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30/mar/2010

Con irreverente afán oportunista, el Gobierno parece querer generalizar el ajuste para aumentar la clientela, cautiva de las dádivas oficiales.

Por: Gabriela Pousa

Hay veces en que todo esfuerzo por analizar el escenario político se torna obsoleto. Sin duda, éste es uno de esos momentos. Los datos que ofreció un matutino porteño este fin de semana hablan a las claras, y cuanto se pueda agregar resulta una obviedad.

Nueve millones de niños pasan hambre en la Argentina. 2.920 mueren cada año por desnutrición… ¿De qué modelo habla la Presidenta? ¿Dónde está la virtualidad en la mesa que revela los “platos vacíos” o en aquella otra mesa, una semana atrás, en los jardines de Olivos?

Frente a la evidencia, el discurso político hace mella. Sin duda, hay imágenes que dicen mucho más que las palabras. La brecha entre dirigencia y pueblo alcanza niveles estrepitosos, y no vale ser simplistas y creer que ello se grafica en el lujo de unos frente a las carencias de otros. Es menester ir más allá, y advertir que la fatal distancia se halla en las preocupaciones cotidianas. Ahora bien, si son tan magnánimas las diferencias ¿cómo explicar entonces que los unos sean representantes de los otros y hasta electos a imagen y semejanza?

A la sociedad argentina se le cuestiona una pasividad excesiva frente a atropellos que saltan a la vista. Los sucesos acontecidos en la ciudad de Baradero, donde un hecho aislado en apariencia, generó una suerte de pueblada resumida en un grito de “BASTA”, abrió paso a especulaciones varias. ¿Hay un caldo de cultivo preocupante y extendido o el hastío es tan profundo que la reacción es utopía o deseo reprimido de algunos interesados como sucediera antaño?

Lo cierto es que saber qué le pasa al pueblo es el dato por antonomasia que se requiere hoy día para desentrañar hacia adónde va la Argentina. De nada sirve medir imágenes positivas o negativas, desentrañar internas -algunas de las cuáles si se consideran sus protagonistas causan risa-, ni tampoco descifrar cuál es el as que sacará de la manga Néstor Kirchner para ganar la próxima partida. Hay una sociedad que calla o murmura en voz baja, que parece incongruente pero tiene aristas de coherencia hasta ahora poco analizadas.

Si convenimos que el problema actual es la inflación, se verá que la crítica pasa de boca en boca sin sutilezas, pero más potente que ésta es aún la resignación, y la deflación de las expectativas. Se habla de la política de boicot por no hablar de la resignación.

El argentino medio despotrica contra el aumento de precios pero simultáneamente prepara los homenajes para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Raúl Alfonsín, que a esta altura de los acontecimientos se ha convertido en una suerte de estadista casi perfecto. En los benditos ochenta los argentinos, sin embargo, sufrieron una hiperinflación que derivó en una transición política de envergadura.

Este olvido o este hecho en apariencia aislado pone de manifiesto esa baja en las expectativas de una ciudadanía que cree ser o sentirse de primer mundo viviendo en el tercero o incluso quizás en algún subsuelo… Paradojas argentinas con explicaciones más psicológicas que políticas.

¿Por qué los Kirchner deberían preocuparse hoy por la inflación si, al unísono se está prácticamente canonizando a quién se le fue la economía de las manos dejando al país con un índice inflacionario que, en el mes de junio de 1989 sin ir más lejos, llegaba al 115%? Podría decirse que el único error que cometió el líder del radicalismo fue no tener un Guillermo Moreno interviniendo el Instituto de Estadísticas y Censo…

En su afán de popularizar los “logros” ya sea el fútbol, la merluza en cuadrados, o el fin de semana largo con foto junto a los lobos de la Rambla con mar de fondo, el gobierno ha hecho lo propio con el ajuste. Hay ajuste para todos aunque diezme con más fuerza a los sectores más carenciados. Ahora bien, en esos sectores, sin embargo, es dónde menos se rechaza la gestión del matrimonio presidencial. La explicación es clara: el clientelismo ha sido y es la única política económica del kirchnerismo desde su asunción. Eso explica también el afán por las reservas y la negativa a cualquier tipo de coparticipación.

Y no hay desconexión del tema. La sociedad, en gran medida rinde pleitesía a su propia parsimonia, y encuentra en la desidia y el aburrimiento que le proporciona la política la excusa perfecta, conciente o no de ella, para vivir en esa dualidad que mencionáramos al principio: como ciudadanos de primer mundo pero en circunstancias de subdesarrollo casi absoluto. Una manera de no tomar cartas en el asunto, a la espera que otro decida por uno.

Asimismo, la deflación de las expectativas permite que existan un sinfín de pre candidatos a más de un año de la elección y que, de muchos de ellos, no se sepa más que el nombre de pila. Si el pueblo acepta la dádiva oficialista, ¿por qué no ha de aceptar que sea la misma mano quién se la siga dando? Ese razonamiento agita la agenda de Balcarce 50 y propone, con irreverente afán oportunista, generalizar el ajuste de manera tal de aumentar la clientela.

Pascal Bruckner hablaba de la Europa del siglo XVIII como una etapa de llanto perpetuo. Rousseau describía la belleza del llanto liberador, y los enciclopedistas no experimentaban vergüenza a la hora de llorar en público. El siglo XXI, por el contrario parece haber desterrado las lágrimas abriendo paso a lo lacrimógeno: pocos estallidos tumultuosos de llantos desagarradotes pero millones de ojos húmedos en una actitud de resignación y humildad frente a “los golpes del destino”.

En términos de Bruckner: “un paso del niño maltratado al animal abandonado”. Así pasan los náufragos desfilando como en una procesión, ávidos de desgracias porque lo que consumen, paradójicamente, son sus víctimas. Un día exhuma a dos chicos muertos por una persecución de un inspector vial, y los destrona luego sustituyéndolos por un nuevo escándalo.

¿A qué viene esta consideración de índole sociológica si se quiere? Pues a que así funcionan “las misas solemnes de nuestras conmiseraciones”: los dolientes sirven para humedecer el pañuelo, conmueven. Esa conmoción los convierte en mediáticos: los chicos con el plato vacío en la tapa del matutino no insta a actuar sino a compadecerse. Su hambre nos interesa, pero en verdad no queremos ser informados sino emocionados: conducta pasiva que no incita a la reflexión ni a la solución. Se busca unirse al prójimo en un sentimiento característico de comunidad. “En el espectáculo del dolor buscamos algo de ese calor de paria propio de los humillados”dice el citado autor. Según Hannah Arendt, se trata de una especie de comunicación epidérmica con los necesitados desde la atalaya de nuestro confort.

Del mismo modo como obra este mecanismo en los ciudadanos, obra en los políticos. Excepciones siempre las hay. La diferencia es que los políticos cuando llegan al gobierno se ven obligados por su rol a hacer algo más que emocionarse. Y aquí radica la gran trampa: la acción del kirchnerismo es siempre ratificatoria de un status quo que mantenga el orden de cosas sin alteraciones. Nada debe modificar el escenario afable a sus ambiciones personales. Cuando el gobierno instaura un sistema de subsidios, cuando manda bolsas de comida en época electoral, cuando fija precios máximos, etc., lo que hace es legitimar el aislamiento de esos sectores marginados y convalidar la inflación actual. “

Lo humanitario cuando ocupa el lugar de lo político, se transforma en la cara moderna de la abstención”, dice Bruckner.

Posiblemente así se explique hoy esta convivencia con la inflación que decidió la Presidente desde el mismo momento en que la negó. A mayor ajuste, mayor necesidad de asistencia gubernamental, y en medio de esta escena de conmoción, nada mejor que la mano de Néstor Kirchner ofreciendo la “Caja K”, quizás en una nueva versión de aquello que antes se llamara la “caja PAN”…


Fuente: ECONOMÍA PARA TODOS

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