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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoEconomía: ¿es la Argentina un país fallido?
04/dic/2021

Un breve repaso de la historia reciente nos lleva a la conclusión de que para modificar la concepción de la vida económica habrá que luchar mucho

Por: Héctor Blas Trillo

Los indicadores económicos muestran claramente que a partir de la segunda mitad de los años 40 se inició la progresiva decadencia argentina.

En efecto, desde 1945, aproximadamente, el ingreso per cápita comenzó a caer y con pequeños altibajos siguió haciéndolo hasta el día de hoy inclusive.

Circula en las redes una serie histórica en la que se compara este ingreso con el de Australia. Puede verse allí que mientras en ese país el ingreso se ha mantenido en niveles parecidos, en la Argentina, la caída es un verdadero tobogán, sin solución de continuidad.

Son muchos los analistas de todo tipo y color que han buscado explicaciones a este fenómeno argentino. No solamente por ser el nuestro un país que lo tiene todo en materia de recursos naturales o clima. Sin también porque antes de los años 40, la Argentina brillaba entre las primeras naciones del planeta.

Se ha dicho de todo. Especialmente desde ciertos sectores políticos se ha culpado a las potencias centrales mediante teorías que hoy se llaman conspirativas, de diverso tenor y grado. Teorías que requerirían una explicación sólida y evolucionada que jamás ha llegado. Especialmente al comparar el triste destino de nuestro país en comparación con, por ejemplo, las naciones orientales. O Australia, o Canadá. Es más, si comparamos nuestra evolución con nuestros vecinos de América del Sur, vemos el deterioro relativo con bastante claridad.

¿A qué se debe, entonces, esta caída inexorable? En nuestro modo de ver, la misma se ha producido por una serie de factores que subsisten y que se han incorporado culturalmente, podríamos decir, de un modo tal que resulta muy difícil revertir.

El filósofo Alejandro Rozitchner acuñó, en la primera mitad de la primera década del 2000, el término “pobrismo” para explicar “una forma de percibir la realidad que está presente en la manera de actuar de los líderes y en cómo la población en general piensa la vida”

(https://www.infobae.com/2005/03/10/171283-el-pobrismo-argentino/)

La visión de Rozitchner es muy interesante, pero avanza a nuestro entender sobre aspectos de la sociología que son muy válidos, pero que no explican cómo se llegó hasta allí.

Para nosotros, una serie de aspectos vinculados en los comienzos al populismo incidieron en la mentalidad general de la población. Y fueron progresivamente modelando los deseos y aspiraciones de la sociedad. Incluso hubo en eso una incidencia de la religión católica y sus dogmas.

Desde mediados de los años 30, se iniciaron cambios que poco a poco fueron forjando los cimientos de una creencia errónea que inclusive se trasladó a la enseñanza escolar.

En el plano laboral, cuestiones tales como la jornada de 8 horas, el aguinaldo, las vacaciones pagas, la indemnización por despido y hasta la estabilidad del empleado público luego de la reforma constitucional de 1957 se encaramaron como principios básicos de las “conquistas sociales” A esto se sumaron las cajas de jubilaciones con aportes compulsivos, las llamadas obras sociales, la colegiación obligatoria, los sindicatos únicos por rama de actividad con aportes también compulsivos a cargo de los empleadores, el salario mínimo vital y móvil, el concepto de “igual remuneración por igual tarea”, los convenios colectivos de trabajo por actividad y otras cuestiones todas ellas vinculadas a garantizar una vida digna de parte de los trabajadores. Cuestión que es muy relevante y a la que todos aspiramos, pero que tiene costos. Que requiere apreciaciones económicas e inclusive cálculos actuariales.

En el plano productivo, se aplicaron conceptos corporativos y de defensa del “compre nacional”, sumados al proteccionismo ante la competencia del Exterior y apreciaciones respecto de la necesidad de industrializar al país a través de cierres o limitaciones de importaciones, planes promocionales para determinadas actividades o regiones y estructuras monopólicas de servicios públicos. Las riquezas del subsuelo son de los Estados provinciales y la plataforma continental ha sido en buena medida abandonada o cuando menos relegada con respecto a las posibilidades de inversión. Las colegiaciones obligatorias de profesionales, las “quintitas” en las cuales se prohíbe la competencia, y la idea generalizada de que hay que ganar “poco”, contribuyen a sostener un cuadro de baja calidad generalizado.

Se limita la competencia, se cierran importaciones, se prohíben exportaciones, se fijan derechos de exportación francamente leoninos, se limita el comercio internacional por razones políticas y así siguiendo. Los intentos a cargo del Estado han costado fortunas que debieron proceder de los sectores productivos de la economía (Aluar, Altos Hornos Zapla, Hierro Patagónico, Yaciretá, Aerolíneas Argentinas, YPF, etc. Etc.)

El hombre común tiene internalizado que el Estado debe ayudar a todo el mundo todo el tiempo. Así, se multiplican los “planes”, las jubilaciones sin aportes, las asignaciones familiares. Se prohíben los despidos, se incorporan todo tipo de obligaciones a abordar por las empresas de medicina prepaga sin el menor análisis de costos o se congelan alquileres y hasta se prohíben los desalojos. Las empresas prestadoras de servicios públicos no pueden llegado el caso interrumpir el servicio por falta de pago durante la pandemia, las tarifas se congelan en una moneda que pierde entre el 3 y el 4% de su valor cada mes y así podríamos seguir largo rato enumerando. Boletos escolares o subsidiados para el transporte. Tarifas “sociales” para los menos favorecidos. Atraso cambiario para evitar las consecuencias de la emisión de moneda espuria. Estas y otras medidas supuestamente protectoras del trabajo y del bienestar se suman a la hoguera.

También tenemos la coparticipación federal, que adquirió rango constitucional en la reforma de 1994. Por medio de ella, las provincias más pobres cuentan con recursos que le provee el Estado Nacional y que es la esencia de la formación de los llamados “feudos provinciales”, dado que entre otras cosas no existe ningún control específico sobre el destino al que deberían ser asignados los fondos, de modo que queda todo en manos del caudillo de turno.

El panorama es francamente desolador. La riqueza se crea con el trabajo y el esfuerzo, no con leyes restrictivas o corporativas. Es con el éxito que se obtiene la ganancia y es la ganancia la produce la acumulación de capital per cápita. La llamada tasa de capitalización es la que hace que en los países más ricos del planeta, el salario medio de la población sea superior varias veces al de las naciones pobres. No las leyes que apuntan a la “distribución de la riqueza”. La jornada laboral podrá ser de 8 horas y está muy bien que se fijen marcos para evitar abusos, pero sabemos de memoria que si para “parar la olla” necesitamos trabajar más, no nos queda otro remedio.

En nuestra vida como padres e incluso como profesionales hemos visto cómo los planes de estudio escolares refuerzan ideas acerca de la solidaridad que son nefastas. La solidaridad es un acto voluntario y no coercitivo. La carga tributaria es inmensa. Todos contribuimos sobradamente a sostener el Estado y los sistemas de ayuda social. Sin embargo, la Argentina no deja de deslizarse hacia el precipicio hace ya muchos años. Y la razón es más que obvia: se castiga al que produce, al que gana, al que es exitoso. Se castiga al ahorro vía la inflación, cuando todos aprendimos de chicos que “el ahorro es la base de la fortuna”. Todo esto excede incluso el marco de la economía, que es el que nos ocupa a nosotros. No hay iniciativa o emprendimiento que pretendamos realizar sin que nos caiga una lluvia de inspectores y controladores que agregan más y más obligaciones. Más y más impuestos y tasas. Más y más enredos burocráticos.

Estamos haciendo esta enumeración a vuelapluma. Muchas cosas seguramente nos quedan en el tintero. Concluiremos diciendo que para que un país que no libera las fuerzas del trabajo y de la producción no puede progresar genuinamente. Es imprescindible abrirse al mundo, abandonar el sistema corporativo, limitar dramáticamente la burocracia estatal, garantizar el derecho de propiedad, respetar los contratos, asegurar la vigencia plena de las instituciones y del Estado de Derecho. No hay otro camino. Y comprender, finalmente, que todo derecho conlleva una obligación. Y que para que a alguien se le otorgue algo que no ha ganado, hay que quitárselo a otro. La manera de dejar de caer y no ser finalmente un país fallido pasa, con sus más y sus menos, por este camino. Esa es nuestra opinión.

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