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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoPobreza en la argentina, nada de que alegrarse
17/dic/2017

Y los argentinos, siguiendo con la manía de aplicar el recauchutaje como ciencia, en lugar de usar la inteligencia al servicio de cómo solucionar esta maldita ignominia que aqueja al país, agrandan la grieta ideológica en forma exasperante sin atisbo de menguar problema tan denigrante, o cuando menos tratar de discutir alguna solución mejoradora que la seriedad requiere.

Por: Dr. Ruben Emilio García

Desde la cátedra de Patología Comparada y Salud Pública, creada a mediados de los 50 por el extinto Académico Veterinario Profesor Dr. Horacio Fermín Mayer, se inculcaba a los alumnos la importancia de la estadística. Su par y discípulo, Profesor Dr. Gabriel Marder, escribió todo un tratado. Es la ciencia que utilizando a la matemática como instrumento y valiéndose de cálculo de probabilidades, reflexiona sobre las leyes de comportamiento de los fenómenos sujetos al azar. En tal sentido es la cuantificación de los fenómenos.

La estadística está presente en muchos actos de nuestras vidas y que a menudo practicamos sin saberlo, por ejemplo, cuando efectuamos una distribución de nuestro salario y destinamos cierto porcentaje para adquisición de ropas, comestibles, trasportes y otros rubros, es una manera de aplicar cálculos estadísticos.

Hace 4000 años los chinos efectuaban estadísticas contando los cultivos y comparando las producciones año tras años. Moisés, 1250 años antes de Cristo, efectuó un censo para conocer el número de hombres fuertes y con capacidad en usar armas de combate; hoy se sabe que los romanos efectuaron el primer censo general conocido. La lógica interpreta que un país carente de toda estadística permanece ciego de su realidad. Y la realidad es la única verdad, célebre frase de Aristóteles acuñada míticamente por Perón.

En nuestro país, después de 32 años de la democracia reconquistada, el UNICEF revela una realidad que estaba en la nebulosa: el 30% de los chicos argentinos son pobres. (3 de cada 10), coincidente con los números que da la UCA (Universidad Católica Argentina, la universidad del Papa Francisco). La cifra estremece, pues son 4 millones de seres humanos entre recién nacidos y los 17 años de edad que sufren esta despiadada humillación. No es todo, un millón y medio de ellos no recibe la Asignación Universal, y sus padres, el lumpen de los marginados sociales, se debaten entre el límite de conseguir trabajo o delinquir.

Este real presente, es una vergüenza en el país de las vacas y los cereales que supo alguna vez ser considerado el granero del mundo. Y al revés de la trama, algunos se jactan de que producimos alimentos para abastecer a más de trescientos millones de habitantes. Entonces ¿Dónde está la distribución equitativa de los medios de producción, por lo menos en el rubro de alimentos?

Y los argentinos, siguiendo con la manía de aplicar el recauchutaje como ciencia, en lugar de usar la inteligencia al servicio de cómo solucionar esta maldita ignominia que aqueja al país, agrandan la grieta ideológica en forma exasperante sin atisbo de menguar problema tan denigrante, o cuando menos tratar de discutir alguna solución mejoradora que la seriedad requiere. Al contrario, hay políticos en la fauna política, que sin importarles el sufrimiento de los otros ya están pensando alegremente en las próximas elecciones haciendo cálculos de probabilidades.

Así nos va, pues nadie asume yerros ni autocrítica, ni tan siquiera mea culpa o tipo alguno de catarsis responsable, continuando todo igual en ambiente de inimputables donde asistimos boquiabierto que eximios retóricos de la farsa se animan a exhibir pensamiento soberbio: “Hemos gobernado bien, o estamos gobernando bien”.

El requisito indispensable de la hora es parar la pelota, hacer anamnesis y asumir que se está mal en nuestra Argentina, muy mal; en consecuencia priorizar la solución urgente de la alimentación de millones de hermanos hambreados mediante el diálogo de la clase política. Tener presente que la lucha para efectivizar el comienzo del eslogan del hambre cero, a años luz de distancia, debe darse en todo ámbito que corresponda: nacional, provincial y municipal, y no quedarse en la trivial retórica de los sofistas de siempre, cardumen que atesta los medios televisivos.

En cuanto a los sofistas, Sócrates coincidía únicamente en que a la juventud había que educarla, pero señalaba que no debía reducirse a una formación brillante y superficial con vistas de triunfos oratorios y políticos que ellos ponderaban. Al contrario, orientaba su dialéctica hacia la razón del bien, de la justicia ecuánime y de la virtud para formar buenos ciudadanos y gobernantes honorables. Así contrastaba con la especulación y venalidad de aquellos que trataban de conseguir medios para triunfar en los negocios del Estado. Y a estos sujetos los definía de corruptos en cuerpo y alma, porque la corrupción mata como ningún otro flagelo social tal cual las enfermedades aguda y crónica. Aguda, debido a los tantos accidentes por falta de inversión y desvíos de fondos públicos en bóvedas extrañas. Y crónica, por la muerte lenta generada por la extrema pobreza y la hambruna.

Cuando Raúl Alfonsín asume la Presidencia del país en diciembre de 1983, la desocupación de entonces alcanzaba al 3,9% de la población económicamente activa, la tasa más baja de los últimos 30 y pico de años. Sin embargo, el legado que dejó el gobierno de facto en materia económica y social fue de tal degradación que aún no se ha podido revertir en esta democracia que supimos conseguir. Por el contrario, la indignidad fue en aumento hasta llegar a las cifras que espantan a diciembre de 2017 con el sinceramiento del nuevo INDEC que antes se mentía: 31,4% de los argentinos vive actualmente en situación de pobreza, son 13,5 millones de personas. Y el dato más aterrador revela que el 48% de la población que vive bajo la línea de pobreza son niños de entre 0 y 14 años de edad.

De esta manera la pobreza en Argentina como dice el tango “es una herida abierta”… y por ello, nada de que alegrarse.

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