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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoEl hombre frente al tanque: O cómo entender la reacción del periodista frente a los ataques en las redes sociales
27/jul/2020

El mejor mérito de un periodista nunca es tener un gran conocimiento sobre algo sino contar con la capacidad de identificar a la gente que sí sabe, escucharla, entender los escenarios y construir una historia con todo eso que no le pertenece.

Por: Matias Longoni

El laburo de un productor es producir alimentos. El laburo de un periodista es contar la realidad en forma de noticias. El productor debe hacer su trabajo de modo sustentable y eficiente. El periodista debe hacerlo de modo profesional y equilibrado. Son dos oficios muy diferentes, aunque a veces pareciera que se confunden los roles.

El periodista agropecuario no debe saber como un ingeniero agrónomo ni nada por el estilo, porque producir no es su tarea. Debe tener un conocimiento básico para entender la historia que tiene que contar, pero no está obligado a memorizar ni densidades de siembra ni principios activos ni nombres de semillas. Su oficio es escribir, no obtener buenos rindes. Son los productores los que deben contarle cómo se hacen las cosas en el campo.

Hay periodistas agropecuarios que han incursionaron en la actividad productiva, pero son muchos más los casos de fracasos que de éxitos. También hay productores que en algún momento pasaron por el periodismo. Pero la mayoría se cansó al descubrir que era mucho más sencillo y rentable producir soja que escribir una crónica sobre la pelea de las barras de Flandria y Almagro, 60 líneas y que no falte nada.

El periodista agropecuario no debe ser especialista en agronomía ni el productor tiene por qué saber escribir una noticia. Hay algunos periodistas agropecuarios que aparentan saber más de agronomía que los profesionales del propio sector, pero eso suele ser solo porque quieren impresionar a sus audiencias y sobre todo a sus anunciantes.

El mejor mérito de un periodista nunca es tener un gran conocimiento sobre algo sino contar con la capacidad de identificar a la gente que sí sabe, escucharla, entender los escenarios y construir una historia con todo eso que no le pertenece. Mucho más se necesita de ese don cuando hay conflicto en torno a una noticia, y más de una posición en pugna. En ese caso se requiere además de mucho equilibrio.

La inmensa mayoría de los periodistas agropecuarios no tiene más que un par de macetas en el balcón, pero no necesita tenerlas: no producimos, hacemos otra cosa. Eso no es malo sino muy bueno: que haya periodistas profesionales cubriendo lo que sucede en el agro le aporta a la construcción de las noticias que involucran al sector un muy sano equilibrio.

Ya hemos logrado formar un par de generaciones de periodistas agropecuarios que trabajan en los principales medios de difusión y que no son ni ingenieros agrónomos ni hijos de productores ni gente vinculada al sector ni a sus negocios: son simplemente periodistas. Ahora, quienes pensamos que esto es bueno estamos enfocados en otra batalla, que es conseguir mejores ubicaciones para hacer nuestro periodismo especializado, lo que implica salir de los espacios marginales, para intervenir más y mejor en la construcción de la agenda informativa.

A la inversa de este proceso de profesionalización del periodismo agropecuaria, en los últimos tiempos suele suceder que muchos productores se ponen a difundir noticias, a escribir y hasta a cuestionar a los periodistas. Muchos lo hacen cotidianamente en las redes sociales, porque para eso sirven estas nuevas plataformas, que sin duda son más democráticas y horizontales que los medios de comunicación tradicionales.

El hecho de que algunos productores y agrónomos escriban profusamente en las redes no los convierte en periodistas. Están muy lejos de serlo. Las redes son más bien propaladoras, que esparcen la información y el conocimiento (también la desinformación y el desconocimiento). Pero esa difusión está muy lejos de reemplazar el periodismo, que como ya se dijo es un oficio que tienen sus propias reglas y sus secretos, como la agronomía tiene los suyos.

La mejor evidencia de que los productores que escriben en las redes jamás podrán reemplazar a los periodistas es justamente su falta de conocimiento del oficio, lo cual es muy sano porque ellos son productores y saben hacer otra cosa. En muy raras ocasiones escriben manteniendo el sano equilibro al que debe tender el periodismo. Casi nunca, mejor dicho, escriben desde afuera de la noticia. Más bien, suelen considerarse ellos mismos como parte de la noticia. Sus ideas, sus vivencias, sus problemas y sus rencores lo son. Ellos forman parte. No logran casi nunca guardar la distancia recomendable.

La mayor parte de los productores de este país son acosados de mal modo y tienen derecho a sentirse mal. El agro -y sobre todo los productores- en la Argentina hace rato que es una minoría, el hijo bobo al que es muy fácil someter, la Cenicienta. Sufre el éxodo rural, la falta de reglas estables, la alta presión impositiva, el prejuicio histórico, la sospecha ambiental y muchas otras desgracias. Lo sabemos los periodistas porque continuamente entrevistamos a productores que nos cuentan esas y otras penurias.

Como perros apaleados desde chicos, cuando pueden expresarse algunos productores lo hacen con grandes dosis de bronca y de impotencia. Es lo que deja traslucir de modo permanente la población de productores y técnicos que interviene en las redes.

 

 

Las redes sociales y en especial Twitter , que se enfoca más en la agenda noticiosa y política, representan un terreno fértil a esas semillas de rencor y resentimiento conque razonablemente carga el sector productivo en un país que suele darle la espalda y lo somete a un destrato cotidiano. Muchos integrantes de la comunidad agropecuaria solo difunden sus cosas y tratan de hacer visible esta realidad despareja. Pero muchos otros que se reconocen víctimas se abroquelan, y forman jauría.

Muchos productores sienten que como ellos están enojados, los periodistas especializados en cubrir el sector debemos estar tan enojados como ellos. Pero no siempre sucede así y tampoco tiene por qué pasar: ya se dijo que hacemos cosas diferentes y el enojo es además un muy mal consejero para hacer nuestro oficio. La soja no crece si solo la regamos con rabia. Tampoco florecen así las noticias.

Los periodistas solemos utilizar estas redes en las que muchos productores destilan su rabia con el objetivo primordial de divulgar el fruto de nuestro trabajo: las noticias. A partir de ese suceso, la difusión de una noticia, puede suceder que muchos productores expongan su bronca o desazón porque no les gusta lo que leen. No les gusta la noticia en una realidad que suele serles adversa. Están en su derecho de opinar, de putear y hasta de destilar odio. Derecho de lector. La noticia pasa a pertenecerles y las críticas forman parte de las reglas de juego.

Los perros suelen marcar territorio. En jauría lo hacen de modo más violento. Pero nadie ha establecido hasta acá que Twitter deba ser una gran perrera ni un territorio solo apto para polemizar, denigrar a los demás o insultar a quien piensa diferente. A todos se nos puede soltar la cadena alguna vez, pero la gran mayoría de los periodistas usamos este terreno para informar, simplemente porque creemos que esas noticias son útiles a muchos otros, incluyendo a una comunidad agropecuaria que suele estar dispersa.

La noticia agropecuaria hace rato que ni empieza ni termina con los productores, aunque varios de ellos se crean el centro mismo del universo. También, en el mundo contemporáneo, está muy cuestionada la idea de que sea más viril el que la tenga más grande, o que sea el más sabio quien acumula la mayor cantidad de datos. Los periodistas eso lo tenemos muy claro: Existe Google y si no se pregunta. Ignorar, dudar e investigar es la base de nuestro oficio.

Desde hace un buen tiempo la agenda del agro está condicionada por múltiples actores que tienen derecho a expresar sus opiniones tanto como los productores, y que de hecho lo hacen, comenzando por los consumidores, los reyes del mercado. Por eso está muy bien que las crónicas de los periodistas del agro incluyan de vez en cuando a las Soledad Barrutti y sus reparos sobre cómo se producen los alimentos.

El ambientalismo, mal que le pese a muchos y a pesar a veces de sus modos autoritarios, también es una voz a considerar. Cada vez más. Sobre todo ahora que el planeta se está calentando y nadie tiene muy claro por qué motivo. Es muy sano que el periodismo agropecuario incorpore entonces las voces de los Hernán Giardini advirtiendo sobre el desmonte y otras dimensiones del problema. Muchos modos de producción están en discusión en este nuevo escenario.

También están los Juan Grabois, que mal que nos pese nos recuerdan que vivimos en un país llenos de pobres. O los Nahuel Levaggi y su UTT, tratando de demostrar que la agroecología puede ser un camino hacia la “soberanía alimentaria”. Y hasta aquel periodista trasnochado que se hace un análisis de sangre en busca de glifosato.

Pero sobre todo hay en el país, y dentro del propio sector productivo, cientos de agrónomos y de emprendedores que creen que hay modos diferentes de producir y están haciendo ensayos. No sabemos si tienen razón. Pero no podemos invisibilizarlos. No sería de buenos periodistas hacerlo.

Negar estas voces sería construir una noticia incompleta. Repetir únicamente los argumentos de quienes los descalifican como interlocutores válidos, de quienes los impugnan solo por pensar diferente, sería construir una crónica con un parche en el ojo, traicionar nuestro oficio. Hacer un periodismo de mierda. Como la soja RR, en el buen periodismo necesita combinar distintos genes en la búsqueda del equilibrio.

Los periodistas agropecuarios sabemos que no siempre tienen razón estas voces disonantes. Lo tenemos clarísimo. Sabemos además que hay gran dosis de injusticia y de interés en la demonización de la producción agropecuaria convencional que muchos de estas nuevas fuentes pregonan. Pero no por injusta o dolorosa la noticia no debiera ser contada. Una guerra es una guerra. Una polémica es una polémica. Que puedan llegar a existir dos bandos no obliga a los periodistas a tener que optar por uno de ellos. Todo lo contrario, enfatiza en la necesidad de tomar distancia. A lo sumo seremos cronistas de guerra. Los agropecuarios estamos lamentablemente muy acostumbrados a serlo.

Quizás estas confusiones acumuladas sean la razón para este tan largo escrito. No hay corporativismo, pero sí una defensa de nuestro oficio. No hay mucho periodista que se crea productor, pero sí hay cada vez más productores que creen que pueden ocupar los roles del periodismo. No hay mucho periodista que quiera enrolarse en el ejército, pero sí cada vez más productores que pretenden que los periodistas solo usen sus armas y batallen únicamente en defensa de sus intereses. Pero no es eso lo que nosotros hacemos. Ni producimos soja, ni somos soldados de ejército ajeno.

Los periodistas agropecuarios no solemos tomar a un productor individual como objetivo de nuestras broncas ni lo exponemos graciosamente ante nuestros lectores. Quizás lo hagamos con algún político o algún dirigente que ha decidido asumir cierto grado de responsabilidad y de exposición. Pero no solemos elegir un blanco para descargar nuestra andanada de bronca.

En cambio, suele suceder últimamente que algunos productores parecen divertirse exponiendo a los periodistas (a los que desertan de sus filas, claro). Y lo hacen frente a su propia jauría. Los perros se ponen felices al despellejarnos. Mueven la cola al grito de “comunistas”, nos espetan ignorar de lo que hablamos (recuerdo que la ignorancia es la base de nuestro oficio), nos acusan de recibir “sobres” y de actuar condicionados por extraños poderes ocultos. Todo tipo de afrentas soportamos de esa plebe incendiaria, que en general se escuda en el anonimato que se permite en las redes.

La más insólita agresión, pues surge de un pensamiento perverso, la pudimos leer días atrás: Un productor muy reconocido por sus pares (con muchos seguidores hay que decir ahora) afirmó que los periodistas éramos responsables de las desgracias de su sector por haberle dado micrófono a los Grabois o a las Barruti. Según ese razonamiento, la responsabilidad de que al agro le vaya bien o mal no era culpa ni de los políticos, ni los dirigentes rurales, ni del propio sector, ni de los chinos, e incluso tampoco la era de los propios detractores del modelo de producción. Éramos nosotros los que le hacíamos daño aplicando la primera premisa de nuestro oficio, tratar de ser ecuánimes haciendo del modo más plural posible nuestro trabajo.

Son, entendemos, solo mordiscones de perro rabioso contra los cuales por suerte se ha inventado una buena vacuna desde hace rato. Lo mejor será ignorarlos.

Aunque aquí subsiste un problema algo mayor que el de un simple bull dog embravecido por la fuerte presión impositiva sobre su renta, que parece ser el único tema que lo desvela. Y es este pequeño problema el que justifica tan largo texto.

Los productores se dedican a producir; los periodistas a escribir noticias. Suele suceder que unos disponen de un capital importante, ya sea en campos propios o en maquinaria o en cabezas de ganado, y hasta corresponde que se los considere como empresarios.

Los otros son o simples empleados rasos o emprendedores que pocas veces disponen de muchos bienes más allá de un celular y una computadora. Parece trillada la frase, pero no deja de ser real: el mayor capital que tiene un periodista es su credibilidad. Muchas veces depende solo de ella para poder seguir trabajando.

¿De qué le sirve a algunos productores denigrar a quienes debieran ser sus aliados para construir una información equilibrada sobre el sector? ¿Cuál es el regocijo de esmerilar el crédito de los periodistas agropecuarios? ¿Qué extraño placer encuentran en calificarlos de “ensobrados” y “zurdos”, o en tratarlos de “ignorantes”? ¿En serio creen que deberíamos saber de todo? ¿En serio creen no estar jamás equivocados?

¿Por qué no aceptar que pueden existir otros puntos de vista? ¿Es un buen camino el de la confrontación? ¿No terminan construyendo una imagen demasiada hostil y perjudicando al resto de su sector?

No sé cuándo fue que sucedió que hacer bien el oficio de periodista agropecuario se transformó en una molestia para algunos productores. Quizás fue culpa nuestra que nos desviamos del oficio, pero no creo. Yo presiento con honestidad que el problema esta vez lo tienen los productores, dentro de sus propias filas. Por eso lo escribo.

Los productores se dedican a producir alimentos. Los periodistas a contar noticias. Para jugar a la guerra, mejor no convocar a ninguno de ellos.

Fuente: BICHOS DE CAMPO

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