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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoÉTICA Y CORRUPCIÓN
07/jun/2016

Porque todavía retumba el exabrupto del periodista militante y el político de la militancia que expresaron como apotegma: para hacer política hay que ser corrupto. Y esta cínica afirmación oscurece el panorama nacional.

Por: Rubén Emilio García.

Sócrates fue el fundador de la filosofía moral, posteriormente, Aristóteles denominaría con el nombre de Ética: tratado del carácter y de la virtud como hábito de hacer el bien. Acusado de ateísmo y relajar a la juventud, Sócrates, fue condenado a morir bebiendo cicuta. Discurría que la muerte es un sueño sin sueño y que el alma transitaba de este mundo a otro mejor. Pudo salvar su vida eligiendo el destierro o huyendo de Atenas. Pero eso significaba abjurar de sus ideas, de sus enseñanzas éticas y desobedecer a la justicia que tanto defendía y lo había condenado. Por eso prefirió beberla. Al morir encarga a sus amigos que sacrifiquen un gallo al dios Esculapio, “por el placer de sacarle de esta vida dolorosa”.

Esa moral tácita de Sócrates, se considera el genoma primario de la ética greco-latina que luego se extendería por el mundo occidental y cristiano. Constituye, por cierto, hasta hoy día, el sostenimiento primordial de la sociedad y del grupo familiar de donde saldrán los hombres y mujeres de bien, que tendrán por destino desarrollar las diversas actividades humanas y, entre ellos, quienes se dedicarán a la política. La política, se sabe, es el arte de lo posible. Pero de lo posible en concretar el bien común del gobernante hacia los gobernados, cimentado en los valores inestimables de la honradez, la justicia ecuánime y la libertad en democracia.

En tal sentido, la generación de los sesenta, que valorizamos la lucha de los setenta y ocupamos cargos en el Estado de aquellos años, época en que el país convulsionaba como un cuerpo epiléctico debido a las continuas asonadas y golpes militares, tuvimos de ejemplo hombres políticos que gobernaron dignamente y fueron probos en su conducta. Hombres muy bien reconocidos por la ciudadanía debido a la honestidad y rectitud demostrada como funcionarios públicos; y conceptuados en esa jerarquía humana no son discutidos.

Elijo un nombre en el orden nacional para poner de ejemplo: El Dr. Arturo Humberto Íllia, paradigma de austeridad republicana.

Pero también en nuestra patria chica se destacaron personalidades con esa condición moral. Individuos estrictos y sin tapujos que usaron sus cargos para servir y no servirse. Si no, acordémonos de los algunos nombres de gobernantes del pasado: Aparicio Almeida, Claudio Arrechea, Francisco de Haro, César Napoleón Ayrault, Atilio César Errecaborde, Mario Losada, Miguel Ángel Alterach, Ramón Arrechea, Balbino Brañas, Renzo Zapelli, Armando López Torres, por nombrar a quienes acuden a mi memoria.

Entonces, si en la vidriera actual del aquelarre político de denuncias y contradenuncias de actos de corrupción, donde se observan funcionarios presos, otros que están siendo juzgados o caminan en esa dirección, cabe preguntarnos ¿en qué situación queda la república? Y doble pregunta ¿Cuándo se saldráde esta medianía inmoral?

Porque todavía retumba el exabrupto del periodista militante y el político de la militancia que expresaron como apotegma: para hacer política hay que ser corrupto. Y esta cínica afirmación oscurece el panorama nacional.

No obstante, dentro del pesimismo que nos abruma, como decía Jauretche, debemos confiar en la juventud de la patria que no tiene máculas. Pues el porvenir de la Argentina estará en sus decisiones y en ellos debemos creer como acto de fe. Y darle crédito, que efectivizarán el cambio moral que nuestro bendito país necesita.

Honestidad: Juan J. Olmo, profesor de historia, Rector del Colegio Nacional y por lustros Director de la Biblioteca Popular, fue nombrado ministro en época del gobierno de Gregorio Pomar. Éste, sin decirle nada, a Don Juan, nombra a su hija María Elisa vocal en el Consejo de Educación. Contenta va y le comenta a su padre la buena nueva. Juan Olmo le contesta: “Te felicito hija, pero cuando tú entres por una puerta, yo me iré por otra”.

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