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Editoriales y Columnas
 
Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un Amigo¿Corrupción o Ciudadanía?
08/ago/2018

Sin titubeos, lo que le falta a la ciudadanía argentina, conforma ilícitamente el patrimonio de una casta política, empresarial, sindical y profesional autóctona (vg.:, funcionarios, abogados, contadores, notarios, agentes de bolsa, CEO´s, gerentes, directivos, operadores, etc.; huérfanos de toda clemencia).

Por: Roberto Fermín Bertossi (*)

Esta corrupción es un estrago doloso y atemporal de “ciudadanía”

Paradójicamente, la política argentina se ha vuelto inhóspita para la ciudadanía, entendida ésta como condición necesaria que asegura a todo “ciudadano” garantías y deberes constitucionales tanto como derechos políticos, económicos y sociales.

Una corrupción sistémica, omnipresente e impune se apoderó de los derechos y de las legítimas expectativas ciudadanas propias de una democracia republicana.

La corrupción `habita´ el grueso de las instituciones, del empresariado y del sindicalismo vernáculo.

Así las cosas, la corrupción no solo mató sino que también traicionó “ciudadanía”. Es tal su gravedad -por su significado y connotaciones- que inspiraron el más duro apotegma ético-moral del propio papa Francisco: ¡Pecadores si, Corruptos, no!

Sin titubeos, lo que le falta a la ciudadanía argentina, conforma ilícitamente el patrimonio de una casta política, empresarial, sindical y profesional autóctona (vg.:, funcionarios, abogados, contadores, notarios, agentes de bolsa, CEO´s, gerentes, directivos, operadores, etc.; huérfanos de toda clemencia).

Bastaría un mero “Excel” para retratar y contrastar el devenir patrimonial de unos y “otra” en los últimos cincuenta años. He ahí los nuevos ricos corruptos, los que nos robaron la nutrición, la educación, la salud, la seguridad, la dignidad y el júbilo de nuestros viejos (jubilados y pensionados ordinarios); las viviendas dignas, la calidad y la tarifa justa y razonable de los servicios públicos esenciales y, transversalmente, toda la infraestructura que nos falta.

Desde el advenimiento de la democracia (1983`) cuando la corrupción hizo desaparecer el Banco social de la provincia de Córdoba pasando por la “marroquinería” de Amira Yoma, de Ruitort (demorada en el año 2002 por la aduana chilena con cincuenta millones de bonos provinciales para Córdoba, LeCor) o de Antonini Wilson, etc.; el monumento a la corrupción en Yacyretá, la Tragedia de 11, los bolsos de Lopecito, el “culposo” hundimiento e irresponsable búsqueda del submarino ARA San Juan, los cuadernos de tal o la financiación espuria de las campañas políticas (en un país que vive de campaña); urge condenar, encarcelar e inhabilitar a tanto ladrón de ciudadanía, sin prescripciones ni excarcelaciones posibles.

Estos son canallas e infames traidores a la ciudadanía, a la buena fe y a toda confianza en una política cabal. Sin escrúpulos y perfeccionando todo latrocinio, se perpetuán de generación en generación. Sin escatimar eufemismos, nos siguen mintiendo descaradamente. ¡Con la democracia se come, se cura y se educa!, ¡Síganme que no los voy a defraudar!, ¡La Banelco!, ¡La inflación es algo simple y lo más fácil de resolver!, ¡El dólar no va a llegar a $15!, ¡No vamos a devaluar!, El segundo semestre de 2016!, ¡Lo peor ya pasó!, ¡Ahora si todo va a mejorar!...

Así las cosas, desbaratada y defraudada toda expectativa ciudadana y todo deber constitucional, resulta artero y cínicamente descalificador que aún se pretenda exigir un solo sacrificio más a la ciudadanía, sin antes encarcelar a los corruptos y recuperar hasta el último centavo de todo lo robado a la misma ciudadanía. Esto último es un prerrequisito esencial e innegociable fruto de noble memoria, de toda verdad y estricta justicia… si de derechos humanos acaso se trata.

Preconclusivamente, resulta urgente y crucial transformar nuestro ultrajado contrato social de modo tal que, finalmente, logremos la emancipación, satisfacción y bienestar general de la Ciudadanía en cuanto tal, conforme el verdadero espíritu de los merecimientos constitucionales.

Por último y en tanto “ciudadanos”, jamás habremos de admitir la “cartelización” de nuestra dignidad, de nuestras oportunidades, de nuestro desarrollo humano como de nuestro propio futuro, adelanto y progreso, por parte de crónicas y estructurales asociaciones ilícitas entre castas políticas, empresarias, sindicales u otras.

(*) Investigador Cijs / UNC - Premio Adepa-Faca a la abogacía - Experto CoNEAU / Cooperativismo

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