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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoLa realidad económica
06/feb/2018

“En economía puede hacerse cualquier cosa, menos evitar las consecuencias” (J.M.Keynes)

Por: Héctor Blas Trillo

No caben dudas de que la situación económica no es lo crítica que era en el final del gobierno de Cristina Fernández. Muchas cosas han cambiado.

No hay “cepo” cambiario. Han desaparecido las DJAI. Se ha quitado el impuesto a las exportaciones, con la excepción de la soja, y en general se ha intentado una tímida reforma tributaria con la intención de ir bajando la presión que ejercen los impuestos sobre toda la comunidad.

Pero ni de lejos esto es suficiente para corregir décadas de populismo que finalmente dejaron un 30% de la población bajo la línea de pobreza en medio de una degradación monumental del nivel de vida medio de la población.

La economía argentina es una de las más cerradas del mundo. Aún hoy.

Se habla de “gradualismo”. Se dice que se ha optado por ir avanzando paso a paso, tal vez siguiendo las enseñanzas de “Mostaza” Merlo. Es natural que un golpe de timón total y definitivo hubiera dejado un tendal. También lo es que se cometan errores o que el mercado internacional no acompañe en la medida en que se espera.

Pero, de una manera o de otra, cuando nos encontramos en el dilema de que avanzar en una dirección genera reacciones desagradables y no hacerlo también; quienes gobiernan deben tener en cuenta ambas caras de la realidad y comprender que aquello del “aterrizaje suave” puede resultar mucho más grave que bajar a la tierra de una buena vez cueste lo que cueste.

Hoy por hoy, para no adentrarnos en números que sólo sirven para marear más al lector, la realidad económica indica que tenemos un stock de Lebacs que supera largamente los 60.000 millones de dólares al cambio actual. Mientras tanto la deuda externa crece en torno de unos 40.000 millones de dólares por año. Las tasas de interés que regula el Banco Central a través de tales Lebacs se encuentra en torno del 27%, mientras la inflación esperada es del 15% según la “recalibración” anunciada. Al mismo tiempo, la reforma tributaria no deja de ser un inmenso parche, la reforma previsional ha generado innúmeros dolores de cabeza, la reforma laboral viene postergadísima y el decreto de necesidad y urgencia que pretende la “desburocratización” del Estado navega en un mar de dudas y contradicciones.

Nada esto es peor que el rumbo en el que veníamos, pero no deja de ser un rumbo que fácilmente puede llevarnos al iceberg sin pena ni gloria.

Muchos se preguntan por qué no llegan inversiones externas a estas playas de la manera que se esperaba que lo hicieran. Sesudos analistas se encargan de desmenuzar las excelentes relaciones que mantiene el gobierno con las principales potencias y el buen recibimiento que el presidente Macri tiene cada vez que sale en alguna gira.

Y la verdad de esta historia es que las principales variables que hacen a la marcha política económica muestran densos nubarrones.

No es sostenible en el tiempo una tasa de interés de 27% con una inflación esperada de un 15%. Pretender que el país pueda pagar tasas del 12% en dólares (esa es la diferencia entre 27 y 15%) resulta inconsistente. Cuando el primer mundo paga tasas del 1 o 2% y los países de la región andan en torno del 4%, es fácil colegir que algo no cierra.

No hay hoy analista económico o financiero que no espere una tasa de inflación para el corriente año inferior al 20%. Eso dejaría el rendimiento final en dólares en torno del 7%. Cifras más, cifras menos.

El gobierno intenta bajar el déficit fiscal, que se encuentra hoy según datos oficiales en torno de 4 puntos del PBI. A eso hay que sumar el llamado déficit cuasifiscal, o sea el gasto que significa el pago de los intereses de la deuda interna y externa. A esto a su vez habría que sumar el déficit que arrojan las provincias. Si se suma todo, el déficit consolidado está en torno de los 9 puntos de PBI, es decir una cifra cercana a los 50.000 millones de dólares. Inviable.

Estas cosas no se arreglan con parches o con anuncios efectistas, como el de evitar el nepotismo y el amiguismo en la función pública.

Es claro que la situación es bien compleja. Años de despilfarro nos dejaron sin energía, sin infraestructura, sin mercados (que fueron perdiéndose por la estupidez de funcionarios populistas que prohibían hasta la exportación de carne procesada, que en la Argentina casi nadie consume), sin condiciones básicas para salir del atolladero.

Entre 17 y 20 millones de personas reciben hoy alguna forma de subsidio directo del Estado. Planes, pensiones, jubilaciones sin aportes, asignación universal, tarifas “sociales” y de mil etcéteras pululan en el andamiaje supuestamente benefactor.

Cerca de 3 millones de personas viven hoy en villas de emergencia. Más del doble de esa cantidad viven de subsidios estatales y no trabajan. Pero más grave que todo esto es que existen al menos 2 generaciones enteras que han perdido la cultura del trabajo. Que no están preparadas para trabajar excepto en actividades básicas

Visto así el panorama es bastante desolador. Y si a esto le sumamos la inmensa corrupción que de por sí genera el populismo, tenemos una idea bastante acabada de dónde estamos.

Nadie tiene la solución mágica para este panorama. Nadie.

Tal vez ni siquiera se trate de que la actual coalición gobernante no quiera ir más rápido para reformar la estructura corporativa y decadente en que quedó el país, tal vez no sabe o no puede. O no quiere porque teme perder nuevas elecciones. No lo sabemos. A lo mejor es un poco de cada cosa.

La economía está hoy creciendo. Algunos sectores mucho más que lo esperado, como la construcción o la industria automotriz. Pero el crecimiento es lento en el conjunto. El atraso cambiario producto de la intervención en la tasa de interés y las limitaciones en las importaciones es un dato desalentador.

Y dicho atraso cambiario, también provoca el efecto de llevarnos a un déficit comercial cercano a los 20.000 millones de dólares. Hasta ahora.

Porque es el llamado “dólar barato” el que hace que sea conveniente importar más o viajar al exterior. Y exportar menos porque los precios, para algunas actividades, no resultan rentables.

Pero esto no ocurre porque sí. Ocurre por el desequilibrio que genera el intentar atacar todos los focos a la vez sin remover el avispero, como se dice coloquialmente.

Todos sabemos que bajar drásticamente la tasa de interés provocaría una suba inmediata del tipo de cambio. Y que el traslado a los precios de tal suba sería una consecuencia que llevaría al propio Estado a emitir más moneda para cubrir sus propios gastos, incentivando así la inflación.

Pero, claro, si para bajar el monumental gasto público quitamos subsidios, planes y tarifas “sociales” varios, se produce un colapso de proporciones tales que resultaría casi imposible mantener la gobernabilidad. El llamado “club del helicóptero” vería así cumplido su objetivo.

Mucho se dice y más se escribe sobre cómo salir de este verdadero galimatías. Pero todos sabemos que la papa caliente que representa la situación social y económica no es ni de lejos una cuestión de la que muchos quieran hacerse cargo.

La panacea no existe. Sólo cabe intentar avanzar por el sinuoso camino que implica lograr acuerdos entre los diversos “espacios” políticos que posibiliten algún crecimiento, alguna baja de la tasa de inflación, alguna corrección del déficit fiscal y algún logro en materia de inversiones.

Un dato que no puede dejar de mencionarse es la gran apuesta a la obra pública que está haciendo el gobierno. No es un dato menor. Mejorar la calidad de vida de una vasta parte de la población con pavimentos, cloacas, rutas, agua corriente, gas y ferrocarriles no es poca cosa. Agregar a eso la apertura de los cielos a compañías de aviación que vengan a cubrir las necesidades de transporte de bienes y de personas a mejores precios no es cosa que debamos despreciar.

La obra pública tiene un inmenso costo. Hacen falta recursos para eso. Genera empleo y mejora la calidad de vida, como decimos. Sobre todo en los suburbios de las grandes ciudades, tan postergados durante más de 70 años. Esto, a su vez, suma votos, claro está. Y éste parece ser el camino elegido por Macri.

El asunto está en saber si podrá llegarse a buen puerto en medio del verdadero tembladeral que significa el desequilibro que someramente detallamos.

No hay que olvidar nunca que las correcciones que los gobernantes no hacen, finalmente termina haciéndolas el mercado. El odiado mercado. Él será el que se llevará una vez más las críticas si todo se desbarranca.

Esperemos que no. Y que si ocurriera, esperemos que al menos ciertos analistas hayan aprendido que los “golpes de mercado” no son otra cosa que la consecuencia del desbarajuste económico. Que no se trata de conspiraciones antipatrióticas como la misma frase insinúa, sino el resultado de no tomar el toro por las astas a su debido tiempo.

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