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Remembranzas Históricas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoMISIONES EN LOS AÑOS DE PLOMO
10/mar/2017

En el día de la mujer

Por: Dr. Ruben Emilio García

A mediados de los años noventa me encontré con Graciela Franzen, hermana de Luis Arturo asesinado en Margarita Belén, después de regresar de su exilio en España y haber formado una linda familia con cuatro hijas. Graciela oficiaba de secretaria en la Dirección de Ganadería, yo era el Director, cuando se produjo el golpe de Estado en l976. Como tantas chicas de la época además de trabajar, también estudiaba, militaba en la JUP, -Juventud Universitaria- y asistía a los barrios en tareas sociales acompañando a Luis Arturo, su hermano mayor. Después del golpe de Estado la detuvieron, la metieron en una celda, la torturaron y la vejaron con los ojos vendados. Sus carceleros eran cuatro policías y un joven oficial de nuestra edad, y por supuesto se lo conocía.

Es muy común en ciudades chicas conocerse y crecer por camada generacional hasta terminar los estudios secundarios, después viene la separación y cada uno sigue su propio destino. Pues bien, este mozo carcelero entró al liceo policial, calzó uniforme y creyéndose cancerbero cambió para mal, o tal vez le afloró vaya a saber que ignoto resentimiento de su alma y lo camufló haciéndose el malo. Y como otros policías que no saben el valor de usar y jerarquizar el uniforme, hizo mucho daño en los setenta y Graciela fue una de sus víctimas. Por eso cuando apenas la dejaron libre, tras el asesinato de su hermano, huyó a España, no sea que la volvieran a detener.

Cuentan los que tuvieron que emigrar, que el exilio obligado es de los peores sufrimientos morales del espíritu humano durante el tiempo que dura. Es un desarraigo nunca superado que algunos lo soportan un poco más y otros no tanto y, en la historia Argentina, muchos hombres tuvieron que elegir ese camino involuntario, peor aún si se es mujer. Sócrates, sancionado por el senado debió optar entre el destierro o el suicidio y prefirió beber la cicuta. El Dante Alighieri, perseguido por sus ideas políticas huyó de su querida Florencia a la que jamás pudo regresar. Describió como nadie el dolor del destierro y dejó estampadas las famosas frases: “cuán difícil es subir las escaleras de los extraños... Y que horrible es comer de las manos ajenas”.

A su regreso, ya instalada la democracia, Graciela fue nombrada representante del INADI, la Secretaría de la Nación de los Derechos Humanos y contra la Discriminación. Ocupaba una oficina sin teléfono ni computadora cedido por Vialidad Nacional y se desplazaba merced a la colecta de sus compañeros y al avío que le alcanza la gente cuando concurría a parajes alejados. Cumplía su función a fuerza de corazón como añeja militante.

En una ocasión se llegó con su grupo de los Derechos Humanos a la casa de su antiguo joven oficial carcelero, convertido en un achacoso comisario retirado. Se hallaba postrado en silla de ruedas sin sus dos piernas cercenadas por una diabetes severa que lo tenía a mal traer. Ante su presencia, Graciela, aspiró el mismo olor del desagradable perfume de sus horas de encierro con los ojos vendados. Sintió repugnancia y aún así le dijo. “No vengo en busca de venganza, solo quiero que nos diga donde están enterrados los compañeros que ustedes apresaron y tenían en custodia para sepultarlos en paz. El ahora infeliz inválido le contestó con evasivas y con un “No sé nada; nuestra misión concluía con la entrega de los arrestados a los hombres del ejército y ellos se los llevaban”.

Como se mantuvo cabizbajo, humillado y sin responder, pese al estímulo de su perpleja familia que lo azuzaban a recordar, Graciela y su grupo se alejaron sin despedirse. Allí quedaba JCR, el ex hombre fuerte, con su miserable remordimiento y consciente del terrible esfuerzo de simulación que debieron hacer su mujer y sus hijos por ocultar que su esposo y padre fuera un vulgar violador y un cobarde represor. Mayor habrá sido su cilicio cuando en soledad rumiara que la aparente débil mujer no venía por su cabeza ni buscando venganza, se había acercado únicamente por tratar de saber donde estaban los cadáveres ocultos de sus compañeros muertos, con la finalidad de enterrarlos cristianamente.

Graciela, sin proponérselo, puso de manifiesto en este supuesto acto intrascendente la máxima expresión de la dimensión del alma humana: superar en el dolor los deseos de venganza. Todo un símbolo de elevación espiritual que reivindica al grueso del género humano, que aún sigue creyendo en el perdón sin olvidos y en la justicia sin tapujos.

El relato de la odisea de Graciela aquí expuesto fue con su anuencia, tal como ella lo contara valientemente al diario Primera Edición. También como manera de mostrar otro gran dolor, el sufrimiento silencioso de su madre doña Felisa Bogado*, quien jamás trocó la memoria de su hijo asesinado por bienes materiales y sigue viviendo en la humilde casa de toda la vida. El hogar donde crió a sus seis hijos. Ella, como tantas madres del interior del país, no tuvo la suerte de tener una plaza de Mayo a su alcance, ni estar en contacto con los funcionarios que gobiernan desde Buenos Aires, o en la mirada de los ojos del mundo exterior, ni al alcance de los medios porteños como para explicar su dolor, o exponer sus quejas. Y si bien las madres y abuelas de plaza de Mayo recibieron con justa razón el reconocimiento de sus pesares por parte de los Organismos del Estado Nacional, también les corresponde igual trato a las mujeres del interior argentino que perdieron sus seres queridos en la represión y no deben ser discriminadas. Porque al fin de cuenta, sufren y lloran las pérdidas de sus hijos, con igual dolor y martirio que todas las madres del mundo.

( * Doña Felisa Bogado falleció el año pasado)

(Del libro “Mártires del desatino”)

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