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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoEl día que Juan Grabois terminó reclamando por lo mismo que las grandes agroexportadoras
24/jul/2022

Por: Matías Longoni

 

“¿Por qué se tolera que haya miles de silobolsas tiradas en las estancias pujando por una devaluación mientras el Pueblo pasa hambre? ¿La presión por ganar más es legítima y la presión por sufrir menos es ilegítima?” Eso fue lo que preguntó Juan Grabois, el combativo dirigente social ligado al kirchnerismo y al Papa Francisco, abonando la hipótesis que un rato antes había lanzado el mismísimo presidente Alberto Fernández: que los productores agropecuarios retienen a propósito sus granos para presionar a una devaluación del peso y de ese modo volverse más ricos y miserables.

No es nada nuevo que Grabois demonice al campo. Como la mayoría de los progres citadinos, lo viene haciendo desde hace rato. Y exacerbó sus criticas desde que apoyó públicamente la toma por parte de un grupo de sus militantes de la estancia de los hermanos Etchevehere en Entre Ríos, episodio que terminó cuando la justicia intervino y ordenó el desalojo. En aquella experiencia revolucionaria, los activistas del Proyecto Artigas tajearon unos surcos sobre el verde césped para armar allí una huerta agroecológica. Luego se sacaron fotos en el lugar y las difundieron profusamente. Según los entendidos en horticultura, lo único que allí habían cultivado eran unos plantines de perejil.

El perejil, a diferencia de la soja, no cotiza en dólares, porque no hay un mercado de referencia para esa especie, que algunas verdulerías incluso todavía regalan de a pequeños puñados. La soja, en cambio, se transa de a cientos de millones de toneladas en la Bolsa de Chicago y por eso tiene un valor internacional. La Argentina toma ese valor y le aplica las retenciones del 33%, por lo cual ya reduce ese precio internacional, lo desacopla, hasta un 67%. La retención la pagan las grandes exportadoras agrícolas, de las cuales algunas son nacionales -como Molinos o AGD- pero sobre todo extranjeras, como Cargill, Cofco, ADM o Bunge. Luego, antes o después, estas empresas recuperan el tributo aplicando un descuento semejante a los productores.

Los productores argentinos de soja, que son unos 50.000 de todo tipo y tamaño, cosechan unos 44 millones de toneladas de soja (según la última estimación oficial), que venden irremediablemente (ya sea de modo directo o a través de acopios o cooperativas) a ese grupo de agroexportadoras, ya que el 95% de la soja se exporta y muy poca se utiliza aquí. En ese cambio de manos, estas empresas, agrupadas en una cámara llamada Ciara-CEC, les efectúan el descuento del 33% pero además les pagan el monto restante (el 67%) en pesos al tipo de cambio oficial de ese día, según el Banco Nación.

Esto no responde a una decisión privada de vendedores o compradores, sino que es una imposición del Banco Central vigente más o menos desde la crisis de 2001/02, cuando se terminó la convertibilidad y se reimplantaron las retenciones. De la misma época proviene una segunda exigencia oficial, que obliga a las cerealeras a cambiar los dólares obtenidos por sus ventas en el exterior en el Mercado Único Libre de Cambios. Ellas “liquidan” sus dólares allí y el BCRA se los cambia por pesos al tipo de cambio oficial de 136 pesos. Con esos billetes hechos en Argentina es que pagan por la soja de los productores.

Las agroexportadoras -que entonces traen sus dólares, lo canjean por pesos en el Banco Central y con ellos les pagan a los productores de soja-, suelen necesitar comprar ese grano durante todo el año, porque hay mucha demanda internacional (China solita importa dos veces la cosecha argentina), y porque la mayoría de ellas ha construido enormes plantas de molienda del poroto, que extraen el aceite y la harina de ese proceso. La soja no es como el perejil, que tiene pocos usos industriales.

La industria aceitera que muele soja tiene una capacidad instalada para triturar unos 65/70 millones de toneladas por año, muy por encima de la oferta actual de 44 millones, que fue retrocediendo justamente en la medida en que el gobierno incrementaba la presión fiscal sobre el cultivo por vía de las retenciones. En algún momento la cosecha pintaba para 60 millones, pero ahora bajó a 45. Esto implica decir que en la industria aceitera hay una capacidad ociosa enorme, que no logra ser colmada. Por eso muchas veces las grandes compañías globales traen soja de Paraguay y Bolivia, para calmar la sed de esas fábricas. Hasta de Estados Unidos importaron soja en 2018, cuando sucedía aquí una importante sequía.

Aunque no sean muchas, las agroexportadoras siempre se apuran a comprar la soja básicamente por esa razón, porque si no consiguen la suficiente cantidad del poroto tendrían que parar sus gigantescas fábricas y demorar su programa de embarques. Por eso suelen competir a destajo por la soja disponible. Tratan de tentar en todo momento a los productores para que se desprendan más rápido de sus granos.

Los productores a veces les hacen caso y otras veces no. Por ejemplo, este año no le hicieron demasiado caso cuando hace un par de meses los analistas (muchas veces aceitados por las propias aceiteras) les sugerían vender rápido su cosecha, porque el precio internacional de la soja había superado los 600 dólares en Chicago por tercera vez en la historia y podían sobrevenir algunas bajas. Ahora la soja cotiza cerca de los 530 dólares y muchos productores que no hicieron caso se empomaron y perdieron plata por no vender a tiempo. Mucha plata perdieron.

Los productores que se empacaron y no vendieron no lo hicieron solamente porque sean unos especuladores que pensaron que el precios seguiría subiendo hasta el infinito y más allá, cosa que finalmente no sucedió. Los chacareros son seres más bien pragmáticos. La mayoría suele vender al principio de la cosecha solo una parte de la soja, para poder pagar así los gastos (muchos planes canje de insumos por granos) de la campaña anterior. Pero a la vez guarda toda la soja que pueda pensando en la campaña por venir. La soja en la Argentina se cosecha entre abril y junio. Y se siembra nuevamente a partir de setiembre y octubre.

En ese bache de pocos meses la mayoría de los productores guarda su soja para afrontar los gastos de la nueva siembra. Este es un dato no siempre conocido por los cultores del perejil, es poco tenido en cuenta. Porque es cierto que la soja con sus elevados precios actuales inyecta 25 mil millones de dólares a la economía cada año, pero no menos cierto es que no todo es ganancia como suponen algunos, ya que para producir esa misma soja se necesitan enterrar por lo menos unos 15.000 millones de dólares. Y eso sin contar el valor de los alquileres de los campos que paga la mayoría.

Este proceso convierte a los productores en conservadores: cuidan el mango. Es lo que está sucediendo justo ahora, y quizás un poco más que en otros años: en 2022 hay que ser un poco más precavido porque con esto de la guerra en Ucrania se han alterado bastante los precios de los combustibles, de los agroquímicos y de los fertilizantes, tres insumos claves que los productores de soja van a necesitar cuando empiece la nueva temporada de siembra. Los tres, además, cotizan en dólares.

Sería casi suicida para los chacareros vender su soja y cobrarla en pesos a valor oficial, guardar esos pesos en el colchón hasta el momento de la siembra e ir a comprar ciertos insumos dolarizados dentro de tres meses. Sería suicida, primero que nada, porque este país tiene una inflación cercana al 70% anual. Si lo hicieran, el poder de compra de su grano se diluiría muy rápidamente. Si antes necesitaban dos kilos de soja para comprar un litro de gasoil, ahora necesitarán del doble.

La incertidumbre cambiaria también ayuda, en rigor de verdad, a que los productores de soja, no de perejil, hayan ralentizado sus ventas estos meses. Nadie sabe si la soja que hoy se cambia a dólares de 136 pesos mañana se podría trocar por dólares que valgan quizás el doble de eso, al valor del blue o más. Si no siguieran este razonamiento los productores no pecarían solo de suicidas. Serían directamente unos pelotudos.

Es cierto, entonces, lo que ha dicho el presidente Alberto Fernández y lo que ha repetido ahora el indolente Grabois, que no ha llegado a amenazar con saquear los silobolsa simplemente porque no sabría qué hacer con tanta soja. Es cierto que hay un retraso en las ventas por parte de los productores. Ellos, en el gobierno, lo atribuyen a la codicia y a la maldad innata en el sector, pero la verdad es que mientras no haya obligación no hay razones para vender.

De todos modos, no es un atraso considerable ni exagerado respecto de los promedios históricos. Los datos oficiales (del gobierno de Alberto y de Grabois) indican que al 13 de julio ya se han vendido más de 20 millones de toneladas (en pocos meses desde la cosecha) y que lo que queda por comercializar son 24 millones (cuando faltan por lo menos nueve meses para la próxima cosecha, que será también el próximo ingreso para esos productores). Todo esto sobre un cálculo oficial de cosecha de 44 millones de toneladas.

Pero a diferencia de otros años ahora hay una preocupación especial de los productores de perejil ante esta situación. Es que, así como a las agroexportadoras les falta soja para moler, a los del gobierno les faltan dólares para seguir sosteniendo un esquema cambiario que hace agua por todos lados, y cuyo posible naufragio inminente queda expuesto en la enorme brecha entre los distintos tipos de cambio que existen. Si el dólar oficial está en 136, el paralelo está cerca de 300 pesos o arriba de eso.

Alberto no podría cerrar esa brecha, o al menos no aumentarla, sin una decidida intervención del Banco Central. Por eso acudió pidiendo el socorro de los agroexportadores, como hicieron los gobiernos en muchas otras ocasiones. Pero estos le contestaron desde Ciara-CEC que no podían liquidar mayor cantidad de divisas si no tenían más soja para comprar.

Punto en común. Las agroexportadoras se quejan ahora de que los productores no están vendiendo todo lo rápido que querrían, para llenar sus propios silos y reducir la capacidad ociosa de sus fábricas. Los gobernantes hacen lo mismo, pero es para llenar el mercado del dólar oficial y darle mayor poder de fuego al Banco Central.

Gustavo Idígoras, el hábil presidente de Ciara-CEC, sugirió en público que una estrategia para tentar a los productores a vender sería bajar temporalmente las retenciones, de modo de mejorarles el precio por vía de la devolución de algunos de los 33 puntos porcentuales que hoy les quitan. Obvio que la propuesta no prosperó en un gobierno necesitado también de recaudar (y vaya que recauda por la soja), pero sirvió para alumbrar otras ideas alocadas en el oficialismo, que rápidamente serían desmentidas, como la creación de un tipo de cambio especial para la agroexportación.

Pueden ensayar muchísimas cosas. Pero los chacareros no van a vender mientras no les haga falta. Y mientras más incertidumbre halla, menos ganas de vender tendrán. No les cierra. Sería de suicidas y de pelotudos hacerlo.

Por eso hasta resulta simpático advertir que finalmente Grabois, que en los últimos días se reunió con Gustavo Grobocopatel, el “rey de la soja”, esté clamando para que los chacareros vendan sus cosechas. Es lo mismo que piden las grandes agroexportadoras, que ideológicamente estarían en sus antípodas y a las que luego despotricará cuando le resulte conveniente hacerlo. O cuando se lo ordenen.

Fuente: BICHOS DE CAMPO

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