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Remembranzas Históricas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoSAN PABLO SEPTIEMBRE DE 1640 (Meses antes de Mbororé)
07/oct/2015

¿No es acaso la esclavitud el sistema más perverso que destina al prójimo a morir lentamente en cautiverio? ¿Podrán entender alguna vez los hijos de Dios el mensaje de la buena nueva?

Por: Dr. Rubén Emilio García

La noticia publicada en Río de Janeiro por el Procurador de la Provincia Jesuita del Paraguay trascendió como reguero de pólvora en San Pablo de Ipiranga. El sol del mediodía quemaba las calles de la proto ciudad preanunciando que los meses venideros serían sumamente calurosos. Es que la temperatura de la línea del ecuador al trópico de Capricornio donde justo se ubica San Pablo envuelve el ambiente con la misma intensidad durante todo el año, exaltando aún más las emociones de quienes sometidos a ofuscaciones iracundas no razonan cuando ven peligrar sus intereses personales o de grupo. De esta manera acontecía en los corazones de hombres indignados y llenos de odio en la Cámara Municipal de la ciudad, atestada de funcionarios, cabildantes, latifundistas y empresarios bandeirantes. Allí, todos discutían airados sobre las Cédulas Reales y Bulas pontificias condenando severamente al tráfico de indios. El portador de las mismas fue el Padre Francisco Díaz Taño, procedente de Roma, vuelto del viaje realizado años antes con el Padre Ruiz de Montoya, donde ambos fueron los mensajeros que llevaron las quejas ante el Rey de España y el Sumo Pontífice sobre el tráfico de indios y los malos tratos que padecían. Ellos testimoniaron que los bandeiras conformaban grupos de mercenarios financiados por inversionistas que obtenían pingües ganancias con la venta de indios a ricos fazendeiros que los esclavizaban en sus dominios.

La presencia del cura jesuita y la condena papal fue la razón de la asamblea en la comuna paulista. En el recinto no se discutía la bondad del mensaje ni se ponía en consideración la condición del indio, puesto que al suponerlos infrahumanos los trataban cual mercancía negociable en términos económicos. Lo que más bien discutían era la manera de eliminar todos los obstáculos que impedían esclavizar a los indios. De ahí que surgiera y se aprobara por mayoría absoluta la primera moción de orden: No aceptar la bula del Papa y consumar la expulsión inmediata de todos los jesuitas de la ciudad.

Respecto a la segunda moción, se trató la manera de conformar otra incursión fuertemente armada hacia el río Uruguay, con la orden de arrasar los pueblos de las misiones y arrear a todos los indios cazados. Con ese propósito, e instigado sibilinamente por el grupo esclavista, se le concedió la palabra a Manuel Pires, el veterano jefe bandeirante allí presente, a quien anticipadamente grupos de inversionistas le encargaran la organización de una nueva partida que, en verdad, ya tenía preparada desde hacía bastante tiempo.

Manuel Pires era un tipo duro de corazón y repleto de viejos rencores acumulados. Al momento de hacer uso de la palabra se sentía tremendamente humillado. Soberbio en su concepción de implacable esclavista no podía olvidar la derrota sufrida en los campos de Caazapaguazú. Vengativo, esperaba la hora de cobrar la afrenta en forma sangrienta y ahora justipreciaba que había llegado el momento. Infatuado, se levantó de su asiento sintiéndose admirado por sus antecedentes de implacable cazahombres y arrogante se dirigió a los asambleistas utilizando gestos ampulosos en el fraseo de su corta pero firme oratoria:

Respetables senhores, eu tenho todo organizado. Reuni e preparado 500 homens curtidos nos campos de batalha: portugueses, holandeses, alemães armados com arcabuces e sables reluzentes. Três mil índios tupíes e macacos fortemente armados com setas, lanças, fundas e garrotes. Mil canoas e balsas teremos de construir e utilizar-se-ão no transporte com a finalidad de capturar a maior quantidade de índios. Dou fé que nunca dantes se arreó o que estamos dispostos a caçar e a empresa será imensamente redituable. Se parece-vos bem partiremos dentro de três dias…

Bajo estas circunstancias, antes de finalizar el mes de septiembre las dos mociones emanadas de la comuna paulista se cumplieron al pie de la letra. Por un lado, los jesuitas fueron expulsados de la ciudad; por el otro, el ejército bandeirante armado hasta los dientes puso en movimiento la campaña de asalto a las reducciones misioneras del río Uruguay.

Nunca antes un regimiento dispuesto a esclavizar a tantos seres humanos fue organizado en forma tan poderosa en esta parte del mundo. Emprendido por gente civilizada, creyente en Dios, veneradora de santos cristianos y de la Virgen María, y conspicuos concurrentes a misa, ¿de dónde fundamentaron la incoherente doble moral de profesar la fe cristiana y practicar la esclavitud? ¿En qué capítulo, en qué versículo del Nuevo Testamento estaba escrita tan nefasta inmoralidad criminal? Porque la doble moral es frecuente en reyes, príncipes, en hombres poderosos o en quienes detentan poderes, precisamente para perpetuarse en el poder; pero al grado abyecto de someter a otro ser humano a la bajeza tenebrosa de la servidumbre extrema, ¿es de cristianos? ¿No es acaso la esclavitud el sistema más perverso que destina al prójimo a morir lentamente en cautiverio? ¿Podrán entender alguna vez los hijos de Dios el mensaje de la buena nueva? Porque está escrito en los evangelios que sin libertad nadie jamás podrá decidir su destino, gozar de la familia, de los amigos, hacer lo que le gusta, transitar sin que nadie lo obstaculice y optar por los caminos que decida transitar sin que amo alguno lo impida desde arriba. Entonces, ¿vale la pena vivir la vida sin libertad plena y sin derechos ni garantías? Si la respuesta es no, entonces cabe el deber sagrado de luchar por ella aunque en ella se vaya la vida. Y los hombres misioneros acantonados en el bastión de Mbororé estaban dispuestos a ello.

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