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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoLA CAUSA DE LA DUDA EXISTENCIAL: ¿PUEDE GANAR KIRCHNER EN EL 2011?
17/ago/2010

La angustia que provocan los desentendimientos de la “oposición” es comprensible frente a la necesidad de cambiar aspectos macabros de la cotidianeidad.

Por: Gabriela Pousa

A ver si nos entendemos. No están Winston Churchill, ni Charles De Gaulle, ni Vaclav Havel esperando ser votados el año que viene. Parte de la sociedad argentina se pregunta por qué la orfandad en materia política se esparce día tras día. La respuesta es simple: no somos ingleses honrando su monarquía, ni franceses involucrados, ni checos dispuestos a conseguir la libertad sin claudicar. Y a esta altura de las circunstancias, sostener que la dirigencia es un espejo del pueblo resulta una obviedad.

De ese modo, lo que vemos en la góndola preelectoral no difiere en demasía de aquello que somos en general. Es cierto: las generalizaciones son siempre injustas, pero la realidad nos enfrenta a una idiosincrasia peculiar donde la razón se ausenta, las pasiones se acrecientan y los fanatismos ciegan.

No logramos ver matices: todo o nada. En ese contexto las diferencias se apagan. A un año de las elecciones internas abiertas y obligatorias, no llegan a un 50% los argentinos concientes de ello. Nos movemos en microclimas creyendo que las baldosas que pisamos son las que el resto también pisa. Pero de los asfaltos de ciertos barrios, a los lodazales de otros tantos, las distancias son infranqueables e impiden que sepamos qué piensan y sienten del otro lado. Tampoco nos interesa demasiado.

En ese trance surge la preocupación: ¿Puede Kirchner ganar la próxima elección? Hay cierta noción de quiénes no van a votarlo, pero intriga que harán aquellos que caminan por el barro. El temor a la continuidad crece al advertir como aumentan los bolsones de pobreza que requieren del clientelismo para la subsistencia. Pero es injusto negarle dignidad a los que viven esa realidad.

Recordemos lo sucedido en Misiones cuando Carlos Rovira, y todo el elenco del gobierno nacional, repartieron desde electrodomésticos hasta créditos con total impunidad. La gente los recibió porque la carencia tiene razones que la satisfacción desconoce. Luego la taba se dio vuelta. ¿Espontáneo “darse cuenta”? No. Hubo quienes hicieron trabajo de hormiga, explicando por qué las dádivas son justamente las que los condenan a la pobreza perpetua. En definitiva, aplicaron la antigua fórmula “educar al soberano”, ¿o no es acaso esa la tarea básica de un proselitismo de veras?

Ahora bien, ¿están los actuales aspirantes al Sillón de Rivadavia haciendo ese trabajo o están peleándose por el cargo? La percepción de que esto último sucede, acarrea la duda de la permanencia de los Kirchner en la Presidencia. “¿Si los demás no ofrecen respuestas, no es mejor quedarse con lo que hay?”. Léase “más vale malo conocido que bueno por conocer”, refrán popular que corre riesgo de prosperar. La duda se instala y es malsana.

Por otra parte, hay también quienes prefieren desentenderse del tema, y seguir cobijados bajo un Estado benefactor que en realidad los va asfixiando. ¿Cuántas veces se escucha decir: “son todos iguales“? Esa premisa es funcional a los Kirchner que aprovechan el descrédito y el conformismo para ganar adeptos. No requieren propuestas siquiera porque tampoco hay con quién confrontarlas en la otra vereda.

¿Cuál es el proyecto de país de Ricardo Alfonsín? ¿Cuál el de Julio Cobos? ¿Y el de Reutemann? No tenemos ni idea. La elección, en consecuencia, se torna un acto casi reflejo que lleva a ensobrar la boleta del que parezca menos malo. Claro que la opción de salir de lo perverso y abyecto es un estímulo, y en él radica la esperanza de la renovación, en algún sentido. Es triste reconocer que ya sabemos como vivir con una administración inepta, pero no logramos adaptarnos a la maledicencia y la amenaza perpetua.

Siempre sostuve que es muy fácil hacer evaluaciones políticas desde un escritorio, a metros de una heladera llena o como suele suceder la mayoría de las veces, en comidas donde el cubierto cuesta igual o más que lo que reciben algunos compatriotas en carácter de la mentada “asignación universal por hijo”.

En esos hábitats se riega con buen tinto el desánimo que produce no sentirse identificado con ninguno de los actores políticos. Sin embargo, es también allí donde es factible hallar más semejanzas que diferencias con los candidatos que se barajan como si una elección fuese un mero juego de cartas.

Los sectores humildes están preocupados por asuntos más terrenales: ¿qué comen los chicos esta noche? ¿Y mañana? El mañana ya ni cuenta. Encima, los acontecimientos se suceden con un ritmo tan vertiginoso que el hartazgo termina desgastando.

Si en 24 ó 48 horas aquellos que eran aliados aparecen como adversarios, si quienes se unieron prometiendo consensos, no son capaces de aportar una idea para frenar alguno de los problemas que acechan, es lógico que la decepción conduzca únicamente a la queja de sobremesa o a la resignación.

En este contexto, es dable admitir que el kirchnerismo ha demostrado más coherencia que el resto. Este fue, desde el vamos, verticalista, improvisado, dependiente del ánimo del jefe, de los arreglos o desarreglos de alcoba y del cumplimiento de órdenes de sus soldados.

Asombrarse del patoterismo del Secretario de Comercio, Guillermo Moreno, calzándose los guantes de boxeo en una puesta en escena circense es ingenuo. Viene sucediendo desde que se instalaron los Kirchner en el gobierno. Basta con leer la nota al respecto escrita tiempo atrás. Nada ha variado.

Detenerse en este último suceso es seguirle el juego, porque terminamos distrayéndonos con un peón que no hizo más que obedecer al patrón. Centremos el foco del problema en la raíz para que no se expanda, porque nada se gana podando solamente una rama.

La angustia que provocan los desentendimientos de la “oposición” es comprensible frente a la necesidad de cambiar aspectos macabros de la cotidianeidad: la prepotencia, la inseguridad, la suba indiscriminada de precios… Si a todo ello no le pone fin el gobierno, es menester hallar quién pueda hacerlo. El silencio y las peleas internas no cooperan a la respuesta.

Hablan, por ejemplo, de instalar cámaras que filmen las entradas de los bancos, y ya hay un sinfín de edificios y entidades con esos dispositivos funcionando. ¿Desalentaron la delincuencia? A juzgar por lo que se vive a diario, no ofrecen grandes resultados. Sólo parecen servir como “souvenir” para que los familiares conserven la imagen de los últimos instantes de vida de la víctima. Otra opción es que se tomen las huellas, sin embargo, no hace mucho el hijo de un actor estuvo días en la morgue sin que pueda identificárselo.

¿De qué sirve que se muestre al asesino? Lo importante es impedir que el crimen se realice en lugar de convertirlo después en un “reality show” mostrándolo por televisión, y ofreciendo recompensas para hallar a los prófugos que, paradójicamente o no, siempre sobrellevan reincidencias.

En este aspecto, el freno lo pone aquello definido como “políticamente correcto”, y no lo es, al parecer, pedir documentos o antecedentes de alguien que ha hecho, por ejemplo, del merodeo su “profesión”. Hay que respetarle los derechos…

En definitiva, los argentinos estamos expuestos, sin anestesia, a vernos como somos en quienes se supone nos representan o pretenden hacerlo en corto tiempo: individualistas, egocéntricos, narcisistas, con un exceso de relativismo ético, y dispuestos a ocuparnos como si fuéramos dioses de aquello para lo que no estamos capacitados o directamente desconocemos.

¿Cuánto falta para que la “justicia por mano propia” se instale como eufemismo de “solución” a la violencia? La paciencia ciudadana es inmensa pero tiene techo. Si logramos admitir esto, sería más sencillo darnos cuenta y entender por qué, en la obra que se representa en el escenario político, más que como espectadores estamos como huerfanitos.

Si todos quieren ser primera figura y no hay quién acepte ser elenco, el aplauso no premia, ni manifiesta mayor o menor predilección. En esa uniformidad pierde sentido hasta plantear una elección. Podemos decir que se trata de ir, un domingo, en busca de algo menos peor. O todo da lo mismo, incluso estar muertos o estar vivos…


Fuente: ECONOMIA PARA TODOS

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