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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un Amigo‘El mundo ya no puede vivir sin transgénicos’: José Miguel Mulet
04/feb/2018

El científico, de paso por Colombia, es un defensor de la manipulación genética.

Por: Carlos Francisco Fernández

 

 

El investigador José Miguel Mulet es uno de los mayores defensores de los transgénicos.

“Detrás de la campaña contra los transgénicos hay poca información, ignorancia, intereses económicos, afán de notoriedad y necesidad de ganar espacio mediático”. Eso dice el español José Miguel Mulet, seguramente el científico más riguroso y exceptivo, pero además polémico de Europa, al referirse a uno de los asuntos que generan más controversia en el mundo de la biología moderna: los organismos genéticamente modificados (OGM).

Estos productos, que contienen genes de otro organismo para mejorar sus características a través de ingeniería genética, son el tema de un libro escrito por Mulet, titulado de manera retadora como Transgénicos sin miedo y que será presentado este miércoles en Bogotá.

Doctorado en bioquímica y biología de la Universidad de Valencia (España) y director de la maestría en biotecnología molecular y celular en el mismo centro académico, se ha convertido desde hace algunos años en divulgador del componente científico en asuntos que generan debates casi irreconciliables en el mundo. La falta de soporte de las medicinas alternativas, el engaño detrás de los productos naturales y las mentiras alrededor de las dietas son algunos de ellos.

Rechazado en algunos auditorios, José Miguel Mulet habló con EL TIEMPO de manera exclusiva sobre su nuevo libro, no sin antes asegurar que “el mundo ya no puede vivir sin transgénicos y oponerse a ellos es una verdadera estupidez”.

¿Transgénico significa tóxico?

No, ni mucho menos. Por definición, es un organismo que contiene un fragmento genético (de ADN) que proviene de otro organismo y se ha incorporado por ingeniería genética.

Si no es así, ¿por qué se piensa que es sinónimo de algo peligroso?

Porque los científicos no hemos sabido comunicar lo que hacemos y para qué sirve. Ese espacio comunicativo ha sido ocupado por gente con intereses, que utiliza el miedo y el temor para conseguirlos.

¿Y las imágenes de papas convertidas en escorpiones de dónde salen?

De una campaña de Greenpeace de hace unos años, dedicada a asustar a la población. Las organizaciones ecologistas son multinacionales que necesitan de campañas impactantes para movilizar al público y mantener sus ingresos. Es curioso, pero la campaña anti-transgénicos de Greenpeace ha sido fuerte en Europa y Suramérica, pero inexistente en Estados Unidos, el principal productor de organismos genéticamente modificados (OGM). Y esto se debe simplemente a criterios de mercado. De hecho, el exvicepresidente francés François Fillon denunció un acuerdo en el que se aceptó que Greenpeace bloquearía los OGM en Francia si los ecologistas no se oponían a la política de centrales nucleares.


¿Las normas que propenden a un mundo libre de transgénicos están equivocadas?

Lo paradójico es que el mundo utiliza cada día más OGM en fármacos, ropa de algodón, detergentes y muchos productos no alimentarios, y nadie se queja. Hoy es imposible vivir sin transgénicos.

¿Qué hay detrás, entonces, del boicot a las empresas que producen OGM?

Poca información, ignorancia, intereses económicos, afán de notoriedad y necesidad de ganar espacio mediático. A pesar del miedo antitransgénico, es la tecnología agraria la que más ha crecido en este campo. En Europa, aparentemente antitransgénica, se siembra solo una variedad y se importan más de 90 diferentes. En Suramérica pasa algo parecido. Argentina y Brasil son dos superpotencias en OGM. Evo Morales dijo que no los sembraría en su país (Bolivia) y ha cambiado la política; lo mismo ocurrió en Ecuador. Colombia fue de las primeras en sembrar, y la superficie sigue creciendo; igual en Paraguay y Uruguay. Entones, ¿cuál boicot?

¿Mejor dicho, para usted los OGM no causan problema?

Un martillo es útil si se tiene un clavo, pero si lo que se tiene es un tornillo, no sirve de nada. Lo mismo con los OGM. En España, por ejemplo, el maíz que a través de modificación genética es resistente a insectos solo se siembra donde existen insectos; en las demás zonas no se utiliza. El único problema es que las semillas son más caras, pero es el agricultor el que decide si invierte o no.

¿Usted trabaja para ellos y los defiende desde su posición de científico?

No trabajo para ellos, soy profesor universitario, y mi investigación se basa en descubrir genes que pueden ser útiles para hacer plantas más tolerantes a la sequía. Además, escribo libros y artículos sobre el tema porque me encanta hablar de ciencia.

¿Y por qué más científicos no salen a defender los transgénicos?

Sí lo hacen, y cada vez más. Pero a algunos no les gusta comunicar. Estos debates suelen quitar tiempo y requieren esfuerzos. Además, no pocas veces hay que enfrentarse a activistas profesionales, cuya única obligación es participar en dichos debates. Por su puesto, es un combate desigual que suele ganar el activista, aunque sus argumentos sean falsos.

¿Es decir que se han equivocado en asuntos de divulgación?

No lo han hecho o no lo han hecho bien. Sin embargo, en mi experiencia, cuando les dedican tiempo, o lo hacen medianamente bien, el público agradece la información veraz y fácil de entender.

¿Hay científicos perseguidos por defender estos avances?

En Europa hay registrados más de 40 ataques a campos experimentales, incluso un atentado a la Efsa (Autoridad Europea de Alimentos). Yo tuve que cancelar una charla en Argentina. No es fácil hablar de este tema.

En su libro ‘Transgénicos sin miedo’, usted dice que estos tienen todo el soporte científico, ¿qué hay detrás de las dudas?

Hay una campaña orquestada por determinados partidos políticos y grupos ecologistas. Las encuestas señalan que la gente cada vez tiene menos dudas sobre esta tecnología y que las organizaciones hablan menos del tema.

Por qué el título, ¿sin miedo a qué?

A la desinformación y a las noticias falsas.

¿Qué persiguen, según usted, los activistas?

Pues, lo que todo el mundo: cobrar a fin de mes. El mismo activista que ayer le alertaba del peligro del cloro en el agua hoy anuncia el peligro de los transgénicos y mañana dirá que no se utilice el microondas. Mientras tanto, su organización aparece en los medios, y la sociedad les pagará su cuota.

¿Por qué no atacan a los medicamentos desarrollados a partir de OGM?

Porque les desmontaría el discurso. ¿Ha visto usted muchos activistas anti-OGM que pasen hambre? Con la despensa vacía nadie se preocupa de si la comida es orgánica o transgénica. En cambio, sí que hay gente con la despensa llena pero diabética o con leucemia, y, claro, no van a luchar contra algo que pueden utilizar. Además, ¿se imagina a un grupo de ecologistas diciendo “no queremos OGM” en un hospital? Eso no sería popular. La insulina es un buen ejemplo. Se obtiene a partir de bacterias a las que se les ha incorporado un gen humano, que es prácticamente el monopolio de una empresa. Hay gente que se la inyecta 3 o 4 veces al día, y ningún ecologista habla de monopolios, patentes, seguridad o medioambiente.

Pero debe haber algo desfavorable, ¿o el activismo es insustancial?

Hace 20 años podía tener algún sentido, puesto que era una tecnología nueva, pero hoy no tiene sentido. Los activistas son muy poco confiables. Además, la ciencia los está dejando sin argumentos.

¿Cuál es el temor, entonces, con las semillas?

Hablan de patentes, de monopolios, de contaminaciones. Pero esos asuntos no son exclusivos de los OGM, que afectan a la agricultura en general. Están equivocados.

¿Es decir que el principio de precaución se opone al desarrollo de la tecnología?

No, en absoluto. Todo el proceso regulatorio y de autorización de un OGM se basa en ese principio. Lo que no tiene sentido es, una vez se ha superado el proceso, volver a esgrimir ese principio solo para atacar los productos.

¿Qué tiene que ver el activismo con los supuestos ‘monopolios’ de algunas multinacionales?

Esa es una denuncia interesada. Se ha creado una imagen falsa de transgénicos = patentes = monopolio. Lo más divertido es que algunos ecologistas han caído en su propia trampa. En España, Greenpeace vendía semillas orgánicas en su página web, y yo descubrí que una de las variedades que vendían era de Monsanto. Olvidaron que las semillas no transgénicas también están patentadas y pertenecen a las mismas multinacionales que tienen las semillas transgénicas. Fue divertido ver cómo daban explicaciones.

Otra paradoja es que nos olvidamos de que el mercado orgánico también está en manos de multinacionales. Amazon acaba de comprar Whole Foods, la mayor cadena de distribución de productos orgánicos. En Europa, el principal productor de agricultura orgánica es el príncipe Carlos de Inglaterra a través de su empresa Duchy Originals.

¿La seguridad alimentaria mundial dependerá de los dueños de estas semillas?

No. De ninguna manera. A nadie lo obligan a sembrar una variedad patentada. Al final, el agricultor decide qué quiere sembrar.

Usted no compra productos orgánicos, ¿por qué?

Porque son muy caros y a nivel nutricional no aportan ninguna ventaja. Además, las peores crisis de seguridad alimentaria han sido con estos productos.

¿Cuál debe ser la actitud?

Que para utilizar o rechazar los productos derivados de OGM debe siempre existir información cierta y que se debe garantizar el derecho a los agricultores y a los consumidores a utilizarlo si así lo quieren.


Fuente: EL TIEMPO - Colombia


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