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Suelos y Bosques
 
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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoREEDICION: Cuidar el suelo es la premisa
20/feb/2006

Las propiedades naturales de nuestros suelos tienen sus límites. Si excedemos los mismos, la extenuación se tornará peligrosa y las consecuencias desastrosas.

Por: Javier Alfredo Santana

Si analizamos el desarrollo de la producción de granos en nuestro país en los últimos 50 años, podemos advertir que la superficie agrícola se extendió aproximadamente de un 50%, en tanto que el crecimiento en volumen en dicho período fue del 400%. Este avance nos está indicando que estamos próximos al límite de las tierras aprovechables con fines agrícolas. Esta circunstancia no significa que estén condicionadas las posibilidades seguir incrementando cuantitativamente el potencial granario.

Para continuar con el orden ascendente en materia productiva, seguramente de ahora en más, la mayor incidencia ocurrirá en los suelos de mejor aptitud de la región pampeana, con lo que se podría estrechar la intensidad de uso en aquellos ubicados en ambientes menos propicios. Hasta ahora, el incremento de la producción se obtuvo en mérito a la incorporación de nuevas tecnologías, de una constante superación en la adquisición de conocimientos e información por parte de productores y asesores técnicos, permanente surgimiento de semillas que en virtud de programas de mejoramiento genético, lograron más potencial de rendimiento y mejor resistencia a plagas y enfermedades. Todos estos factores muy importantes, pero que no hubieran podido expresar sus facultades plenamente de no contar con la capacidad productiva de las tierras. No obstante las propiedades naturales de nuestros suelos tienen sus límites. Si excedemos los mismos, la extenuación se tornará peligrosa y las consecuencias desastrosas.

Cuando observamos la expansión de la frontera agrícola, es dable apreciar que, en la aspiración por anexar tierras al sistema productivo, se está acometiendo sobre áreas vulnerables. Esa debilidad no solamente está vinculada al tipo de suelo, sino que además está relacionada a la variedad de especies animales y vegetales que cohabitan en su medio ambiente de las regiones y a quienes en ellas residen, podría desencadenar en, la pérdida de ecosistemas en forma definitiva.

Últimamente se acrecentaron las prácticas de desmontes, con un evolución muy inquietante hacia ecosistemas inconsistentes como los semiáridos, dicho avance se origina como consecuencia de los valores tentadores de los granos, en especial de la soja.

En Santiago del Estero, Chaco, Salta, Tucumán y Entre Ríos, el espectáculo de divisar una topadora en plena zona boscosa para nada es llamativo. Las estimaciones indican que estas provincias contribuyeron con aproximadamente 1.800.000 hectáreas al total destinado en el país para el cultivo de soja, registrándose el significativo crecimiento entre 1999 y 2004. Si bien no todo el incremento de la superficie destinada a soja es consecuencia de desmontes, pues existió pasarse de otra especie hacia la oleaginosa, el área de incorporada de bosques es muy significativa.

Estudios efectuado por investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires sobre la base de imágenes satelitales sobre la región chaqueña, revela que en 1995 el área cultivable era algo menor a las 4.900.000 hectáreas, la proyección para el 2010, (conforme a lo ya desmontado, como a los proyectos existentes) serían 9.200.000 las hectáreas que revestirán dicha condición, con lo que de concretarse esta hipótesis en un lapso de 15 años la “zona limpia” se habría ampliado en casi el 90%. El mismo trabajo indica que este proceso se está acentuando en el chaco semiárido, promovido desde el este por las zonas agrícolas de la demarcación lindera entre Chaco y Santiago del Estero y desde el oeste por las áreas cultivables del límite de Salta con Santiago del Estero y Tucumán. Estos procesos se han visto incentivados producto de las mayores precipitaciones verificadas en lo que va del lapso.

Lo peor ocurrido no son los desmontes en si, sino que estos se han practicado irracionalmente, en varios casos la tala fue muy superior en superficie a la previamente autorizada. En Santiago del Estero en la zona centro norte, las topadoras embistieron espacios que se encontraban en una fase de recuperación forestal. En lugares en que los desmontes debían ser mínimos, se arrasó con todo. Ni siquiera se respetaron las cortinas forestales de protección que estipula la legislación vigente.

El panorama se complica más aún cuando el destino de las “nuevas tierras” se concentra en el mono cultivo de la soja, el módico volumen de rastrojos de pronta descomposición aportado por esta oleaginosa, establece un balance negativo de la materia orgánica en el mediano plazo. Esto trae aparejado inestabilidad en la estructura de los suelos principalmente en aquellos con altos contenidos de limos y arenas finas, como así también, el acrecentamiento de los procesos erosivos en tierras con pendientes. Las implicancias suelen derivar en el deterioro físico, entrando a un círculo vicioso en el que la respuesta a la aplicación de fertilizantes es cada vez menor. Los nutrientes que pierden mayor eficacia son el azufre y el nitrógeno, en virtud de la compactación a que los terrenos se ven sometidos, genera una precaria profundidad de los sistemas radiculares, acotando los dispositivos de obstrucción y filtración de los nutrientes en los casos de superada dicha profundidad.

Los problemas se agudizarán en el caso de ingresar a un ciclo seco, (situación que algunos pronosticadores señalan como probable), puesto que de presentarse dicha variable, no va a estar el bosque para retener el agua en el suelo. Frente a este escenario, estas tierras son proclives a padecer un proceso de erosión eólica muy agudo. Además el derrumbe de la materia orgánica producto de la fuerte tasa de mineralización y la caída de la fertilidad. Cabe señalar que si no se efectúa un trabajo concienzudo y atendiendo sus limitantes propias, esos suelos sólo van a quedar reducidos a fracciones de arena y limo. En estas circunstancias es menester plantear una estrategia estricta de rotación de cultivos y técnicas conservacionistas.

En el norte entrerriano opera una inquietante secuencia de habilitación de tierras, en razón que se trata de tierras muy arcillosas y con pronunciada pendiente, agentes que facilitan la erosión hídrica. Los desmontes también se verificaron en el Sur del Córdoba, donde fueron frenados merced a una ley muy precisa y severa sancionada por el gobierno provincial, donde los infractores que vulneraron la reserva de caldén resultaron penalizados en forma ejemplar. También se vio afectada la franja central de La Pampa en la que imperan los montes de caldén. Esto es muy aventurado, puesto que suelos son muy arenosos y, por lo tanto, proclives a la erosión eólica.

El tema es más serio de lo que aparenta, en todos los lugares señalados la situación exige atención y reordenar los desequilibrios en marcha, presentándose un contexto grave en al región chaqueña, donde debería tomarse drásticas medidas en lo inmediato, pues allí las acechanzas de desertificación son muchas y fundadas. De producirse ese proceso, estaremos ante una disyuntiva irreparable: habremos perdido el bosque, el suelo y habremos desalojado a la mano de obra.

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