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Remembranzas Históricas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoArturo Illia: Un presidente eficaz
21/ene/2022

Hace 39 años fallecía del Presidente radical cuando el país se encaminaba hacia la recuperación de la democracia en 1983

Por: Leandro Pablo Vivo


Hace 39 años, fallecía Arturo Umberto Illia, a quien historiadores y aquella generación de la ciudadanía que lo vio ejercer la función pública, quizás tardíamente lo reconocieron como un político y un Presidente que, además de ser austero y honesto en el ejercicio de la función pública, cualidades que el presente aparecen como excepcionales y debieran ser naturales en aquel que desempeña un cargo en el Estado, llevo adelante una gestión de gobierno cuya eficacia resulta indiscutible.

Illia falleció el 18 de enero de 1983, casi 9 meses antes su correligionario y amigo, Raúl Alfonsín, en las elecciones del 30 de octubre de ese año, fuese consagrado por el voto popular Presidente electo. Aquel hombre, el “Gran Repúblico” no vio cristalizada la reinstauración de la democracia en el país tras la última dictadura, pero su prédica en pos de esa epopeya fue vital. Sus exequias, fueron un tributo a su figura en medio de una multitudinaria marcha ciudadana –no sólo de radicales- que acompañó sus restos por las calles porteñas desde el Congreso de la Nación hasta el cementerio de La Recoleta que fue una de las últimas manifestaciones de condena al régimen castrense que iniciaba la retirada del poder.

La figura de Illia, sin perjuicio de que el país se paralizó ante su muerte, adquiere significación en el actual escenario político e institucional de la Argentina, en el que aparece claramente cuestionada la honradez en los procederes y la eficacia en la gestión en los más altos niveles en el ejercicio de la función pública. Ese político, radical, no sólo fue austero y honesto, sino que su gobierno fue eficiente en la administración del Estado y debió soportar un orquestado y ominoso plan de acción de poderosos factores de poder de la época que no cejaron en su propósito de “tumbarlo” y que se gestó casi el mismo momento en que fue envestido como Presidente.

Illia asumió el 12 de octubre de 1963 tras los comicios generales celebrados el 7 de julio de ese año –la elección del Presidente y Vicepresidentes era entonces por vía indirecta a través del Colegio Electoral de acuerdo a lo establecido por la Constitución Nacional- por lo que la Asamblea Legislativa reunida en el Congreso proclamó oficialmente, el 12 de agosto, la victoria de la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) Arturo Illia-Carlos Perette

Exactamente 60 días después, el Presidente Illia ocupó el Sillón de Rivadavia del que fue desalojado por los “salteadores nocturnos” –como él mismo bautizó a los militares que lo cercaron en su despacho de la Casa de Gobierno- el 28 de junio de 1966 al consumar el golpe de Estado a aquel gobierno constitucional.

La caracterización de Illia y de su gestión del gobierno -incluso hasta el proceso de las elecciones en las que se consagró Presidente- ha estado teñida de un sinfín de argumentos falaces que se han pretendido instalar en la memoria colectiva de la sociedad que, sin embargo, quedan rebatidos por investigaciones de enorme valía que reflejan, además, irrebatibles datos estadísticos que derriban mitos y ponen, al menos, cierto halo de claridad en la realidad histórica.

Entre otros tan aviesos argumentos, para justificar el derrocamiento de Illia, se adujo durante algo más de medio siglo -de manera pertinaz- a una inexistente debilidad política de origen de su gobierno –la proscripción del peronismo en los comicios de 1963 fue enarbolada como razón central de ese supuesto- tanto como una supuesta lentitud de ese Presidente al momento de la adopción de decisiones en el manejo de la administración pública; la sanción a casi un año después de su asunción de la Ley de Medicamentos –recordada como la “Ley Oñativia” por tener como precursor al ministro de Salud, Arturo Oñativia- o bien la anulación de los leoninos contratos petroleros que había firmado durante su gestión el Presidente, Arturo Frondizi.

¿Dónde estaba la debilidad política de origen?

La falacia de que el voto “en blanco” superó a los obtenidos por la fórmula Illia- Perette.

Las elecciones del 7 de julio de 1963 se realizaron desarrolló bajo la vigencia de la Constitución de 1853 por lo que la designación del Presidente y Vicepresidente fue de manera indirecta, es decir, a través de los Colegios Electorales. Los datos del escrutinio oficial otorgó al binomio Illia-Perette 2.441.064 votos (25,15%), lo que significaban 169 electorales. El voto en blanco sumó 1.884.435 (19,42 %). Tanto se repitió que esos guarismos habían superado a los obtenidos por el binomio radical que quedó como un dato cierto en la memoria colectiva de la sociedad, pero hace ya tiempo que quedó comprobado que se trató de una falacia que, de todos modos, se agito en aquella época en desmedro de la representatividad de quien resultaría electo como Presidente de la Nación.

En tanto la UCRI (Oscar Alende-Celestino Gelsi) logró 1.593 002 (16,40 %), lo que representaba 109 electores. La fórmula de la denominada Unión del Pueblo Argentino (UDELPA), que llevó como candidatos a Pedro Eugenio Aramburu-Arturo Echevere obtuvo 728.662 sufragios (7,50 %), 42 electores. Aramburu también fue postulado por el Partido Demócrata Progresista y fue escoltado por Horacio Thedy reunió 633.934 votos (6,52 %), 32 electores; el PDC de Horacio Sueldo-Francisco Cerro, 434.823 votos (4,47%), 23 electores; el PSA con Alfredo Palacios-Ramón I. Soria 278.856 sufragios (2,9%), 12 electores y el PSD, Alfredo Orgaz-Rodolfo Fitte 258.787 votos (2,7%), 10 electores.

Con esos resultados, la fórmula Illia-Perette requeriría del apoyo de otras fuerzas políticas en virtud de que, si bien había triunfado, no contaba con el número de, al menos 239 votos electores, para resultar electa. El 31 de julio sesionaron en cada uno de los 23 distritos los respectivos colegios electorales. Illia envió hacia dentro de su partido y, por ende, al resto de las fuerzas políticas “todo un mensaje”, al manifestar que no haría concesiones en pos de recibir los apoyos necesarios y alcanzar esos, al menos, 239 electores indispensables para convertirse junto a Perette en Presidente y Vice. La UCRP obtuvo el respaldo de la Federación de Partidos de Centro; de la Confederación de Partidos Provinciales y de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista Democrático que otorgaron en conjunto 89 electores. Cuando se convirtió en Presidente, Illia cumplió con la palabra empeñada durante la campaña electoral como candidato de la UCRP y levantó la proscripción del peronismo que –no es ocioso recordarlo- había sido dispuesta por la dictadura que había derrocado al gobierno de Frondizi. El peronismo, como “Partido Unión Popular” ganó en los comicios de renovación parcial de la Cámara de Diputados celebradas el 14 de marzo de 1965.

No podría compararse el escenario geopolítico actual con el que imperaba cuando Illia ejercía como Presidente así como tampoco podría tranzarse parangón alguno entre las circunstancias que atravesaban el país en ese momento y las actuales. Sin embargo, esa Argentina de perfil básicamente agro-industrial de la década del ’60 experimentó durante la gestión del gobierno de Illia un significativo avance en la actividad de la industria manufacturera, que representaba por entonces la tercera parte del PBI (la producción agropecuaria era un sexto) con un aumento de las exportaciones de 1.200 millones de dólares en 1962 a 1.500 millones en 1965, con un récord de 887 millones en el primer semestre de 1966. Las cifras reflejan que no se trataba de una administración ineficaz ni lenta.

Aún sin entrar en comparaciones, en el actual tiempo de la Argentina, en el que en los niveles más altos de la política y la economía el debate está dominado por la negociación del gobierno con el Fondo Monetario Internacional, aparece un dato en el que poco se repara del gobierno de Illia. Fue durante su gestión en la que la deuda del país se redujo de 3.390 millones de dólares en 1963 a 2.650 millones en 1965 sin que, para cumplir esa meta, se apelara a las reservas de oro y divisas del Banco Central de la República Argentina como tampoco al endeudamiento externo y, a la vez, se materializó un saneamiento del Presupuesto Nacional que permitió dejar atrás la corrosión que generaba un déficit del 50% del gasto total y equilibrar las cuentas públicas para restañar el atraso en el pago de sueldos del sector público.

Dos décadas después

Cuando gobernar bien no fue suficiente.

Casi dos décadas después del derrocamiento del gobierno de Illia, en el Capítulo I del libro La Cuestión Argentina , de autoría de Raúl Alfonsín, bajo el título Cuando gobernar bien no fue suficiente , el líder radical trazaba una reflexión sobre aquella realidad del país, bajo la dictadura entronizada en el poder desde el 24 de marzo de 1976 y advertía que aquel escenario tenía como antecedente lo ocurrido a partir del golpe de Estado de 1966 . Alfonsín escribía desde esas páginas:

“Sin querer explicar todo por un hecho, no resumir la historia en un momento, hay antecedentes de nuestra situación actual que es necesario mencionar. En ese sentido, el año 1966 constituye el punto de partida para el análisis de la actualidad. ¿Qué había sucedido en el país durante la gestión del Dr. Illia? ¿Qué motivos invocaron las Fuerzas Armadas para interrumpir el proceso constitucional en junio de 1966? ¿Cómo llegó a estar el país en 1973, después de seis años de intervención militar? Luego de los quince meses de interinato cívico-militar que habían sucedido al derrocamiento del Dr. Frondizi, el 7 de julio de 1963, nuestro país llagaba a las elecciones. Votaríamos, pero con la proscripción del peronismo que, destituido del poder hacía ocho años, se había convertido en el fantasma electoral de la política argentina. Quienes decidían entonces lo permitido y lo prohibido, habían optado por negar su existencia por la fácil vía de su proscripción electoral. Todavía era aquélla la época en que se sancionaba la mera mención del nombre de Perón en los medios de comunicación. En el transcurso de la campaña electoral, el radicalismo reclamó, tal como una vez en el gobierno lo pusiera en práctica, la eliminación de las proscripciones políticas. Triunfante en las elecciones, la UCR accedió al gobierno el 12 de octubre de 1963. Gobernaría 33 meses, hasta el 28 de junio de 1966.

Ese día las Fuerzas Armadas desplazaron al Dr. Illia del poder, para iniciar el proceso que se denominó a sí mismo la “Revolución Argentina”.

¿Qué habían hecho estos civiles durante 33 meses, cuán mal habían administrado los negocios públicos para que las Fuerzas Armadas tomaran la grave decisión de interrumpir el orden constitucional? No vamos a hacer un análisis pormenorizado de ese período. No son los detalles los que nos interesan, sino el balance amplio, global, de aquellos años. ¿Se habían hecho tal mal las cosas como para interrumpir el orden constitucional? ¿Era ése el gobierno del inmovilismo al cual debía oponérsele una revolución modernizante? ¿Sabían los que destituyeron al Dr. Illia, militares y civiles, hacía qué futuro llegarían a conducir a la Nación?

Comencemos por lo más sencillo, los indicadores de la pretendida parálisis económica que habría sufrido el país. No es cuestión de abrumarnos con cifras, pero vale la pena recordar unas pocas, a partir de la información del Banco Central y el Instituto Nacional de Estadísticas y CENSOS. Así, el Producto Bruto Nacional en 1964 y 1965 había aumentado en 10,3% y 9,1% respectivamente. Dentro de ese excepcional crecimiento, el sector primario se había incrementado en 7% y 5,9%, y la industria –cuyo deterioro era para nuestros detractores el símbolo mismo del inmovilismo- había crecido en 18,9% y 13,8%. En 1965 las reservas se incrementaron en 139 millones de dólares, y en el período la deuda externa disminuyó en 740 millones de dólares sobre un valor inicial recibido en 1963 de 3.390 millones. El crecimiento de la economía no había sido echo a costa del pueblo: el salario real se incrementó en 7% en 1964 y en 5,1% en el año siguiente. Tampoco la tasa de desocupación señalaba la inminencia de una crisis económica, ya que si en el momento de asumir el gobierno era de 8,8%, en julio de 1966 ella se situaba en 5,2%. En cuanto a otro gran argumento, la inflación, había tenido una tasa mensual promedio de 1,74%, lo que contrasta con el 2,27% que correspondió a todo el período del gobierno militar siguiente”

¿Eran éstos los indicadores del inmovilismo? Por lo tanto, a falta de argumentos objetivos, comenzaron a crearse los rumores de ineficiencia y lentitud. La carencia de razones fue suplida por una gigantesca campaña de prensa.

Ya el 29 de abril de 1965, a sólo 18 meses de haber asumido el gobierno, el diario La Razón en primera plana a seis columnas titulaba: “Se advierten en el país algunos síntomas de inquietud pública” . Allí decía: “….A todos esto la situación económica del país dista de ser brillante, y las gestiones en el exterior para aliviarla no arrojan frutos ni tan rápidos ni tan jugosos como fuera de desear. Hay quienes creen que mientras no se resuelva el problema de las compañías petroleras el Gobierno no puede hacerse muchas ilusiones con la ayuda del exterior. Incluso hay quienes creen que Estados Unidos está detrás de las compañías petroleras. Y los que esto creen miran un poco azorados el desembarco de tropas norteamericanas en Santo Domingo. En suma, para mucha gente el panorama general del país no se ve envuelto en auras de primavera y no olvidemos que los inviernos parecen no sentarnos bien. Es evidente que hace falta un estadista, por lo menos un conductor de la República Argentina. Illia tiene escenario y partitura” .

Y Alfonsín escribía entonces: “Así, ni una universidad floreciente, ni la ausencia de presos políticos, ni la plena libertad, ni el desarrollo espectacular de la economía alcanzaban. Se invocaría, nuevamente, la falta de solución al dilema del retorno del peronismo al poder; se diría de manera ambigua pero efectista, que el Gobierno carecía de visión para construir una Argentina poderosa. También muchos de los que después clamarían por el retorno a la democracia, conspiraban entonces activamente contra ella” .

¿Lo escrito por Alfonsín no alcanza?

Si la descripción de Alfonsín no bastara para derribar los falaces argumentos que esgrimió la llamada “Revolución Argentina” –la dictadura que se entronizó en el poder luego de derrocar al gobierno de Illia- podría recurrirse al testimonio publicado en el libro 30 Años de Historia Política argentina 1966 – 1995” del fallecido ex canciller del gobierno peronista del Presidente Carlos Menem. Por su extracción política se trata de una opinión que no podrá ser sospechada de parcial. Dice: “La revolución de esos años, sobre todo si se tiene en cuenta las condiciones que imperaban en 1963, no fue en modo alguno deficiente. Por el contrario, fueron años de bonanza y si se los analiza desde cierta perspectiva –teniendo en cuenta los años anteriores- parecen mejores todavía”. En esta misma publicación, -bajo el título “La Gestión de Illia”- se afirma: “Los indicadores económicos reafirmar esa tesis”, al aludir a las consideraciones de Di Tella. Y se añade: “Se produjo un aumento considerable en el Producto Bruto Interno, disminuyó la tasa de desempleo, a la par que aumentaba la participación de los sectores populares en la distribución del ingreso, mientras el balance comercial presenta una firme tendencia favorable”.

Pero si estos datos irrebatibles aún tampoco fuesen suficientes, podría repararse en otros de idéntica significación.

Fue el gobierno de Illia el que estableció a través de una ley el Salario Mínimo, Vital y Móvil y creo el llamado y del Consejo del Salario, como ámbito de discusión para fijar los haberes del sector público así como por idéntica vía dispuso la Ley de Medicamentos que estableció una política de precios y de control de éstos pero que, además, quebraba el estatus quo que imponían los laboratorios en ese plano. Esa administración radical fue la que produjo a nivel nacional el incremento en el presupuesto educativo que reconozca la historia argentina que pasó del 12% en 1963 al 17% en 1964 y al 23% en 1965. Pero, además, puso en marcha el Plan Nacional de Alfabetización con el propósito de disminuir drásticamente en el país el índice de analfabetismo que, de acuerdo al CENSO de 1960, era del 8,5% y, con apego al acervo doctrinario del radicalismo, mantuvo incólume los preceptos de la Reforma Universitaria de 1918.

En el plano de la política exterior, el gobierno de Illia fue más que eficaz no sólo en la defensa de la autodeterminación de los pueblos, que quedó patentizada en la decisión de resistir la exigencia norteamericana de participar en la su invasión de ese territorio, sino porque logró la aprobación de la recordada Resolución 2065 por parte de la Asamblea de las Naciones Unidas que obligó al Reino Unido a reconocer la existencia de una disputa de soberanía con la Argentina en torno a las Islas Malvinas.

“Illia murió, pobre y con honor”

En la noche del martes 18 de enero de 1983, las radios y la televisión bajo control de aquella dictadura daban cuenta de la muerte de Arturo Illia en Córdoba. En ese entonces los partidos políticos avanzaban en su reorganización en la salida hacia la institucionalización del país que llegaría con las elecciones del 30 de octubre. El país se paralizó ante el impacto que generaba el fallecimiento de ese político que era símbolo de la austeridad y la honradez en la función pública aunque aún le resultaba difícil a buena parte de la sociedad internalizar que, además, tanto él desde el cargo de Presidente y su gobierno habían demostrado ser eficientes y, de no haber sido por su derrocamiento el destino de la Argentina hubiese sido otro al punto que décadas después se solía referir en círculos políticos: “Si no hubiese existido el golpe del 28 de junio del ’66 no habría existido el 24 de marzo de 1976” . Puede que ello sea contrafáctico pero era una frase repetida.

Al día siguiente, en horas de la mañana, los restos de Illia llegaron vía aérea a la Capital Federal y se improvisó una capilla ardiente en el salón de la planta baja de la sede nacional partidaria, situada en Alsina 1786, aunque por esas horas los máximos dirigentes de la UCR emplazaron a los jerarcas de la dictadura militar en el poder –sólo hubo no más de dos comunicaciones telefónicas con el Ministerio del Interior- a que abrieran el Congreso porque –decían- “vamos a entrar por las buenas o por las malas para velar allí y despedir al Presidente Illia” .

Hubo una actitud de la dictadura en la que se combinaron desprecio, desidia e inoperancia en la “casta militar” y, tal circunstancia, quedó patentizada cuando en el mediodía del 19 de enero, bajo un sol abrazador, una multitud de radicales, entre dirigentes y militantes, marcharon desde Alsina y la Avenida Entre Ríos –el trayecto era sólo de una cuadra- al Palacio Legislativo sin que para ese momento hubiese mediado respuesta a la exigencia radical. El féretro con los restos de Illia era llevado en andas en medio de una repetida consigna: “Illia murió, pobre y con honor…, Illia murió, pobre y con honor…” , pero cuando la manifestación subía la explanada de acceso principal al Congreso de la Nación los pesados pórticos aún permanecían cerrados. Ello generó crispación y hasta algunos ‘boinas blancas’ golpeaban esas puertas en medio de gritos y la inequívoca tanto como repetida consigna: “….abran carajo o la tiramos abajo, abran carajo o la tiramos abajo”, vociferaban con actitud desafiante hombres, mujeres y jóvenes. Las puertas, de pronto se abrieron y la muchedumbre hizo propio el salón Azul del Palacio.

En medio de una catarata de reproches y de insultos, funcionarios y empleados de la Comisión de Asesoramiento Legislativo, el organismo creado por la dictadura y que funcionaba en reemplazo del Congreso, fueron conminados por los radicales a retirarse del salón Azul y tanto como de los contiguos en una ocupación pacífica del asiento de la democracia Sólo les fue permitido a los miembros de la CAL que acercaran algunos elementos para organizar la “capilla ardiente” y luego éstos se retiraron presurosos. Hasta el jueves al mediodía desfilaron dirigentes y militantes de la Unión Cívica Radical pero, también ciudadanos que declamaban a quien quisiera escucharlos que no tenían pertenencia radical y que sólo se acercaban a rendir su homenaje al extinto Presidente. La congoja envolvía aquel salón que lucía alicaído en su mantenimiento en elocuente desprecio de los jerarcas de la dictadura por garantizar, al menos, el mantenimiento edilicio del Palacio. Y hubo momentos en que algunos radicales quedaron presos de la ira al advertir que en un rincón se había colocado una corona cuya faja rezaba “Junta Militar”. Fue arrojada a la calle. La misma suerte corrió otra enviada por y la misma suerte corrió otra cruzada por la cinta en la que se leía: “Flia Onganía” y que, obviamente, había sido enviada por los deudos del ya muerto general Juan Carlos Onganía, el dictador devenido en Presidente al momento del derrocamiento de Illia.

Una multitudinaria marcha, una de las últimas de enorme magnitud antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983, acompañó los restos de Arturo Umberto Illia hasta el cementerio de La Recoleta. Hubo más de una decena de discursos de los máximos dirigentes del radicalismo por lo que las exequias del Presidente radical se prolongaron con la caída de la tarde del 20 de enero. El país despedía al “Gran Repúblico”, cuyo legado está en su conducta, su austeridad, su honradez y su eficaz acción de gobierno. Fueron 33 meses en el que, en aquella hoy lejana década del ’60, en el siglo XX, imperó en la Argentina la paz, la libertad y se abrió la posibilidad de construir un país con progreso, equidad e igualdad. Los sectores del poder político y económico concentrado no querían ese destino para el país. Sólo les importaba sus privilegios. Los arrepentimientos llegaron tarde.

Fuente: NUEVOS PAPELES

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