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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoNotre Dame y el ideologismo distribucionista
25/abr/2019

En estas horas se ha desatado una suerte de disputa por hacer donaciones de gran importancia para la reconstrucción de la mundialmente famosa catedral. Desde el gobierno francés se impulsa, además la realización de colectas justamente con ese fin.

Por: Héctor Blas Trillo

El desgraciado incendio de la catedral de Notre Dame ha dado paso a una especie de puesta en escena ideológica sobre las donaciones que están ofreciéndose para su reconstrucción y el hambre en el mundo. Es importante desgranar un poco esta cuestión para despejarla del ideologismo “culpógeno” que suele reverdecer de parte de cierto progresismo decadente y sectario cada vez que las acciones solidarias de las personas no toman el camino que es considerado correcto. Es sabido que fácilmente se suben al carro del dedo acusador políticos oportunistas y desprevenidos de todo tipo y condición. Por eso es importante una vez más poner las cosas sobre la mesa.

En términos generales, este progresismo al que nos referimos, muestra desde siempre una tendencia a considerarse a sí mismo como dueño de la ética y paladín de la moral. Cargado de intolerancia muchas veces directamente intenta acallar las voces de quienes se manifiestan en alguna dirección diversa. Y desgraciadamente suele tener éxito en su empresa, provocando de tal modo un daño que puede retardar años la solución de los problemas que en apariencia intenta revertir.

En estas horas se ha desatado una suerte de disputa por hacer donaciones de gran importancia para la reconstrucción de la mundialmente famosa catedral. Desde el gobierno francés se impulsa, además la realización de colectas justamente con ese fin. Ya es noticia que grandes grupos empresarios franceses han puesto sobre la mesa montos que superan los 100 millones de euros cada uno. Y de allí para abajo, son muchas las personas en el mundo entero que están ofreciendo sus aportes, movidas en muchos casos por cuestiones sentimentales, religiosas, artísticas y hasta nacionalistas.

Pero hete aquí que el progresismo al que nos referimos considera que las donaciones de los grandes grupos empresarios (a quienes llama “oligarcas”) deberían destinarse a paliar el hambre en el mundo, combatir las desigualdades y mejorar la calidad de vida de las poblaciones más pobres del planeta.

El hambre y la pobreza en el mundo, sin embargo, no se combaten repartiendo dinero o incluso bienes, sino generando posibilidades de inversión y de trabajo, para lo cual debe encararse un proceso de mejoramiento institucional, cultural y de establecimiento de condiciones de vida dentro de un marco de respeto al sistema jurídico. En términos generales es la apertura a la iniciativa privada la base del desarrollo de las naciones y no el reparto de dinero, comida o lo que fuera lo que permite avanzar.

La idea de que las personas ricas repartan sus riquezas tiene un efecto efímero, si es que tiene alguno. De hecho, el dinero por ejemplo es una fiducia que se deposita en bancos y que es utilizado en forma de préstamos para actividades productivas. Las personas adineradas no guardan su dinero en tesoros al estilo del “Tío Rico” de Walt Disney,

Si ese dinero fuera destinado de un día para el otro a la compra de bienes y servicios por parte de la población del mundo que hoy tiene carencias, eso produciría un aumento de la demanda de tales productos de manera que subirían su precio y desde el vamos nomás reduciría dramáticamente el efecto de paliativo esperado.

Porque para salir de la pobreza lo que se requiere es un incremento de la producción y una mejora de la productividad que conduzca a la mayor disposición de bienes (de por sí escasos) para atender a más gente.

Un informe del Banco Mundial del año 2018 señala que la pobreza extrema en el mundo está en el orden del 11% de la población. Unos 736 millones de personas contra 1.800 millones de 1990. Esta impresionante reducción se ha producido mayoritariamente en la República Popular China, donde en los últimos 30 años alrededor de 800 millones de individuos salieron de la pobreza extrema en la que vivían.

Claramente la mejora de la situación del gigante asiático es una consecuencia directa del cambio radical de sus políticas económicas acontecido a partir de la reforma de 1979 encabezada por Deng Xiaoping. Y no la consecuencia del reparto de ningún dinero o riqueza, sino de la creación de ella.

Esto señala de manera elocuente cuál es el camino posible para mejorar la situación en el mundo.

Volviendo a Notre Dame y las donaciones. Es interesante observar la carga de culpa que se pretende infringir a los donantes por ser “ricos”. Sería seguramente necesario analizar esta cuestión desde un punto de vista moral que tal vez excede nuestros modestos conocimientos, pero no la más pura lógica. Más parece una desviación producto del resentimiento, la ignorancia o la ceguera ideológica. Porque los datos que comentamos están en Internet y cualquiera puede analizarlos.

Si suponemos que a partir de un nivel determinado de posesiones los seres humanos somos económicamente “ricos” es necesario fijar el punto de inflexión a partir del cual lo somos, de manera de que por encima de tal punto nos sintamos moralmente obligados a donar los excedentes patrimoniales para paliar las necesidades del mundo pobre, antes que para reconstruir una catedral.

Alguien debería entonces determinar cuál es ese punto. Y además debería contemplar las diversas situaciones sociales según los usos, costumbres e idiosincrasia de cada pueblo. Con toda seguridad el límite a partir del cual alguien es “rico” no es igual en Bután que en EEUU, por citar un ejemplo bien gráfico.

Muy bien. Si consideramos que nadie puede disfrutar en exceso de sus bienes y comodidades deberíamos entonces todos los habitantes del planeta donar nuestros excedentes a los pobres para paliar y incluso resolver su situación.

Alguien debería determinar entonces cuáles son esos excedentes según el lugar del mundo y la valoración que se haga de ellos.

En términos generales podríamos decir que todas la comodidades de que gozamos, las que fueren, deberían suprimirse en la medida en la que alguien en el mundo necesitara algo por ser pobre.

Lo que normalmente llamamos bienes suntuarios, o “lujos” deberían ser eliminados de la faz de la Tierra mientras alguien necesitara algo.

No parece lógico que Louis Vuitton sea condenada por donar y no lo sea algún nuevo rico de la Argentina por no hacerlo. Por ejemplo.

Luego deberíamos pasar a determinar, suponemos, si las personas pobres lo son porque no pueden modificar si situación o porque NO QUIEREN. Porque es sabido que hay gentes que por razones religiosas u otras prefieren el estado de pobreza. E incluso de pobreza extrema. Y en tal caso, decidir en algún tribunal moral casi extraterrenal si deberíamos o no sacar de la pobreza a quienes no quieren salir de ella.

Pero hay algo más: todas las personas que trabajan en la producción de bienes y servicios vinculados al placer y la comodidad deberían resignar entonces sus puestos de trabajo porque ya no serían necesarios. Muchas personas pasarían a estar desocupadas y seguramente muchas fábricas y comercios bajarían sus persianas. Autos de lujo, hotelería, cruceros, viajes de placer y cosas por el estilo deberían ser abolidos mientras alguien necesitara algo. En tal línea de razonamiento, no debería permitirse que alguien disfrute mientras otro ser humano padece.

Y así podríamos seguir. Tendríamos entonces un enorme problema ocupacional derivado de estas concepciones. Con lo cual, como el plumero, solamente estaríamos cambiando la tierra de lugar.

Y esto es así porque el hecho de privar a unos para dar a otros no hace variar la cantidad de bienes disponibles.

Por eso titulamos estas líneas como las titulamos. No pretendemos ofender a nadie porque sabemos que mucha gente cree de buena fe en estas soluciones mágicas.

La influencia de estas creencias llevó a las grandes matanzas del siglo XX en la Rusia stalinista, en la Camboya de Pol Pot y en otros intentos en el mundo por lograr un “nuevo orden”. Todos sabemos que ciertas cosas, aunque puedan resultar muy románticas, no resultan viables. Pero especialmente no es posible multiplicar mágicamente los panes y los peces. Si los bienes existentes han de repartirse entre más personas, además, debe preverse que una vez que tales bienes se consuman habrá que reponerlos. Y no está demás preguntarse quién y cómo lo hará.

Los ideologismos no proponen por lo general soluciones, sino antes bien pretenden que la realidad deje de ser lo que es según sus teorías. Ello en lugar de adaptar tales teorías a la realidad. Porque esa es la genuina diferencia entre ideología e ideologismo

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