combatir. Me parece que estamos subestimando la fuerza…

Pienso que vale la advertencia. Si tomamos 2 hechos como el de Vargas Llosa, o el de la Sra. Conti cuando propone la eternización de la Presidenta, y vemos reaccionar a la presidenta como si “nos” representara.

La pregunta, sin desconocer la magnitud del aprendizaje demagógico que han logrado, es esta: ¿no está advertida parte de la ciudadanía de que en tiempos electorales el discurso del gobierno se vuelve representantivo de “nosotros” los que no lo apoyamos? ¿no ocurrió esto en 2007 cuando se prometía más república, más institucionalidad? ¿Tuvo éxito? Si, ganó las elecciones. ¿Puede volver a ganar?

Si, puede volver a ganar pero, si puede volver a ganar la pregunta que se deriva del planteo de Ricardo (López Murphy) es, ¿qué pasa en la oposición?

Porque el crecimiento del oficialismo no se entiende si no se le opone la fragilidad y la ceguera opositora. No es que crece “pese” a la oposición fuerte. Crece porque la oposición no tiene fortaleza y discernimiento suficiente.

Entones, la advertencia la tomaría en este sentido: ¿estamos a tiempo, aún, de contener este avance del oficialismo con su discurso, mediante la credibilidad que pueda generar la oposición, que es “demandada”, porque se demanda la posibilidad de que se vuelva creíble.

La gente quiere creer, no quiere descreer. Pero la oposición no responde suficientemente a esta demanda. Las razones ya en parte las hemos visto, pero entonces tenemos en claro que esa mitad del país, o esa parte del país que apoya al oficialismo representa mucho más de lo que parece en virtud de lo poco que representa la oposición. Y esta es la crisis de la democracia argentina, que no hay dos fuerzas con igual poder de representatividad, y eso nos devuelve a una vieja situación argentina, donde el peronismo siempre ha crecido mediante quienes instrumentándolos, no eran la mayoría, pero supieron ser eficaces.

Ahí centraría yo la pregunta en torno a la crisis de los partidos políticos

Desgrabación: FUNDACIÓN DESPERTAR

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