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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoREEDICION – La crisis energética desnuda la falacia del relato oficial
04/abr/2013

Argentina tiene condiciones y recursos naturales suficientes para revertir la situación, así lo indican la estimación de reservas en de petróleo y gas en yacimientos no convencionales (shale oil y shale gas). Naturalmente se requiere tiempo, las inversiones que hoy no están dispuestas a desembarcar en el país y, un cambio substancial en la política energética.

Por: Aldo Norberto Bonaveri

@Aldo Bonaveri

@PregonAgro

Hasta avanzado el último trimestre del año pasado, la crisis energética argentina era olímpicamente ignorada por el Gobierno nacional; para la fábula oficial las advertencias formuladas por los expertos, solo resultaban presagios insidiosos de agoreros opositores. Ni siquiera la pérdida del autoabastecimiento de petróleo y gas se reconocía como un problema.

En manejo tan ineficiente como irresponsable, se optó por tapar la falta de políticas y estrategias con la importación de energía a precios internacionales; en contraposición, estimularon el incremento del consumo interno, aplicando subsidios a diestra y siniestra, con el consiguiente despilfarro, sin que las tarifas tuvieran correlato alguno con los costos de producción y distribución; por ende, mucho menos aún con lo erogado en concepto de importaciones.

Prácticamente hace una década que se viene desalentando implícitamente cualquier tipo de inversión en el ámbito energético. En la era K los combustibles líquidos se manejaron arbitrariamente, en tanto las tarifas de electricidad y gas permanecieron congeladas o, con incrementos mínimos, generando un escenario totalmente divorciado de la realidad, máxime teniendo en cuenta la alta inflación desatada a partir de 2007. El mantenimiento de tal situación al tiempo de ser gravoso para las arcas del Estado, favoreció de sobremanera a las personas de altos recursos, quienes obviamente son quienes más consumen; al mismo tiempo, los bajos costos incitaron a la generalidad a consumir más, muchos de los cuales no estarían en condiciones ahora de soportar un sinceramiento tarifario.

Las constantes improvisaciones en la materia ocasionaron serios perjuicios para el país, cuyos resultados ya son inocultables, pese a que desde el Gobierno y especialmente el ministro de Planeamiento, Julio De Vido, principal responsable del fracaso, se empecinen en minimizarlo. Las producciones de petróleo y gas se redujeron, otro tanto ocurrió con las reservas y, mientras que el deficiente suministro de electricidad, interfiere el normal abastecimiento.

El contexto energético nacional exhibe marcados signos de vulnerabilidad, que han venido agravándose gradualmente al compás de la caída de las existencias potenciales; en gas una década a tras se estimaban reservas para 15 años (800.000 millones de metros cúbicos), hoy contabilizando el actual consumo apenas quedan para 7 años y medio (400.000 millones de metros cúbicos). El gas natural es un elemento central en la matriz energética argentina, pues constituye más del 50% de los requerimientos básicos energéticos.

Tanto en petróleo como en gas además de reducirse la exploración y explotación, se continúa sobreexplotando lo que está en producción, sin reposición de las reservas extraídas

El problema es mucho más severo de lo que muchos suponen; para recuperar en el mediano plazo (5 a 7 años) el terreno perdido, contemplando además un crecimiento económico semejante al que impera en Sudamérica (4% al 5% anual) se requieren inversiones en todo el sistema energético del orden de 12.000 a 15.000 millones de dólares anuales; aportes que no se vislumbran probables en función de la falta de credibilidad internacional hacia Argentina.

Un plan energético no puede concebirse para el corto plazo, que es precisamente el criterio que viene prevaleciendo en el Gobierno. Caro se pagan errores de esa índole; por el gas extraído en el país se está pagando en promedio u$s 2,60 el millón de btu, en tanto por el importado que llega en barco nos facturan u$s 17 el millón de btu y, u$s el provisto por Bolivia. Para justipreciar la incidencia de las erogaciones en el rubro, cabe consignar que por estos días se está importando el 30% del gas consumido.

Al respecto resulta oportuno señalar que Argentina se convirtió en 2012, en el mayor importador de gas natural licuado “LNG” de todo el continente americano. Ese “privilegio” se alcanzó merced a incrementar las compras externas en un 16,5%, hasta sumar 184 billones de pies cúbicos “BPC”; al tiempo que Estados Unidos, histórico líder descendió un 94%, como consecuencia de al incremento en su producción de shale gas (gas natural que se encuentra atrapado dentro formaciones rocosas sedimentarias “esquisto”) “ver gráfico”

Con el propósito de aplacar la sangría que significa la importación de gas natural, el Gobierno dictó en febrero una resolución por la cual se reconocerá a las empresas productoras, para toda oferta excedente (por encima de la denominada inyección base, que se calculará en cada caso), un valor de u$s 7,50 el millón de btu, lo que casi triplica lo que perciben por el mismo producto, tal como antes se mencionara.

Sin decirlo por las claras, el Gobierno ha decidido prorratear los mayores costos del gas importado entre los usuarios. El reacomodamiento tarifario probablemente ni llegue a neutralizar los costos reales y, valor del servicio no signifique ningún despropósito en términos reales, teniendo en cuenta el largo congelamiento de tarifas y los subsidios aplicados. No obstante el impacto no puede ser disimulado, cuando las facturas recientes expresan incrementos del orden del 445%.

Si bien es prematuro pedirle grandes resultados, la re estatización de YPF (mayo de 2012), lejos de mostrar alguna mejoría, hoy se advierte una declinación en la producción. Por entonces de petróleo se extraían 986 mil metros cúbicos y, por estos días en 945 mil. (menos 4%). En gas se producían 872 millones de metros cúbicos, ahora 869 millones (0,35% menos).

Cuando la comparación la hacemos abarcando el período 2003/2012 queda al desnudo la falacia del relato oficial; desde entonces hasta el año pasado la producción nacional de petróleo se redujo un 25%, y la de gas un 13,4%

En la materia, Argentina ha marchado a contramano de la racionalidad; la demanda se incrementó del 2002 en adelante, consecuencia del crecimiento operado en la economía nacional, resultado de los mejores precios internacionales, (nunca antes experimentados) de nuestros bienes de intercambio. A la inversa, la oferta energética fue decayendo, tal paradoja desencadenó recurrir a importaciones, las que van acentuándose en forma permanente.

En 2012 por segundo año consecutivo la importación de combustibles representó un egreso de divisas por u$s 10.000 millones, (u$s 2.000 millones menos que lo estimado a principios del año pasado, como consecuencia de una menor compra externa de gasoil, producto de la depresión apreciada en la actividad económica.), lo que a la postre significa por ese concepto se destinen el 75% del superávit comercial del país.

El panorama en lo concerniente a energía eléctrica no es menos embarazoso, la permanencia por mucho tiempo de tarifas congeladas, no pudieron ser emparchadas con los siderales subsidios erogados; Edenor y Edesur juntas acumulan pérdidas desde 2010 a la fecha del orden de los $ 3.0000 millones, por lo que contabilizan deudas astronómicas y, en razón de ello, no están haciendo frente a los compromisos emanados de la compras del fluido eléctrico. Con presentes parecidos se encuentran entre otras Edelap y Epec. Las pérdidas operativas están afectando en gran medida a las cooperativas, tampoco autorizadas a trasladar costos reales a las facturas.

Las necesarias inversiones vienen siendo postergadas sin perspectivas de concreción en el contexto reinante, por el contrario, a la falta de adecuación de la infraestructura necesaria para brindar un servicio aceptable, últimamente se advierten falencias en el mantenimiento. Hacer caso omiso a requerimientos esenciales deriva en las consecuencias conocidas: apagones cada vez más frecuentes y prolongados, tales como los que vienen aconteciendo en los últimos años en Capital Federal y el Gran Buenos Aires.

El desbarajuste es el corolario de tantos yerros e improvisaciones cometidos en los diez últimos años; si bien la magnitud de los mismos comenzó a tomar forma en 2011, cuando la balanza comercial energética resultó negativa en u$s 3.000 millones, alterando la tendencia histórica, al punto tal que un año antes, el mismo índice arrojó un saldo favorable de u$s 2.000.

Argentina tiene condiciones y recursos naturales suficientes para revertir la situación, así lo indican la estimación de reservas en de petróleo y gas en yacimientos no convencionales (shale oil y shale gas). Naturalmente se requiere tiempo, las inversiones que hoy no están dispuestas a desembarcar en el país y, un cambio substancial en la política energética.

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