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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoLa eterna insistencia en el error
12/oct/2021

Por: Héctor Blas Trillo

A las apuradas, y sin aviso previo, durante el curioso fin de semana largo aplicable al Aniversario del Descubrimiento de América, el presidente de la Nación reemplazó a la secretaria de comercio, Paula Español, por el economista Roberto Feletti. Sólo cabe colegir que los motivos de semejante prisa por un cambio de funcionarios, tiene que ver con el fracaso de los controles de precios en toda su gama de denominaciones. Y tal vez en la necesidad imperiosa de corregir el rumbo para llegar a las elecciones de noviembre con alguna mejoría en los indicadores económicos.

La señora Español se hizo célebre por la fotografía que le fue tomada en un supermercado tomando la medida de una góndola con un centímetro. En nuestra opinión una perfecta muestra de la dimensión con la que se pretende encarar un mecanismo de precios alternativo al que impone la realidad del mercado. Veamos.

El origen de la actual Secretaría de Comercio se remonta al año 1954, cuando durante el gobierno de Juan Perón se separó el Ministerio de Industria y Comercio en dos. Así nació el Ministerio de Comercio, que con los años fue pasando de ministerio a secretaría y viceversa varias veces.

De acuerdo a la Ley 14 303, sancionada el 25 de junio de 1954 y promulgada el 28 de julio del mismo año, las competencias del Ministerio de Comercio eran «asistir al presidente de la Nación en lo relativo a organizar y fiscalizar el abastecimiento del país y las actividades comerciales y promover, orientar y realizar el comercio exterior de la Nación…»

Desde aquel año hasta el día de hoy parece más que evidente que el éxito ha sido más que esquivo para semejante propósito fundacional.

Feletti ha hecho declaraciones, también durante el fin de semana largo, que puede ser interesante compartir muy brevemente. Dijo por ejemplo que es “un momento muy difícil para la Argentina y no puede haber mezquindad”. Agregó también que el objetivo es recuperar ese legado del peronismo donde el pueblo comía más o menos lo que quería y lo comía desde su casa” . Trascartón señaló que “acá hay una sola víctima que es el pueblo argentino que no llega a fin de mes”.

Esta clase de declaraciones uno las espera de la Iglesia, por ejemplo, que es bastante recurrente en señalar los problemas y no aportar soluciones. Pero de un economista a cargo de una secretaría ad hoc, se supone que debe explicarnos qué hará y cómo y no tanto que declame las injusticias de la vida. Porque además tales injusticias tienen explicación en este caso.

Muy bien, pasemos entonces a las propuestas, que también las hizo. Por ejemplo, amenazó con aplicar la ley de abastecimiento y de “defensa del consumidor”. Agregó que él es un “hombre de diálogo” y que va a convocar a los empresarios, tanto productores como comercializadores. “Quiero hablar racionalmente de costos, de márgenes de ganancias; ese es el desafío más grande, lograr que el pueblo pueda ir a una góndola, elegir el producto que le gusta y consumirlo” "Yo creo que la fiscalización de precios es territorial. Creo que hay que estar en acuerdo con intendentes y sindicatos, y organizaciones sociales que colaboren"

También declaró unos párrafos a mencionar que hay que “no hay libertad en los monopolios privados”, de lo cual se infiere que luego de décadas de gobiernos justicialistas en la Argentina existen monopolios privados. Y encima en plural. Pero vayamos por partes.

Al menos desde el año 1954 hasta el presente, con mayor o menor fruición, las declamaciones en esta misma dirección se han repetido sin solución de continuidad. En gobiernos de distinto signo además. Incluso en regímenes militares. Rara vez a lo largo de estos casi 60 años, oímos hablar del valor de la moneda de curso legal, que es la que se utiliza para llevar a cabo todo tipo de intercambio y para determinar los precios de bienes y servicios.

No vale la pena abundar en esto que decimos. La moneda argentina perdió en 21 años la friolera de 13 ceros. Con acuerdos, con controles, con regulaciones, con y sin “monopolios”, con “mezquindades” y con lo que se les ocurra. Y como ya todo el mundo va sabiendo, esto no es culpa de los productores, los empresarios o los comerciantes ni por la falta de defensa de los consumidores. Esto es culpa de que el Estado argentino es deficitario crónico y una de las principales fuentes de financiación del déficit es, junto con el endeudamiento, la emisión espuria de moneda que genera la pérdida de su valor y la suba consecuente de los precios. Punto.

Porque más allá de la parte apostólica de las declaraciones de Feletti, parece útil recordar que los precios no los fijan los funcionarios sino el odiado mercado. Y los márgenes de utilidad ídem. Y el valor de la moneda también, por eso el dólar “blue” vale casi el doble que el oficial, señores. Y eso pese al intervencionismo “por debajo de la mesa” de “manos amigas” que ofrecen billetes verdes a menor precio para mantener a raya el cambio libre.

Volvemos a ejemplificar esta idea básica. Cuando un producto se vende a un precio menor al de mercado, se agota. Cuando quiere venderse a un precio mayor al de mercado, no se vende y hay que rebajarlo.

Un producto que deba venderse a un precio menor al de mercado por la intervención de los gobernantes, no sólo se agota, también genera la aparición de mercado negro. También se desalienta la producción de tal producto. Nadie está dispuesto a producir algo que debe vender al precio que le guste al funcionario cuando a este último lo disponga.

Los márgenes de ganancia estimulan el éxito e incrementan la producción de lo que sea. Intervenirlos produce el efecto inverso. No es tan difícil de entender para nadie. Y menos debería serlo para un economista.

Y a todo esto se le suma, como hemos señalado, la pérdida de valor de la moneda. Pérdida que además transcurre a una cierta velocidad que es mayor o menor según el grado de emisión en la que incurren los gobiernos para cubrir el déficit o incluso para generar nuevos déficits, como ocurre actualmente con el reparto de dinero para tratar de mejorar el resultado electoral.

Hay que agregar a todo esto que los “acuerdos” de los que nos habla el flamante funcionario, son en general pantallas que se logran a través de negociaciones sobre algunos productos, liberándose otros para que los productores, los empresarios y etcétera, puedan recuperar por un lado lo que pierden por el otro. Tal el caso de los “precios cuidados”. ¿Alguna vez se ha preguntado, sufrido lector, por qué no están incluidos en ese plan todos los bienes y servicios de la economía?

Y un párrafo final para la intencionalidad que el nuevo funcionario lanza al voleo. Nos referimos a la “mezquindad”. Las intenciones personales de los seres humanos son tan diversas como motivadas por distintas apreciaciones. Cadenas de valores personales, preferencias e inclusive cuestiones religiosas. El funcionario anuncia una cruzada contra la mezquindad en la cual puede caer cualquiera. Sugiere que si los precios no se comportan con los funcionarios quieren es porque los empresarios son mezquinos. Este tipo de apreciaciones no sólo son desacertadas, sino que además son injuriosas. La consideración acerca de si alguien es mezquino o no, es un juicio de valor individual, no colectivo. Y por lo menos requiere demostración, no el levantamiento de un dedo acusatorio.

Ser mezquino, por otra parte, no es un delito. Como no es delito ser avaro, generoso, espiritual o simpatizante o no de un club de fútbol determinado. Las virtudes personales no están sujetas a la consideración de los funcionarios. Pura lógica que no creemos que este señor ignore.

Pero la retórica populista parece navegar de modo permanente por encima de todo esto. Los malos y los buenos. Los generosos y los mezquinos. Los solidarios y los insolidarios. El pueblo y el antipueblo.

Creemos que es suficiente con lo que aquí decimos para entender hacia dónde vamos. Es la eterna insistencia en el error, para no agregarle intenciones que nos pondrían en el mismo nivel de este funcionario, que sí las pone en los demás.

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